Lo que debes de saber
- La pobreza laboral bajó a 32.3%, su mínimo histórico, pero aún afecta a 42.3 millones de personas.
- La brecha de participación laboral entre hombres y mujeres es de casi 30 puntos porcentuales.
- Al ritmo actual, México tardaría más de 100 años en alcanzar la paridad de género en el trabajo.
- Las mujeres ganan en promedio 35% menos que los hombres y cargan con el 66.8% del trabajo no remunerado.

El récord que nadie quiere celebrar
La noticia suena bien en el papel: la pobreza laboral en México cerró el 2025 en 32.3% de la población, su nivel más bajo desde que se tiene registro. Es el tipo de dato que cualquier gobierno enarbolaría como un triunfo económico. Pero aquí está el detalle que se traga el titular: ese porcentaje, según Diariodemexico, representa a 42.3 millones de mexicanos. Es como si te dijeran que tu casa se incendió menos que antes, pero aún así tienes tres cuartos en llamas. El organismo México ¿Cómo Vamos? documenta el mínimo histórico, y es un avance innegable, pero la frialdad del porcentaje se derrite cuando lo traduces a gente real. Son 42.3 millones de personas cuyo ingreso laboral no alcanza para comprar la canasta alimentaria básica para ellos y su familia. En un país que presume crecimiento económico y estabilidad, casi un tercio de la población económicamente activa no puede cubrir lo mínimo con su trabajo. El vaso está medio lleno, sí, pero para millones, ese vaso sigue estando roto.

La otra pandemia: la desigualdad que no se va
Si la pobreza laboral general muestra una mejora lenta y dolorosa, al desagregar los números por género la cosa se pone fea de verdad. Aquí es donde el «mínimo histórico» se estrella contra un muro de concreto llamado desigualdad estructural. Sanluispotosi Quadratin, citando datos del IMCO, pone el dedo en la llaga: más de tres de cada diez mujeres en edad de trabajar están fuera del mercado laboral. La tasa de participación nacional es del 59.5%, pero mientras el 75.1% de los hombres forma parte de la fuerza laboral, solo lo hace el 45.72% de las mujeres. Es una brecha de casi 30 puntos porcentuales que no se mueve a la velocidad de los discursos sobre igualdad. El IMCO documenta que entre 2005 y 2023 la participación femenina apenas pasó del 41% al 46%. A ese ritmo glacial, la paridad no es una meta de esta generación, ni de la siguiente.
«De mantenerse ese ritmo, la paridad podría tardar más de un siglo en alcanzarse.» – Sanluispotosi Quadratin, citando al Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO).
La frase «más de un siglo» no es una hipérbole, es una proyección matemática basada en dos décadas de datos. Significa que las niñas que nacen hoy podrían no ver la igualdad laboral en su vida útil de trabajo. Sus hijas probablemente tampoco. Es una condena intergeneracional disfrazada de estadística. Y esto no es solo un tema de «oportunidades»; es un sistema económico que se sostiene, en parte, en el trabajo invisible de las mujeres. El INEGI advierte que las mujeres destinan el 66.8% de su tiempo de trabajo total a labores no remuneradas (cuidados y domésticas), frente al 33.2% de los hombres. En promedio, sumando lo remunerado y lo no remunerado, las mujeres trabajan 61.1 horas a la semana, 3.1 horas más que los hombres. Trabajan más, ganan menos y tienen menos probabilidades de estar en el mercado formal. Eso no es una brecha, es un abismo.
Los pesos que faltan: la brecha salarial que no se explica
Supongamos que una mujer logra saltar todos los obstáculos y consigue un empleo. Ahí la encuentra otra pared: la brecha salarial. Según el análisis citado por Quadratin, las mujeres perciben en promedio un 35% menos que los hombres. Traducido a pesos contantes y sonantes: por cada 100 pesos que se embolsa un varón, una mujer recibe alrededor de 65. Esta diferencia no se justifica solo con el tipo de empleo o el nivel educativo. Factores como la interrupción de trayectorias por maternidad y cuidados, la segregación ocupacional (concentración en sectores peor pagados) y los omnipresentes techos de cristal en puestos directivos, pesan como una losa. Es un descuento del 35% por el simple hecho de ser mujer, un impuesto de género que se paga todos los días. Esta desigualdad en el ingreso es, a su vez, un motor directo de la pobreza laboral femenina. Si tu salario base ya es significativamente menor, es mucho más probable que, incluso trabajando, no alcances a comprar la canasta básica para tu hogar. La pobreza laboral y la brecha de género no son problemas separados; son dos caras de la misma moneda devaluada.
¿Avance o espejismo? El contexto que falta
Entonces, ¿cómo se reconcilia el «mínimo histórico» de pobreza laboral con esta realidad aplastante de desigualdad? La respuesta está en la letra chiquita y en quién carga con el peso del «progreso». Una reducción en el porcentaje general puede esconder que la mejora es desproporcionadamente absorbida por un sector de la población, usualmente el masculino y formalizado, mientras los lastres estructurales que afectan a las mujeres, a los jóvenes y a la economía informal permanecen intactos. Celebrar el 32.3% sin mirar quiénes componen ese tercio es un ejercicio de autoengaño estadístico. El verdadero termómetro de la salud laboral del país no es un solo número, sino un conjunto de indicadores: la participación femenina estancada, la brecha salarial del 35%, las 61 horas semanales de trabajo total para las mujeres, y la proyección de un siglo de espera. El dato de México ¿Cómo Vamos? es valioso y muestra un camino, pero es solo la primera página de un reporte mucho más grueso y menos optimista. La pobreza laboral bajó, sí. Pero la desigualdad que la alimenta tiene raíces tan profundas que necesitará mucho más que ciclos económicos favorables para erradicarse. Mientras tanto, 42.3 millones de personas, y entre ellas una abrumadora mayoría de mujeres, siguen esperando que el mínimo histórico se convierta en una vida digna.


