Lo que debes de saber
- Flávio Bolsonaro obtuvo 47% y Lula 45% con el 96.6% escrutado, forzando segunda vuelta el 25 de octubre.
- Las encuestas pronosticaban ventaja de Lula por 3 puntos; el resultado las dejó en ridículo.
- La diferencia fue de 2.4 millones de votos, pero el conteo del norte y nordeste aún podía ajustar.
- Lula reconoció el resultado inesperado y confía en revertir en tres semanas; Flávio celebra que Brasil ‘quiere cambio’.

El apellido que no necesita campaña
Flávio Bolsonaro, senador de 45 años, arrasó en la primera vuelta con 47% de los votos, según datos oficiales del Tribunal Superior Electoral citados por RTVE. No es un fenómeno nuevo: el apellido de su padre, Jair Bolsonaro, condenado e inhabilitado, sigue funcionando como una marca registrada que moviliza a un electorado que no necesita propuestas, solo identidad. La sorpresa no es que Flávio haya ganado, sino que lo haya hecho con una diferencia de 2.4 millones de votos sobre Lula, un hombre que hace dos años parecía invencible. La política brasileña demuestra que el carisma se hereda, o al menos se recicla, y que las condenas judiciales no son un obstáculo electoral en el país del ‘jeitinho’.
Las encuestas fallaron. Otra vez.
Los sondeos pronosticaban que Lula lideraría la primera vuelta por unos 3 puntos porcentuales, según RTVE. La realidad les dio una bofetada: Flávio no solo ganó, sino que llegó a superar el 50% durante el escrutinio inicial. ¿Por qué fallaron? Porque el voto bolsonarista es vergonzante en las encuestas pero ruidoso en las urnas. La explicación técnica es que el conteo del sur y sudeste, más afín a la derecha, avanza más rápido que el del norte y nordeste, más progresista. Pero la explicación política es más simple: las encuestadoras siguen sin entender que el bolsonarismo no es un voto racional, es una religión. Y las religiones no se miden con muestras de mil personas.
«Es sin duda un resultado inesperado. Estaba convencido de que ganaría en primera vuelta», afirmó Lula, según RTVE.
La cita del presidente octogenario es reveladora: no solo reconoce la derrota parcial, sino que admite que vivía en una burbuja. Lula, el líder sindical que sobrevivió a la cárcel y volvió al poder, ahora enfrenta la posibilidad de perder ante el hijo de su némesis. La política tiene ironías que ni el mejor guionista podría inventar.
La polarización como única estrategia
Flávio y Lula no debatieron juntos ni una sola vez, según RTVE. No les hizo falta. La campaña se redujo a dos tribus que se odian y que saldrán a votar con la misma furia el 25 de octubre. La República reporta que 159 millones de electores fueron convocados a las urnas, y la mayoría no votó por propuestas, sino contra alguien. El PT moviliza el miedo al retorno de la dictadura bolsonarista; el PL moviliza el miedo al comunismo imaginario de Lula. En medio, un país que sigue partido en dos y que no encuentra un discurso que lo una.
El resultado también expone la fragilidad del sistema de encuestas brasileño, que ya falló en 2018 y 2022. Las empresas demoscópicas viven de la ilusión de predecir lo impredecible, y cada elección las deja más desacreditadas. ¿Seguirán vendiendo certezas que no tienen? La segunda vuelta será su última oportunidad para redimirse o para confirmar que la política, como el clima, solo se puede medir cuando ya pasó.
Lo que viene: tres semanas de fuego
La segunda vuelta del 25 de octubre será una guerra de tres semanas. Flávio parte con ventaja psicológica, pero Lula tiene la maquinaria del Estado y el voto del nordeste, que aún no termina de contarse. La diferencia de 2.4 millones de votos es amplia pero no irreversible. Ambos candidatos apelarán al miedo: Lula dirá que Flávio es la continuación de un proyecto autoritario; Flávio dirá que Lula es el pasado corrupto que no quiere irse. Y los brasileños, otra vez, tendrán que elegir entre dos fantasmas. La democracia, a veces, es eso: elegir el fantasma que menos te asuste.


