Lo que debes de saber
- El viaje apostólico se realizará del 25 al 28 de septiembre de 2026 e incluirá París, Lourdes y Metz.
- El Papa hablará en francés en todos sus discursos, excepto en la UNESCO (parcialmente en inglés) y en Metz (íntegramente en inglés).
- La agenda oficial no contempla una visita a Notre Dame, reconstruida tras el incendio de 2019.
- La Iglesia francesa reporta 13,000 bautismos de adultos, un dato que el Vaticano usa para mostrar vitalidad.

Un viaje con tres paradas y una ausencia que grita
El Papa León XIV visitará Francia del 25 al 28 de septiembre de 2026, según confirmó la Oficina de Prensa de la Santa Sede. Será su quinto viaje apostólico internacional y el noveno país que pisa desde que asumió el pontificado. La ruta incluye París, Lourdes y Metz, con paradas en la UNESCO, encuentros con jóvenes, autoridades civiles y la comunidad eclesiástica local. Hasta ahí, todo parece un itinerario pastoral más o menos convencional. Pero hay un detalle que no pasa desapercibido: Notre Dame no está en la agenda. La catedral que ardió en 2019 y que fue restaurada con más de 800 millones de euros de donaciones privadas no figura en el programa oficial. Ni una misa, ni una oración, ni una mención protocolaria. ¿Olvido? ¿Decisión estratégica? El Vaticano no lo aclara, y ese silencio es más ruidoso que cualquier comunicado.

La fe, la cultura y Europa: el menú que sí importa
Matteo Bruni, director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, explicó que el viaje girará en torno a tres ejes: la fe, la cultura y Europa. El Papa se encontrará con «su pueblo, su cultura, su historia», pero también con una Iglesia que se ha dedicado «a los hijos e hijas más frágiles del país, a los más pobres». La visita a la UNESCO en París será uno de los momentos centrales, con un discurso que combinará francés e inglés. En Metz, en cambio, el encuentro «A las raíces de Europa por la paz y la unidad» será íntegramente en inglés, un gesto que subraya la intención de dirigirse a un público más amplio que el francés. La elección de idiomas no es casual: el Vaticano quiere que el mensaje sobre Europa resuene más allá de las fronteras galas, en un momento en que el proyecto europeo enfrenta tensiones internas y externas.
«Se puede esperar una referencia a situaciones de conflicto», dijo Bruni durante la conferencia de prensa, dejando abierta la puerta a que el Papa aborde temas como la guerra en Ucrania o la crisis en Gaza.
El dato que el Vaticano repite con orgullo es el aumento de bautismos en Francia: 13,000 adultos bautizados en los últimos años. Es un número que la Santa Sede usa para contrarrestar la narrativa de una Iglesia en declive en Europa. Sin embargo, el contexto importa: Francia es un país donde la secularización avanza a paso firme y donde los escándalos de abusos sexuales dentro de la Iglesia han minado la confianza de los fieles. Que haya 13,000 adultos pidiendo entrar a una institución tan golpeada es, cuando menos, un fenómeno que merece más análisis que una simple estadística de crecimiento.
Notre Dame: el elefante en la habitación
La ausencia de Notre Dame en la agenda papal no es un detalle menor. En abril de 2019, cuando el fuego consumía la catedral, el entonces Papa Francisco envió un mensaje al arzobispo de París, Michel Aupetit, expresando su deseo de que Notre Dame «vuelva a ser, gracias al trabajo de reconstrucción y a la movilización de todos, esa preciosa arca que custodia el tesoro en el centro de la ciudad, signo de la fe de quienes la construyeron, Iglesia madre de su diócesis, patrimonio arquitectónico y espiritual de París, de Francia y de la humanidad», según recogió Radio María Argentina. Aquel gesto fue ampliamente celebrado. Siete años después, con la catedral ya reabierta y convertida en símbolo de resiliencia, la visita de León XIV la ignora. ¿Por qué? Las razones pueden ser varias: desde cuestiones logísticas hasta una decisión deliberada de no mezclar la visita pastoral con un símbolo que ha sido apropiado por el discurso nacionalista francés. Pero ninguna de esas explicaciones se hace pública, y ese vacío alimenta todo tipo de especulaciones.
El peso de la historia y las preguntas sin responder
Francia no es un destino cualquiera para un Papa. Es la «hija mayor de la Iglesia», la nación que vio nacer a santos como Bernadette Soubirous en Lourdes, pero también la cuna del laicismo militante y de una tradición anticlerical que sigue viva. La visita de León XIV llega en un momento delicado: la Iglesia francesa enfrenta un proceso de reforma interna tras los informes sobre abusos, y el gobierno de Emmanuel Macron lidia con una crisis política y social permanente. En ese contexto, la agenda papal parece diseñada para evitar terrenos minados. La UNESCO y Metz son espacios seguros, simbólicos, donde el Papa puede hablar de cultura, paz y unidad sin meterse en charcos locales. Notre Dame, en cambio, es un campo de batalla simbólico: su reconstrucción fue un proyecto faraónico, criticado por algunos como un desvío de recursos que podrían haberse destinado a causas más urgentes. ¿Quiere el Vaticano evitar esa polémica? Es una hipótesis razonable.
El viaje también incluye un encuentro con jóvenes, un sector que la Iglesia francesa cortea con ahínco. Bruni mencionó que el país se está haciendo preguntas sobre «la sociedad, la humanidad y la vida, y sobre la relación con la ciencia y el progreso tecnológico y la inteligencia artificial». Es un guiño a los debates contemporáneos que interpelan a la fe: desde la eutanasia hasta la gestación subrogada, pasando por el transhumanismo. El Papa, que ha mostrado interés en estos temas, probablemente los aborde en sus discursos. Pero la pregunta de fondo es si sus palabras encontrarán eco en una sociedad cada vez más alejada de la religión institucional. Los 13,000 bautismos de adultos sugieren que hay sed de espiritualidad, aunque no necesariamente de doctrina.
Al final, la visita de León XIV a Francia será un ejercicio de equilibrios: entre la fe y la cultura, entre Europa y lo local, entre lo que se dice y lo que se omite. La ausencia de Notre Dame en la agenda es solo la punta del iceberg de una estrategia que prioriza los gestos calculados sobre los simbolismos incómodos. ¿Es una decisión sabia o una oportunidad perdida? El tiempo lo dirá, pero mientras tanto, el silencio sobre la catedral más famosa del mundo retumba con más fuerza que cualquier homilía.


