Lo que debes de saber
- El voto latino no es una ola azul, es una ola café que puede definir el futuro político de EU, según Lydia Camarillo.
- En Texas, solo un tercio de los latinos tiene derecho al voto; los otros son menores o inmigrantes no naturalizados.
- La organización de Camarillo lleva 50 años registrando votantes en estados clave como Georgia, Florida y Pennsylvania.
- Desde México, quienes tienen familiares ciudadanos en EU pueden instarlos a empadronarse y votar este 3 de noviembre.

La ola que no es azul
Mientras los analistas repiten hasta el cansancio que se acerca una ola azul demócrata, Lydia Camarillo lanza una corrección que suena a mentada de madre política: “no es una ola azul, es una ola café”. La presidenta del Southwest Voter Registration Education Project no está jugando con el lenguaje. En entrevista con La Jornada, Camarillo sostiene que el voto latino va a decidir el futuro a nivel nacional en las elecciones intermedias de este martes, y que ese poder no surge de la nada: es el resultado de más de medio siglo de trabajo registrando votantes. La declaración llega justo cuando la elección se perfila como un referéndum sobre Donald Trump y sus aliados, y cuando desde México se subestima el peso de un electorado que, aunque no vote directamente, puede mover a sus familiares del otro lado de la frontera.
El dato que Camarillo clava como daga es el de Texas: los latinos son el grupo más grande de la población estatal, pero solo una tercera parte tiene derecho al sufragio. ¿Por qué? Porque otra tercera parte son menores de edad y el tercio restante son inmigrantes no naturalizados. Es decir, el gigante demográfico duerme con una mano atada a la espalda. Aun así, Camarillo insiste en que son “un voto decisivo”, y pone como ejemplo Georgia, donde el voto latino, aunque pequeño en número, fue clave para elegir a dos senadores demócratas en 2021. La lección es clara: no se necesita abrumar, basta con determinar los márgenes. Y en una elección que se anticipa cerrada, los márgenes son todo.
Medio siglo de resistencia electoral
La historia que Camarillo cuenta no empieza ayer. Su organización lleva desde 1975 registrando votantes en los estados del suroeste; en el año 2000 expandieron el esfuerzo a Georgia y Florida, y desde hace una década operan en Pennsylvania, Ohio, Carolina del Norte y Michigan. Es una labor de hormiga que contrasta con la narrativa mediática que reduce el voto latino a una curiosidad demográfica o a un bloque monolítico que solo importa cada cuatro años. Camarillo lo dice sin rodeos: “la razón de que estamos trabajando en estos esfuerzos es para asegurar que nuestra gente sea tratada” con dignidad. La frase, pronunciada en entrevista con Crónica Veracruz, revela el fondo del asunto: no se trata solo de ganar elecciones, sino de romper una exclusión histórica que ni el paso del tiempo ha corregido del todo.
“No necesariamente es el voto latino el que abruma, sino el que determina los márgenes”, resume Camarillo en entrevista con La Jornada.
Esa cita condensa la estrategia. En estados como California, donde se elige a Xavier Becerra como posible primer gobernador latino desde el siglo XIX, el voto latino no solo define el resultado local, sino que envía una señal nacional. Pero el entusiasmo se topa con una realidad incómoda: la participación latina suele quedarse corta respecto a su peso poblacional. La organización de Camarillo lo sabe y por eso insiste en el empadronamiento como paso previo a cualquier victoria. Sin registro no hay voto, y sin voto no hay representación. Es una cadena que se rompe en el eslabón más básico, y que desde México se puede reforzar con una llamada o un mensaje.
El papel de México: instigar sin votar
Camarillo lanza una invitación directa a quienes en México tienen familiares ciudadanos estadounidenses: que los insten a empadronarse y participar este martes. La petición no es menor. En un país donde la política migratoria de EU afecta directamente a millones de familias, la indiferencia hacia el voto latino sería un lujo que nadie puede darse. La entrevista con La Jornada deja claro que el futuro político de EU, y por ende la relación bilateral, se decide en las urnas de estados como Georgia, Florida y Pennsylvania. Y que los mexicanos, aunque no voten, pueden ser el empujón que muchos de esos votantes necesitan para salir a las casillas.
La advertencia implícita es que el voto latino no es un bloque homogéneo ni una garantía demócrata. La “ola café” puede romper en cualquier dirección. Lo que Camarillo subraya es que, por primera vez en mucho tiempo, el electorado latino tiene la oportunidad de decidir los márgenes en una elección que definirá el control del Congreso y el rumbo de las políticas que afectan a México. Ignorar esa realidad sería como ignorar un huracán categoría cinco porque aún no toca tierra. La pregunta incómoda no es si el voto latino importa, sino por qué seguimos tratándolo como una promesa lejana cuando ya está aquí, listo para cobrar.


