Lo que debes de saber
- Un ex creacionista musulmán convertido en biólogo evolutivo explica por qué el eslogan ‘follow the science’ fracasa.
- El Washington Post publica un artículo de opinión que conecta la resistencia a la evolución con la naturaleza humana.
- Un artículo de 1994 del mismo medio ya advertía que la salud universal implicaba menos atención para muchos.
- La ciencia no es una verdad revelada, sino un proceso incómodo que choca con nuestras creencias más profundas.
El converso que le torció el brazo a Darwin
Imagínate esto: creces en una familia musulmana devota, te enseñan que el Corán es la palabra literal de Dios, que la Tierra tiene unos pocos miles de años y que los humanos no descienden de ningún mono. Luego, te conviertes en biólogo evolutivo. No es el argumento de una película de Netflix, es la historia real que cuenta un ex creacionista en The Washington Post. Y lo que dice no es un simple testimonio de conversión, sino una radiografía de por qué el mantra moderno de «seguir la ciencia» es, en el fondo, una mentira piadosa que nos contamos a nosotros mismos.
El autor, que pasó de ser un misionero musulmán a un científico que estudia la evolución, sostiene que la resistencia a la teoría de Darwin no es un problema de ignorancia, sino de identidad. La gente no rechaza la evolución porque no entienda los genes o los fósiles, sino porque aceptarla implicaría reescribir su propia historia, su propósito y su lugar en el universo. Y eso, dice, es algo que ningún paper científico puede hacer por ti. El artículo es una bofetada de realidad para quienes creen que basta con publicar un estudio en Nature para que el mundo cambie de opinión.
«La gente no rechaza la evolución porque no entienda los genes o los fósiles, sino porque aceptarla implicaría reescribir su propia historia.»
El fantasma de Darwin y la salud universal
Pero esto no es nuevo. El mismo diario, The Washington Post, ya había invocado a Darwin en 1994 para hablar de otro tema espinoso: la reforma de salud de Hillary Clinton. En ese entonces, el columnista David Brown escribió que el entonces presidente Bill Clinton debería haber estudiado a Darwin antes de proponer un sistema que garantizara atención médica para todos durante toda su vida. La idea era tan provocadora como incómoda: la selección natural no es compasiva, y pretender que lo sea es ir contra la biología.
Brown argumentaba que la salud universal, por más noble que suene, implica necesariamente que alguien se quede sin atención. No por maldad, sino por recursos finitos. En un mundo darwiniano, la competencia por la supervivencia es la regla, no la excepción. Y aunque la medicina moderna ha logrado desafiar esa lógica, el costo de hacerlo es enorme. Treinta y un años después, el fantasma de Darwin sigue rondando, no solo en los debates sobre salud, sino en cada rincón donde la ciencia choca con lo que queremos creer.
El eslogan que nos falló
El problema, como señala el ex creacionista, es que «seguir la ciencia» se ha convertido en un eslogan político, no en una guía de vida. Durante la pandemia, lo escuchamos hasta el cansancio: «follow the science». Pero la ciencia no es un monolito, ni una verdad revelada. Es un proceso lleno de incertidumbres, correcciones y, sobre todo, de incomodidad. Aceptar la evolución significa aceptar que no somos el centro del universo, que nuestra moral no está escrita en las estrellas y que, biológicamente, no somos tan especiales como creemos.
El artículo de 2025 es un espejo incómodo para todos, no solo para los creacionistas. Nos recuerda que la resistencia a la ciencia no es un defecto de los demás, sino una característica humana universal. Todos tenemos creencias que preferimos no poner a prueba, ideas que nos dan seguridad y que defenderíamos aunque los datos digan lo contrario. El biólogo convertido lo sabe bien: él mismo tuvo que desmantelar su propia cosmovisión para abrazar la evolución. Y no fue fácil.
Lo que hace que este testimonio sea tan poderoso no es solo su trayectoria personal, sino lo que revela sobre nuestra época. Vivimos en un momento donde la ciencia es invocada como autoridad suprema, pero también donde la desconfianza en las instituciones científicas crece. La paradoja es que ambos bandos tienen razón: la ciencia es el mejor método que tenemos para entender el mundo, pero también es un producto humano, falible y moldeado por intereses. Pretender que es infalible es tan peligroso como negarla por completo.
El artículo del Washington Post no da respuestas fáciles, y quizá por eso es tan valioso. Nos obliga a preguntarnos: ¿qué estamos dispuestos a sacrificar para mantener nuestras creencias? ¿Y qué pasaría si, como el ex creacionista, decidiéramos seguir la evidencia hasta donde nos lleve, aunque el viaje sea incómodo? Tal vez esa sea la verdadera lección de Darwin: la adaptación no es opcional, es la única constante.


