Cura de 27 años: cobro menos del salario mínimo, pero no pago renta

Juan Orduña revela que su sueldo no llega a 1.200 euros, pero vive sin pagar casa, luz ni agua. ¿Y la vocación?

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Lo que debes de saber

  • Juan Orduña, sacerdote de 27 años en Madrid, gana menos de 1.200 euros mensuales, por debajo del salario mínimo español.
  • No paga vivienda, luz ni agua, gastos cubiertos por el Obispado, lo que le permite vivir con ese ingreso.
  • Trabaja 24/7 pero tiene 30 días de vacaciones más 7 para ejercicios espirituales.
  • Su testimonio contrasta con la realidad de millones de jóvenes que destinan más del 50% de su salario a la vivienda.
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Tomado de: Abc Es

El cura que le ganó al mercado inmobiliario

En un país donde alquilar un estudio en Madrid cuesta más de 900 euros al mes y los jóvenes destinan hasta el 60% de su salario a la vivienda, aparece Juan Orduña, un sacerdote de 27 años, y suelta la bomba: gana menos de 1.200 euros mensuales —por debajo del salario mínimo— pero no paga ni un euro de renta, luz ni agua. La noticia, difundida por ABC y replicada por Clarín, ha desatado un debate incómodo: ¿es la vida religiosa un refugio económico o una renuncia genuina?

Juan se ordenó el 24 de mayo de 2025, con 26 años, y desde entonces sirve en una parroquia de Madrid. En el podcast La Pera de Jobs, citado por El Español, explicó que el Obispado le asigna una vivienda —una casa para sacerdotes— y cubre las facturas de luz y agua. Su sueldo, después de descuentos para la jubilación, se va en comida, transporte y algún que otro lujo menor. «Da para bien, para tener una vida tranquila», dijo, según recoge Crónica Global.

«Cobramos menos que el sueldo mínimo y no llega a 1.200. Yo no tengo que pagar piso, no tengo que pagar luz, no tengo que pagar agua.» — Juan Orduña a ABC

La trampa del salario mínimo

El dato suelto parece una confesión de pobreza, pero al ponerlo en contexto, la cosa cambia. Según datos del INE, el salario medio en España ronda los 2.000 euros mensuales, pero un joven menor de 30 años difícilmente llega a los 1.500. Y de esos, más de la mitad se va en vivienda. Juan, en cambio, con menos de 1.200 euros, tiene un poder adquisitivo real superior al de muchos mileuristas. Porque no es lo mismo ganar 1.200 y pagar 900 de alquiler, que ganar 1.200 y tenerlos libres. La diferencia es abismal. Como señaló El Español, los curas disfrutan de «beneficios en especie» que eliminan sus mayores gastos mensuales.

Pero no todo es color de rosa. Juan trabaja 24/7, según sus propias palabras. No tiene horario fijo. Atiende misas, confesiones, charlas pastorales y visitas. Su día empieza a las 6:30 de la mañana, con un paseo por Madrid Río, y termina cuando el último feligrés se va. A cambio, tiene 30 días de vacaciones al año, más 7 para ejercicios espirituales. «Como cualquier otra persona», dijo, aunque con una carga laboral que pocos empleos formales tolerarían.

Imagen de Clarin
Tomado de: Clarin

La vocación como modelo de negocio

Aquí viene lo interesante: el modelo económico de la Iglesia católica para sus sacerdotes es, en esencia, una economía de trueque con techo y comida incluidos. No es nuevo. Los monjes llevan siglos viviendo así. Pero en pleno siglo XXI, con una crisis de vivienda que asfixia a los jóvenes, el testimonio de Juan resuena como una crítica involuntaria al sistema. Mientras miles de millennials y centennials comparten piso en condiciones precarias, un cura de 27 años vive solo, sin pagar renta, y encima dice que «no tiene grandes lujos».

La pregunta que flota es: ¿esto es una renuncia o un privilegio? Por un lado, Juan eligió una vida de servicio, con un salario mínimo y sin propiedad privada. Por otro, tiene algo que la mayoría de los jóvenes de su edad solo sueñan: seguridad habitacional. Y no solo eso: el Obispado también cubre su jubilación, como él mismo aclaró. «De eso hay que quitar lo que me quitan de la jubilación y ya está. No voy mal», dijo, según Clarín.

El costo de la disponibilidad total

Pero el precio de esa seguridad es la disponibilidad absoluta. Juan no tiene horario, no tiene fines de semana libres garantizados, y su vida personal está supeditada a las necesidades de la parroquia. En la entrevista con La Pera de Jobs, bromeó diciendo que «no soy un santo» cuando le preguntaron si caminaba todos los días por Madrid Río. El humor revela una verdad: la vida del cura es una vida de renuncia, pero también de estabilidad. Y en un mundo donde la estabilidad es un lujo, esa renuncia se vuelve atractiva.

El debate, entonces, no es si Juan gana poco o mucho. Es si la Iglesia está ofreciendo una alternativa real a la precariedad juvenil, o si simplemente está perpetuando un modelo que, bajo el disfraz de la vocación, explota la mano de obra. Porque 1.200 euros al mes, sin gastos de vivienda, equivalen a unos 1.800 euros de salario bruto para un trabajador que sí paga alquiler. Y eso, en Madrid, es un sueldo más que digno.

Al final, la historia de Juan Orduña es un espejo incómodo. Nos obliga a preguntarnos: ¿qué estamos haciendo mal como sociedad, cuando la opción más racional para un joven es hacerse cura? No por fe, sino por economía. Y esa pregunta, más que ninguna otra, debería incomodar a los que diseñan las políticas de vivienda y empleo en España.


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