Casi un millón protesta en Francia contra Macron

La revuelta francesa mezcla precariedad, represión y una generación que ya no cree en el sistema.

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Lo que debes de saber

  • Hasta 800 mil personas marcharon en Francia contra el encarecimiento de la vida y la represión, según organizadores; las autoridades reportan 550 mil.
  • El movimiento de los chalecos amarillos resurgió y se alió con la generación Z, campesinos, profesores y jubilados bajo el lema ‘Amarillos y Jóvenes’.
  • Macron enfrenta un fin de mandato convulso a seis meses de las elecciones presidenciales, con saqueos y enfrentamientos en las principales ciudades.
  • La protesta evoca la toma de la Bastilla, pero los historiadores recuerdan que aquel mito fundacional fue protagonizado por apenas 600 personas.
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Tomado de: Humorcanalla Es

La Bastilla no se toma con 600 personas, pero la rabia se acumula con millones

Otra vez Francia. Otra vez las calles. Otra vez un presidente que mira el reloj esperando que su mandato termine antes de que el país termine de desmoronarse. Entre 550 mil y 800 mil personas salieron a manifestar este sábado contra el encarecimiento de la vida y la represión, según reporta La Jornada. La cifra no es menor: es como si toda la zona metropolitana de Guadalajara se volcara a las calles exigiendo que las cosas cambien. Pero lo realmente interesante no es el número, sino quiénes marcharon y por qué. El llamado ‘Amarillos y Jóvenes’ logró lo que muchos analistas llevaban años pronosticando: que las rabias dispersas se encontraran en un mismo punto.

El movimiento de los chalecos amarillos, ese que en 2018 paralizó Francia con bloqueos y que muchos daban por muerto, resurgió de sus cenizas. Pero ya no está solo. Ahora camina junto a la generación Z, campesinos, profesores, activistas climáticos y jubilados. Es una alianza extraña, casi imposible en cualquier otro país, pero que en Francia tiene sentido porque el enemigo es el mismo: un sistema que exprime a los que menos tienen mientras los que más tienen siguen acumulando. Florine Pigny, una tatuadora de 36 años, lo resumió para la AFP: «Hoy hay un punto de convergencia de muchas rabias, todas legítimas y todas más o menos conectadas». La frase no es poesía barata; es el diagnóstico de una sociedad que ya no aguanta.

El mito de la Bastilla: 600 personas y siete presos

Los manifestantes gritaban «Tomamos la Bastilla», y ahí es donde la historia se pone sabrosa. Porque el mito fundacional de la Revolución Francesa, ese que se enseña en las escuelas como el momento en que el pueblo se levantó contra la tiranía, fue protagonizado por poco más de 600 personas y en la fortaleza solo había siete presos. Lo recuerda el bloguero Salvador Guirado en una entrada de 2008 que hoy suena profética: «Sucesos aparentemente nimios han dado origen a grandes cambios históricos». La toma de la Bastilla no fue una gesta heroica de masas; fue un chispazo en un polvorín de hambre, desigualdad y resentimiento acumulado durante décadas. Lo mismo pasa ahora: la protesta de este sábado no es la causa del descontento, es el síntoma. La causa es un modelo económico que ha ido vaciando los servicios públicos, precarizando el empleo y dejando a una generación entera sin futuro.

Y aquí conviene detenerse en un detalle que los medios suelen pasar por alto: la protesta no fue convocada por un partido político ni por un sindicato tradicional. Nació en redes sociales, se articuló horizontalmente y logró convocar a sectores que normalmente no marchan juntos. Eso explica por qué Macron está contra las cuerdas. A seis meses de las elecciones presidenciales, el presidente enfrenta un fin de mandato convulso, con saqueos, enfrentamientos y marchas no autorizadas que sembraron el caos en el centro de las grandes ciudades. No es una crisis cualquiera: es el desgaste final de un proyecto político que prometió reformas y entregó austeridad.

«Abajo el sistema», «Tomamos la Bastilla», «Macron dimisión»… El deseo de cambio planeaba en las entre 550 mil y 800 mil personas que manifestaron en Francia.

La trampa de la represión y el silencio mediático

Hay un detalle que merece atención: las autoridades reportan 550 mil manifestantes, mientras los organizadores hablan de 800 mil. La discrepancia no es casual. En 2013, un lector de Diario Jaén ya señalaba cómo los medios «dependientes directa o indirectamente del Gobierno» rebajan las cifras de las protestas para minimizar su impacto. «Rebajando la protesta parisina a unos cuantos de ‘miles de manifestantes’, cuando en Francia misma se reconocen que son docenas de miles», escribía Francisco Gomis Mas. La historia se repite con una precisión que asusta. Y no es solo un problema de números: es un problema de narrativa. Si las protestas se ven pequeñas, pierden fuerza simbólica; si se ven masivas, contagian.

El otro elemento que complica el panorama es la represión. La protesta fue mayoritariamente pacífica, pero los enfrentamientos entre policías y manifestantes, los saqueos y las marchas no autorizadas acapararon los titulares. Es la vieja táctica: deslegitimar el movimiento señalando los excesos de una minoría. Pero aquí hay un dato que no se puede ignorar: la protesta también era contra la represión. Es decir, el gobierno de Macron está en una posición imposible: si reprime, alimenta el fuego; si no reprime, parece débil. Y mientras tanto, la generación Z, esa que creció con crisis económicas, pandemias y emergencia climática, ya no cree en las promesas de los políticos de siempre.

Lo que Francia nos enseña (y México debería mirar)

La revuelta francesa no es un fenómeno aislado. Es la punta de un iceberg que recorre Europa y que también toca a América Latina. El encarecimiento de la vida, la precariedad laboral y la falta de oportunidades para los jóvenes son problemas globales. En México, donde el 60% de la población vive en la informalidad y donde los salarios reales llevan décadas estancados, las condiciones para un estallido similar existen. La diferencia es que aquí la rabia se canaliza de otras formas: migración, violencia, apatía. Pero eso no significa que no esté ahí, acumulándose.

La lección francesa es clara: cuando la desigualdad se vuelve insoportable, cuando los servicios públicos se desmoronan y cuando una generación entera siente que no tiene futuro, la calle se convierte en el último recurso. Y no hace falta tomar una Bastilla: basta con que la gente común decida que ya no tiene nada que perder. Como escribió el bloguero Humor Canalla en un chiste de 2014: «Ya tomamos la Bastilla». La broma era sobre la resaca de la revolución, pero hoy suena a advertencia. Francia está temblando. Y no es por el frío.


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