Guerra en Ucrania: vientres de alquiler como salida económica

Mujeres ucranianas recurren a la gestación subrogada para sobrevivir, mientras el negocio florece en medio de la devasta

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Lo que debes de saber

  • Karina Tarasenko, de 22 años, es madre de alquiler tras perder su hogar en Bajmut por la guerra.
  • Recibirá 17,000 dólares, el doble del salario medio en Ucrania, pero perdió parte del pago al morir uno de los gemelos que gestaba.
  • La BBC documenta cómo la invasión rusa ha disparado la inflación y el desempleo, forzando a mujeres a esta práctica.
  • Karina planea repetir el proceso tantas veces como su cuerpo aguante para comprar una vivienda.
  • El negocio de la subrogación en Ucrania opera con contratos que penalizan a las gestantes si algo sale mal.
Imagen de Acento Com Do
Tomado de: Acento Com Do

El cuerpo como último recurso

Karina Tarasenko tiene 22 años, está embarazada de seis meses y el bebé que crece en su vientre no es suyo. Es el hijo de una pareja en China, pagado por adelantado. La historia de Karina, reportada por BBC Mundo, no es un caso aislado: es el síntoma más crudo de una economía destrozada por la invasión rusa. Cuando su ciudad, Bajmut, quedó reducida a escombros en 2022, ella y su pareja huyeron a Kyiv. Allí, con una hija de año y medio y el dinero justo para pan y pañales, tomó una decisión que la avergonzaba: alquilar su útero.

«Al principio, me daba rabia la idea de convertirme en madre de alquiler, pero ahora simplemente lo he aceptado», confesó Karina a la BBC.

Esa aceptación no es resignación: es supervivencia. El contrato que firmó le garantiza 17,000 dólares, casi el doble del salario medio anual en Ucrania. Pero el negocio tiene sus trampas: cuando uno de los gemelos que gestaba murió, su pago se redujo a 17,000, tal como estipulaba el contrato. La vida y la muerte tienen precio, y en Ucrania, la guerra lo ha fijado.

El negocio de la desesperación

La historia de Karina, replicada en Acento y Menéame, revela una realidad incómoda: la gestación subrogada se ha convertido en una industria en auge en Ucrania, alimentada por la necesidad de miles de mujeres desplazadas y la demanda de parejas de países donde la práctica es ilegal o costosa. La invasión rusa no solo destruyó ciudades: pulverizó empleos, disparó la inflación y hundió el PIB. En ese escenario, alquilar el vientre no es una elección libre, sino la única opción que queda.

Karina lo sabe. Por eso, a pesar de sus dudas iniciales, ahora planea repetir el proceso. «Voy a tener tantos bebés como mi cuerpo aguante», dijo, según BBC News Mundo en Facebook. Su meta: ahorrar lo suficiente para comprar una vivienda. No es un capricho: es la lógica de una guerra que convierte el cuerpo en la última moneda de cambio.

Contratos que penalizan la vida

El caso de Karina expone las grietas de un sistema que se vende como «solidaridad reproductiva» pero que, en la práctica, opera con la frialdad de un contrato comercial. Cuando uno de los gemelos murió, su pago se redujo. No importó el duelo, el riesgo médico ni el esfuerzo: el negocio sigue su curso. La BBC documenta que recibirá la mayor parte del dinero después del parto, lo que la deja en una posición vulnerable durante el embarazo. Si algo sale mal, ella carga con las consecuencias.

Mientras tanto, en las redes sociales, la noticia se viraliza. En Menéame, el tema escala a popular con comentarios que oscilan entre la indignación y la resignación. «Es la guerra», dicen unos. «Es explotación», responden otros. Ambas posturas tienen razón: la guerra es el detonante, pero la explotación es el mecanismo.

¿Hasta dónde llega la necesidad?

La historia de Karina no es un caso aislado. Detrás de ella hay miles de mujeres ucranianas que han recurrido a la gestación subrogada como tabla de salvación. La BBC reporta que la invasión rusa ha llevado a millones a perder empleos y negocios. En ese contexto, el cuerpo se convierte en un recurso más. Pero la pregunta incómoda es: ¿quién regula esta industria? ¿Qué garantías tienen las gestantes cuando el contrato penaliza la muerte de un feto? ¿Qué pasa cuando el negocio crece al amparo de la guerra?

Karina lo tiene claro: «Ahora simplemente lo he aceptado». Esa aceptación es el triunfo más oscuro de la guerra: cuando la necesidad borra la rabia y la dignidad se negocia en dólares. Mientras Ucrania se reconstruye entre escombros, hay un negocio que florece sobre los cuerpos de sus mujeres. Y no, no es solidaridad: es supervivencia.


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