Fracking avanza en México pese a alertas de comunidades y expertos

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Lo que debes de saber

  • Comunidades tének y náhuatl en SLP ya dijeron NO al fracking, pero el proyecto sigue su curso.
  • Cada pozo puede consumir hasta 29 millones de litros de agua en una región con estrés hídrico.
  • El gobierno de Sheinbaum promete una decisión ‘científica’, pero expertos advierten que los riesgos ya están documentados.
  • La Alianza Mexicana contra el Fracking señala más de mil casos de contaminación de acuíferos en EE.UU. por esta técnica.
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Tomado de: Oem

El guion ya está escrito y las comunidades no son extras

La narrativa oficial es impecable: un gobierno que escucha a la ciencia, que consulta a las comunidades y que toma decisiones con base en diagnósticos técnicos. El Economista reporta que la presidenta Claudia Sheinbaum enfatizó que la decisión sobre el fracking «la vamos a tomar en términos del conocimiento científico». Suena bien, ¿no? El problema es que, mientras en Palacio Nacional se habla de análisis y grupos de alto nivel, en la Huasteca Potosina la realidad avanza a otro ritmo. Las comunidades indígenas tének y náhuatl, según documenta Oem, ya han determinado «no otorgar su consentimiento» a ningún plan de explotación de hidrocarburos en su territorio. No es una sugerencia, es un rechazo frontal. La pregunta incómoda es: ¿para qué sirve una consulta si el veredicto de la gente que vive ahí ya se conoce? Parece el clásico trámite de «vamos a platicar» cuando en realidad lo que buscan es que firmes donde ya está decidido. La tensión está servida: de un lado, la promesa de un proceso pulcro; del otro, la evidencia de que los impactos ambientales y sociales ya están ocurriendo, con campesinos que, como reportan las fuentes, ven morir sus naranjos y limoneros.

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Tomado de: Eleconomista

Los números que no salen en la conferencia mañanera

Cuando el debate se reduce a eslóganes como «energía limpia» versus «progreso», se pierden de vista los datos duros, esos que duelen. El Chamuco, citando a la Alianza Mexicana contra el Fracking, pone sobre la mesa cifras que deberían paralizar a cualquier gobierno: cada pozo de fractura hidráulica requiere entre 9 y 29 millones de litros de agua. Imagínate llenar albercas olímpicas con el líquido que se va a inyectar en las entrañas de la tierra, en estados como Coahuila, Nuevo León o la misma San Luis Potosí, donde el agua ya es un recurso en disputa. Pero el derroche es solo el principio. La misma organización alerta sobre más de mil casos documentados de contaminación de acuíferos en Estados Unidos vinculados a esta técnica, por los químicos tóxicos como benceno y metanol que se usan en el proceso. No es teoría, es evidencia acumulada en el vecino del norte. Y luego está el tema de los sismos inducidos, otro «efecto colateral» que suena a película de catástrofe pero que es real: la inyección de aguas residuales en el subsuelo ha aumentado la actividad sísmica en regiones sin historial previo. El gobierno promete criterios científicos, pero la ciencia independiente, la que no está contratada por el proyecto, ya está gritando las advertencias.

«Uno de los puntos centrales del pronunciamiento es el impacto que tendría la técnica sobre el agua, un recurso fundamental para la vida y la economía de la región», reporta Oem sobre la postura de las comunidades.

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Tomado de: Elchamuco

El cuento de nunca acabar: consultas a modo y negocios blindados

Hay una frase de la presidenta Sheinbaum, recogida por El Economista, que revela mucho: «No vamos a hacer nada contra la población», aseguró, al recordar experiencias pasadas donde proyectos energéticos generaron conflictos por falta de participación. Es el reconocimiento tácito de un modus operandi histórico: imponer, dividir, avanzar. El problema es que, al plantear el proceso actual como lo opuesto a eso, se genera una expectativa de legitimidad que choca con los hechos en el terreno. Milenio da cuenta de la exigencia constante de las comunidades por frenar estos proyectos, una lucha que viene de años y que parece toparse una y otra vez con la misma pared. La «consulta» se convierte entonces en el artefacto discursivo perfecto: da la apariencia de diálogo mientras se mantiene intacta la lógica extractiva. Lo verdaderamente escalofriante, como señalan los especialistas, es que México ya tiene un antecedente siniestro: hasta 2019, no solo había incursionado en pozos no convencionales, sino que contaba con 8,500 pozos convencionales también explotados con fracking. La técnica no es una novedad futurista; es un negocio con raíces profundas y con un historial de daños que ahora se quiere maquillar con protocolos. La resistencia indígena no es un capricho, es la defensa de un tejido social, cultural y económico que depende de un territorio sano, no de un subsuelo reventado a cambio de regalías que nunca llegan o que se esfuman en la corrupción local.

¿Quién paga los platos rotos de la transición energética?

Al final, el debate del fracking en México es un espejo de una contradicción global: la búsqueda desesperada de combustibles fósiles para mantener el modelo económico, disfrazada a veces de «puente» hacia las energías limpias. Pero ese puente tiene un peaje muy claro, y no lo pagan los que toman las decisiones en la Ciudad de México. Lo pagan las comunidades de la Huasteca, cuyo agua se contamina, cuya salud se ve amenazada por químicos cancerígenos, y cuya economía basada en la agricultura y el turismo puede quedar hecha añicos. Lo paga el clima, con las fugas masivas de metano, un gas de efecto invernadero mucho más potente que el CO2 a corto plazo. La promesa de un análisis técnico imparcial se estrella contra la realidad de que Pemex, una empresa estatal en crisis crónica, necesita desesperadamente nuevos yacimientos, y los no convencionales son la carta bajo la mesa. Las organizaciones ya han alertado: esto no es solo un riesgo ambiental, es una amenaza a la democracia comunitaria. Cuando los pueblos dicen NO y el Estado insiste en preguntarles una y otra vez hasta que la respuesta «cuadre», lo que está en juego es el derecho fundamental a decidir sobre su propio futuro. El fracking puede ser, en los papeles, una discusión sobre energía y geología. En los hechos, es un test de fuego para ver si el gobierno realmente gobierna para la gente o para los intereses que siempre han mandado, aunque ahora vistan de verde.


Fuentes consultadas:

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  • Entre Líneas

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