Lo que debes de saber
- Rusia lanzó 690 sistemas de ataque aéreo contra Ucrania, incluyendo 90 misiles y 600 drones, en uno de los bombardeos más intensos desde el inicio de la invasión.
- El misil hipersónico Oréshnik, con capacidad nuclear, fue utilizado por primera vez en esta escala, según confirmó la Fuerza Aérea ucraniana.
- El ataque destruyó parcialmente el Museo de Chernóbil y dañó el Museo de Arte Nacional, además de decenas de edificios residenciales y escuelas.
- Moscú justificó la ofensiva como «respuesta a ataques terroristas ucranianos», mientras Zelenski pidió más defensa aérea y presión internacional.

La noche en que Kiev dejó de dormir
El domingo 24 de mayo de 2026 amaneció en llamas para la capital ucraniana. Rusia lanzó 690 sistemas de ataque aéreo —90 misiles y 600 drones— contra Kiev, en lo que la Fuerza Aérea ucraniana describió como uno de los bombardeos más intensos desde que empezó la invasión hace cuatro años. El saldo: 4 muertos y casi 100 heridos, según reportó El Financiero. Pero las cifras frías no cuentan la historia completa: detrás de cada misil hay una decisión política, y detrás de cada víctima, una promesa rota de que la guerra no llegaría a las calles de la capital.
El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, visitó personalmente los lugares bombardeados y publicó en Telegram un recuento desolador: «Cerca de 100 personas han resultado heridas en todo el país y, lamentablemente, otras cuatro han fallecido». Pero lo que más indignó a Kiev no fue solo el número de víctimas, sino los blancos elegidos. DW reportó que el ataque dañó «decenas de edificios residenciales y varias escuelas», además de destruir prácticamente el Museo de Chernóbil y causar daños al Museo de Arte Nacional. Incluso el Ministerio de Asuntos Exteriores sufrió daños ligeros. No fue un bombardeo quirúrgico contra instalaciones militares: fue una paliza contra la memoria y la cotidianidad de una ciudad que se niega a rendirse.
«Están completamente locos», escribió Zelenski en Telegram, según citó DW. «Tres misiles rusos contra una instalación de abastecimiento de agua, un mercado incendiado, decenas de edificios residenciales dañados, varias escuelas».

El misil que nadie quiere ver llegar
Lo más preocupante del ataque no fue la cantidad de proyectiles, sino la calidad. Por primera vez en esta guerra, Rusia utilizó a gran escala el misil hipersónico Oréshnik, un sistema capaz de volar a velocidades de entre 2.5 y 3 kilómetros por segundo, según datos de Moscú citados por El Financiero. Yuri Ignat, portavoz de la Fuerza Aérea ucraniana, confirmó que este misil —con capacidad nuclear— formaba parte del arsenal ofensivo. La defensa aérea ucraniana, por más que ha recibido sistemas occidentales, simplemente no está diseñada para interceptar objetos que se mueven a tres kilómetros por segundo. Es como intentar detener una bala con una red de pescar.
El País Colombia reportó que el ataque incluyó 54 misiles de crucero y más de 30 misiles balísticos, además del Oréshnik. La combinación de drones —más lentos pero numerosos— con misiles hipersónicos —casi imposibles de derribar— sugiere una estrategia rusa de saturación: abrumar las defensas con drones baratos para que los misiles caros encuentren su blanco. Y funcionó.
La justificación que no convence a nadie
Desde Moscú, el Ministerio de Defensa ruso confirmó el uso del Oréshnik y justificó el ataque masivo como una «respuesta a los ataques terroristas de Ucrania contra objetivos civiles en Rusia», según recogió El Financiero. Días antes, un ataque ucraniano contra un liceo en una región ocupada por Rusia había provocado la promesa de venganza del presidente Vladímir Putin. Pero la proporción de la respuesta —690 sistemas de ataque contra un solo edificio escolar— deja en evidencia que la «represalia» es más un pretexto que una reacción calculada. Dmitri Medvédev, subjefe del Consejo de Seguridad ruso, fue aún más explícito: el bombardeo fue una represalia directa por el ataque al liceo.
El problema es que esta lógica de «ojo por ojo» convierte a la población civil en rehén de una escalada que no tiene freno. Cada vez que Ucrania golpea un objetivo militar en territorio ocupado, Rusia responde bombardeando un mercado, un museo o una escuela en Kiev. Y cada vez que Rusia bombardea un objetivo civil, Ucrania pide más misiles de largo alcance para atacar dentro de Rusia. El círculo vicioso se alimenta solo.

El patrimonio cultural como víctima de guerra
Uno de los daños más simbólicos del ataque fue la destrucción parcial del Museo de Chernóbil, un espacio que documenta la peor catástrofe nuclear de la historia. El País Colombia señaló que también resultó dañado el Museo de Arte Nacional. No es la primera vez que Rusia ataca sitios culturales en Ucrania —la UNESCO ha documentado cientos de incidentes—, pero cada vez duele más porque demuestra que la guerra no solo busca conquistar territorio, sino borrar la identidad de un país. Destruir un museo no es un error de puntería: es un mensaje.
Mientras tanto, en el terreno diplomático, Zelenski volvió a pedir más sistemas de defensa aérea y mayor presión sobre Rusia. Pero la comunidad internacional parece haber entrado en una especie de fatiga de guerra: las sanciones no detienen los misiles, y los misiles no detienen las sanciones. El ataque del 24 de mayo es un recordatorio brutal de que, sin consecuencias reales para quien ordena bombardear un mercado, la guerra seguirá siendo un juego de niños con juguetes de adultos.


