Trump y Thune: la guerra civil republicana que nadie quiere admitir

Mientras Trump exige eliminar el filibusterismo, su propio líder en el Senado lo ignora. La unidad republicana es un esp

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Lo que debes de saber

  • Trump y Thune no se hablan desde hace casi dos semanas, justo cuando el Senado decide sobre el gabinete y el financiamiento a Irán.
  • Trump presiona para eliminar el filibusterismo, pero Thune lo rechaza públicamente, evidenciando una fractura irreconciliable.
  • La purga de Trump contra John Cornyn en las primarias de mayo amplió la brecha y encendió las alarmas entre los republicanos.
  • Las mayorías republicanas en el Congreso son frágiles y la guerra interna podría costarles las elecciones de noviembre.
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El teléfono que no suena

Mientras el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, no puede colgarle el teléfono a Donald Trump —las llamadas llegan a medianoche o después de reuniones maratónicas en la Casa Blanca—, el líder de la mayoría en el Senado, John Thune, puede pasar semanas sin escuchar la voz del presidente. Así lo documenta CNN en su análisis sobre la relación entre ambos poderes. No es un detalle menor: estamos hablando del segundo hombre más poderoso del Partido Republicano en el Congreso, el encargado de empujar la agenda legislativa de Trump, y el presidente ni siquiera lo llama. La comunicación, según Thune, es «según sea necesario». Y en las últimas dos semanas, no ha sido necesaria.

Pero no se trata solo de una falta de cortesía telefónica. La desconexión ocurre en el peor momento posible: con un nominado al gabinete de Trump en problemas, con la agenda legislativa del presidente tambaleándose y con un proyecto de ley de financiamiento para Irán en el aire. Es decir, justo cuando el Senado debería estar operando como una máquina bien engrasada, el conductor y el copiloto van en direcciones opuestas. Y mientras tanto, los republicanos que defienden mayorías frágiles en el Congreso ven cómo su partido se convierte en un campo de batalla interno.

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El filibusterismo: la grieta que lo parte todo

El punto de quiebre no es cualquier tema menor. Trump ha insistido a voz en cuello en que el Senado debe eliminar el filibusterismo, esa herramienta procesal que permite a la minoría bloquear leyes con 60 votos. Thune, con una calma que parece sacada de otro planeta político, lo ha rechazado una y otra vez. No es un capricho: eliminar el filibusterismo significaría que los republicanos podrían aprobar cualquier cosa con mayoría simple, pero también sentaría un precedente peligroso para cuando los demócratas vuelvan al poder. Thune lo sabe, y por eso resiste. Trump, que nunca ha tenido paciencia para los matices institucionales, lo ve como una traición.

«Conmigo, es más bien según sea necesario», dijo Thune a CNN cuando se le preguntó sobre sus conversaciones recientes con el presidente.

Esa frase, citada por CNN en Español, resume la dinámica de una relación que nunca fue cálida pero que ahora es francamente disfuncional. Thune, descrito como «afable» y de estilo mesurado, contrasta con un Trump «voluble y combativo». Es la clásica tensión entre el político institucional que entiende los tiempos del Senado y el líder carismático que quiere resultados inmediatos. Pero cuando esa tensión se convierte en un silencio de dos semanas, el problema deja de ser personal y se vuelve estructural.

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La purga de Cornyn: el precedente que aterra al Senado

El otro elemento que ha ampliado la brecha es la decisión de Trump de intervenir en las primarias de mayo para sacar del camino al senador John Cornyn, un republicano de Texas con décadas de carrera. No fue una derrota cualquiera: fue una ejecución política orquestada desde la Casa Blanca. Para Thune, que ocupa un puesto de liderazgo que depende del apoyo de sus colegas, ver cómo Trump elimina a un compañero de bancada es una advertencia directa. Si el presidente está dispuesto a tumbar a un senador con la trayectoria de Cornyn, ¿qué le impide hacer lo mismo con cualquier otro que se le oponga?

El mensaje no ha pasado desapercibido en el Capitolio. Muchos republicanos del Senado, que antes guardaban silencio sobre sus diferencias con Trump, ahora ven que el presidente no tiene límites. Y la ansiedad crece porque las mayorías que defienden son frágiles. Las elecciones intermedias de noviembre están a la vuelta de la esquina, y un partido dividido es un partido que pierde. La historia reciente lo demuestra: en 2018, los republicanos perdieron la Cámara de Representantes en parte por la guerra interna entre el ala trumpista y el establishment. Ahora, el escenario se repite, pero con el agravante de que Trump ya no es un candidato externo, sino el presidente en funciones.

Más allá del Capitolio: un país que observa

Mientras tanto, en el resto de Estados Unidos, la realidad no se detiene. En la misma semana en que CNN reportaba la fractura republicana, la sección de Estados Unidos de CNN en Español documentaba tiroteos en festivales gastronómicos, incendios forestales en Washington, crisis migratorias en Ceuta y deportaciones que terminan en tragedia. El país enfrenta problemas que requieren un gobierno funcional, pero el partido que controla el Congreso está más ocupado en apuñalarse internamente que en legislar. Esa desconexión entre las prioridades de la ciudadanía y las batallas internas del poder es, quizás, la crítica más contundente que se le puede hacer a este espectáculo.

La frase que da título al análisis de CNN —»nos estamos apuñalando entre nosotros»— no es una metáfora exagerada. Es la descripción literal de lo que está ocurriendo. Trump y Thune representan dos visiones irreconciliables del Partido Republicano: una que quiere destruir las instituciones para acelerar el cambio, y otra que intenta preservar las reglas del juego aunque eso signifique ir más lento. El problema es que ambas visiones no pueden coexistir, y las elecciones de noviembre decidirán cuál sobrevive. Pero mientras tanto, el país entero paga el costo de una guerra civil que nadie quiere admitir.

La pregunta incómoda es si los votantes republicanos castigarán esta división o si, como ha ocurrido antes, la lealtad a Trump pesará más que la necesidad de un gobierno funcional. La historia sugiere que el trumpismo tiene una capacidad de recuperación sorprendente, pero también que las fracturas internas suelen cobrar factura en las urnas. Lo único seguro es que, en los próximos tres meses, cada llamada que no haga Trump a Thune será un recordatorio de que el Partido Republicano no está unido, sino en terapia intensiva.


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