Lo que debes de saber
- La emoción por la IA entre Gen Z cayó del 36% al 22% en un año, mientras que el enojo subió del 22% al 31%.
- Más de la mitad de los jóvenes usa IA semanal o diariamente, a pesar de su desconfianza.
- Los empleadores priorizan candidatos con experiencia en IA, incluso sobre otras calificaciones.
- Existe un temor documentado de que los jóvenes saboteen la IA en el trabajo por miedo a perder sus empleos.
- La adopción se estanca: no es por entusiasmo, sino por una «aceptación reticente» de que la tecnología llegó para quedarse.
Del hype al hate: cuando la promesa se convierte en amenaza
Imagina crecer escuchando que la tecnología es tu aliada, la llave al futuro, y que de pronto esa misma llave comienza a cerrarte puertas. Eso es lo que vive la Generación Z. Según un reporte de Axios que cita datos de Gallup, la emoción de los jóvenes por la inteligencia artificial se desplomó. En solo un año, el porcentaje de Gen Zers que dicen sentirse «emocionados» por la IA pasó del 36% al 22%. Pero el dato que realmente pica es el otro: los que se declaran «enojados» subieron del 22% al 31%. No es una simple decepción; es un coraje bien fundamentado. Zach Hrynowski, investigador de Gallup, lo atribuye a que la IA está oscureciendo las perspectivas para los trabajadores de nivel de entrada. Los Zoomers más viejos, los que ya están tocando la puerta del mercado laboral, son los más furiosos. No es paranoia. Es la percepción nítida de que el campo de juego se inclina justo cuando les toca jugar.
Usar con rabia: la paradoja de la adopción obligada
Aquí viene lo contradictorio, lo que separa el sentimiento de la acción. Uno pensaría que si algo te enoja y te asusta, lo evitas. Pero con la IA, la lógica se tuerce. El mismo estudio de Gallup muestra que el uso de la tecnología entre los jóvenes no ha bajado. Apenas sobre la mitad (un 22% diario y un 29% semanal) sigue interactuando con estas herramientas con la misma frecuencia que el año pasado. ¿Por qué usar algo que te indigna? Hrynowski lo define con una frase que duele: es una «aceptación reticente». No es que crean en la IA; es que creen que no tienen opción. La tecnología llegó para quedarse y resistirse es, en su mente, firmar su sentencia de exclusión laboral. Es el equivalente digital a tragarse un sapo: lo haces no porque quieras, sino porque sientes que tu supervivencia depende de ello. Esta no es adopción tecnológica, es un síntoma de ansiedad generacional.
«Gen Z puede no estar emocionada por adoptar la tecnología, pero reconocen que quizás tengan que hacerlo», señala el reporte de Gallup citado por Axios. La frase «puede que tengan que» es la clave. Habla de una obligación, no de una oportunidad.
El miedo no es abstracto. Tiene nombres y apellidos en las vacantes. Christine Cruzvergara, de la plataforma de empleo Handshake, le dijo a Axios que los empleadores y profesionales de RH están dispuestos a apostar por candidatos menos calificados en otros aspectos si tienen experiencia en IA. «Es probable que Gen Z sea la generación que ayude a enseñar al resto de la fuerza laboral», añade. Suena bonito, como si fueran pioneros, pero en el fondo es una carga: son los conejillos de Indias forzados a dominar una herramienta inestable para luego capacitar a quienes, irónicamente, tienen trabajos más seguros. El mensaje del mercado es claro: aprende IA o quédate fuera. Y ese ultimátum, leído entre líneas, es lo que alimenta la rabia. No es solo la tecnología; es el sistema que les dice «adáptense o desaparezcan» sin ofrecerles red de seguridad alguna.
Del sabotaje al rechazo climático: las formas de la resistencia
La frustración no siempre es pasiva. Un reporte de MSN habla de un fenómeno más oscuro y comprensible: el sabotaje. Jóvenes trabajadores, temerosos de que la IA les quite sus empleos, estarían saboteando internamente los sistemas o los resultados de la inteligencia artificial. Es un acto de rebelión desesperada, la lógica de «si esta máquina viene por mi chamba, yo le bajo el switch». Por otro lado, hay un rechazo por principios. Axios presenta el caso de Katya Danziger, una estudiante de ciencias de la computación de 25 años que dejó de usar chatbots de IA hace seis meses por su impacto ambiental. «Tomé una postura personal de no usar IA por el impacto climático», dice. Su postura es ética, pero en un mercado que premia la habilidad con IA, también es un riesgo profesional autoimpuesto. Estos dos extremos —el sabotaje clandestino y el boicot abierto— son las puntas del iceberg de un malestar mucho más profundo. Muestran que la Generación Z no es un bloque homogéneo de «nativos digitales» entusiastas, sino una cohorte fracturada entre la necesidad pragmática y el rechazo ideológico o existencial.
Incluso entre los defensores de la herramienta hay dudas profundas. Avalon Fenster, una joven de 23 años que usa IA para empoderar a otras mujeres en sus carreras, expresa a Axios una preocupación fundamental: el impacto en el pensamiento crítico. «Tengo preocupaciones sobre la forma en que impacta nuestra capacidad de pensar de forma independiente, formular ideas, comunicar ideas», afirma. Es la paradoja en carne viva: una promotora de la tecnología que teme por lo que la tecnología le pueda hacer a la mente humana. Esta ambivalencia es el sello de la generación. No hay narrativa simple. No es «los jóvenes aman la tecnología» ni «los jóvenes la odian». Es «los jóvenes la usan porque sienten que deben, pero desconfían de lo que les costará a ellos, a su empleo y a su forma de entender el mundo». La pregunta incómoda que nadie en las suites directivas quiere responder es: ¿qué pasa cuando una generación entera aprende a usar una herramienta con resentimiento? ¿Qué clase de innovación puede surgir de ahí?


