Lo que debes de saber
- La renta básica universal pasó de ser una utopía izquierdista a un tema recurrente entre los multimillonarios de Silicon Valley.
- Figuras como Marc Andreessen y Sam Altman la promueven, pero sin aclarar quién pagaría la factura.
- Progresistas desconfían: ven la propuesta como una cortina de humo para evitar impuestos a los ricos y justificar la precarización laboral.
- El debate revela una contradicción profunda: los mismos que crean la tecnología que destruye empleos ofrecen una solución que ellos no financian.

Cuando los ricos descubren la caridad (sin soltar la cartera)
Imagina que el dueño de la fábrica donde trabajas decide un día que ya no necesita tus manos. Te reemplaza con un robot que nunca se enferma, nunca pide aumento y nunca llega tarde. Pero no te preocupes: el mismo dueño te promete que, a cambio, recibirás un cheque mensual para sobrevivir. Suena a generosidad, ¿verdad? Pues así es como Vice documentó el entusiasmo de la élite tecnológica por la renta básica universal, una idea que antes olía a anarquismo y hoy perfuma las salas de juntas de Silicon Valley.
La escena es casi cómica: un grupo de hackers de criptomonedas, reunidos a pocos kilómetros del Googleplex en Mountain View, escuchan a un economista hablar de «ingeniería de seguridad económica». Cuando menciona la renta básica universal, las laptops se cierran y las miradas se encienden. El economista Steve Randy Waldman no había ido a predicar esa doctrina, pero el público no lo soltó. Preguntaban cómo implementarla, si la gente dejaría de trabajar, si el sistema aguantaría. Y en ese momento, según Vice, la idea dejó de ser un sueño de izquierda radical para convertirse en un algoritmo tentador para la mente ingenieril de los programadores.
«Basic income, it turns out, is in the peculiar class of political notions that can warm Leninist and libertarian hearts alike.»
— Vice
Esa es la clave: la renta básica tiene un imán ideológico tan potente que puede unir al nieto de Marx con el nieto de Milton Friedman. Pero cuando los que tienen 317 mil millones de dólares acumulados (como los fundadores de las grandes tecnológicas) empiezan a abrazar la idea, conviene preguntarse: ¿qué ganan ellos? Porque en el mundo real, nadie regala nada sin esperar algo a cambio, y menos en el Valle de la ambición desmedida.
El truco del sombrero vacío
Aquí es donde el cuento se pone interesante. Semafor reporta que los progresistas ya le olieron el agua al coco. La propuesta de los multimillonarios tecnológicos —que incluye a figuras como Marc Andreessen (creador de Netscape) y Sam Altman (de Y Combinator)— suena bonita en los titulares: «un ingreso para todos, sin condiciones». Pero cuando se pregunta quién pone la lana, el silencio es ensordecedor.
Los críticos señalan que estos mismos magnates han construido imperios basados en la evasión fiscal, la precarización laboral y la automatización despiadada. Amazon paga impuestos efectivos que a veces rondan el 0% sobre ganancias multimillonarias. Tesla recibió subsidios públicos mientras su dueño jugaba a ser el hombre más rico del mundo. Y ahora, estos mismos actores quieren que el Estado —es decir, tú y yo— financie un colchón social para amortiguar el golpe de los empleos que ellos mismos están eliminando. Es como si el pirata te ofreciera un bote salvavidas después de hundir tu barco, pero esperara que tú mismo lo compres.
La contradicción que nadie quiere ver
Por un lado, la renta básica universal podría ser una herramienta poderosa contra la pobreza y la desigualdad. Vice menciona que sus defensores argumentan que «puede terminar con la pobreza y la desigualdad con casi nada de burocracia» y que, con menos trabajo obligatorio, «podríamos incluso emitir menos carbono». Suena a paraíso. Pero el problema no es la idea en sí, sino quién la promueve y con qué fines.
Los progresistas que cita Semafor no están en contra de que la gente reciba un ingreso garantizado. Lo que les preocupa es que esta propuesta sirva como cortina de humo para no discutir temas más incómodos: impuestos a los ricos, regulación laboral, salarios dignos, control de la automatización. Si aceptamos que la renta básica es la solución, dejamos de preguntarnos por qué una persona que trabaja 40 horas a la semana en un almacén de Amazon no puede pagar su renta. Dejamos de exigir que las empresas paguen lo justo. Y lo peor: legitimamos la idea de que el trabajo digno es un lujo del pasado, no un derecho del presente.
¿Y si la renta básica es solo el principio?
Hay un detalle que pocos mencionan: la versión de renta básica que promueven los tecnólogos no es la misma que la de los activistas sociales. Los primeros hablan de un ingreso mínimo que apenas cubra lo básico, suficiente para no morir de hambre pero no para vivir con dignidad. Los segundos imaginan una suma que permita realmente elegir: estudiar, emprender, cuidar a los hijos, crear arte. La diferencia no es menor.
Cuando Sam Altman dice que la renta básica es una «conclusión obvia», habría que recordarle que lo obvio para él —un hombre que vale cientos de millones— no es lo mismo que lo obvio para un repartidor de Uber Eats que gana 200 pesos al día. La tecnología no es neutral, y las soluciones que proponen los que la controlan tampoco lo son. Detrás del discurso de la eficiencia y la innovación, a menudo se esconde una agenda de control social y concentración de poder.
La pregunta que queda flotando es incómoda: ¿estamos ante un verdadero cambio de paradigma o ante la versión más sofisticada de siempre —los de arriba deciden cómo repartir las migajas mientras ellos se quedan con el pastel? La renta básica universal puede ser una gran idea, pero si la diseñan los mismos que crearon la precariedad, corre el riesgo de convertirse en el nuevo salario de hambre, solo que con un nombre más bonito y un algoritmo que lo administre.


