Lo que debes de saber
- Más de 70 legisladores demócratas instaron a Trump a no permitir la entrada de autos chinos a EU.
- Trump ha amenazado con no renovar el T-MEC en su forma actual, lo que pone en riesgo el comercio regional.
- La postura de los demócratas choca con la retórica proteccionista de Trump, pero coincide en el fondo.
- La revisión del T-MEC en 2026 será un campo de batalla entre intereses geopolíticos y comerciales.

La extraña pareja: demócratas y Trump contra China
Imagínese esto: más de 70 legisladores demócratas, esos que han pasado los últimos años llamando a Donald Trump de todo menos bonito, le escriben una carta para pedirle que no afloje la mano con los autos chinos. Así como lo lee. La Jornada reporta que los congresistas instan al presidente republicano a mantener el veto a los vehículos fabricados en China, argumentando razones de seguridad nacional y competencia desleal. Es como ver al Barcelona pidiéndole al Real Madrid que no le regatee a Messi: improbable, pero revelador.
Lo curioso del asunto es que, mientras los demócratas le piden mano dura con China, el mismo Trump ha estado jugando al gato y al ratón con el T-MEC, el tratado comercial que él mismo negoció y presumió como «el mejor acuerdo de la historia». En diciembre de 2025, El Diario del Noroeste documentó que Trump abrió la puerta a no renovar el acuerdo en su forma actual, dejando que expire en 2036 o renegociando otro desde cero. «Esto es algo que está en curso. (El acuerdo) expira en aproximadamente un año, y lo dejaremos expirar o tal vez lleguemos a otro acuerdo con México y Canadá», dijo el mandatario, según la nota.
«México y Canadá se han aprovechado de Estados Unidos, como casi todos los demás países. Siendo justos, si no son ellos, no los culpo, sino todos los países, porque teníamos gente estúpida al mando.» — Donald Trump, citado por El Diario del Noroeste

Dos caras de la misma moneda proteccionista
Aquí el meollo del asunto no es si los demócratas y Trump están de acuerdo en algo —lo están—, sino lo que esa coincidencia revela sobre la política comercial estadounidense. Por un lado, tienes a un grupo bipartidista que ve en los autos chinos una amenaza existencial para la industria automotriz de EU, y por el otro, al presidente que amenaza con dinamitar el principal acuerdo comercial de Norteamérica. La coherencia brilla por su ausencia, pero el mensaje de fondo es claro: Estados Unidos quiere cerrar sus fronteras, aunque no sepa bien cómo hacerlo sin dispararse en el pie.
El dato clave que La Jornada destaca es que los demócratas no solo piden mantener el veto, sino que lo hacen justo cuando la Oficina del Representante Comercial de EU (USTR) iniciaba consultas públicas para la revisión del T-MEC. Es decir, mientras unos empujan para cerrar la puerta a China, otros —el mismo Trump— están dejando abierta la posibilidad de que México y Canadá paguen los platos rotos de una guerra comercial que ellos no empezaron.
El riesgo para México: entre la espada y la pared
Para México, esta danza de declaraciones y cartas no es solo ruido político. Si Trump decide no renovar el T-MEC, el país perdería el acceso preferencial al mercado más grande del mundo, justo cuando la relocalización de empresas —el famoso nearshoring— empezaba a dar frutos. Y si, por otro lado, los demócratas logran mantener el veto a los autos chinos, México podría quedar atrapado en medio de una disputa que no le pertenece, pero cuyas consecuencias pagará en inversiones y empleos.
La ironía es que el propio Trump, al amenazar con no renovar el tratado que él firmó, está minando la credibilidad de cualquier acuerdo comercial futuro. ¿Quién va a confiar en un socio que cambia de opinión cada dos años? Los demócratas, al pedirle coherencia en un solo tema —los autos chinos—, parecen olvidar que la misma administración que debe vetar a China es la que está dispuesta a desmantelar el comercio con sus vecinos. Es como pedirle al pirata que no robe el barco, pero que sí respete el código de navegación.
Al final, lo que queda claro es que la política comercial de Estados Unidos se ha convertido en un volado: nadie sabe si caerá águila o sol, pero México y Canadá ya están apostando. Y como en toda apuesta, el riesgo de perder es tan real como la posibilidad de ganar. La pregunta que debería incomodar a la Casa Blanca es: ¿vale la pena sacrificar décadas de integración económica por un capricho electoral?


