TL;DR
- Zelenski rompe el protocolo diplomático al visitar Varsovia primero, cuando lo normal es que los políticos recién electos visiten a otros líderes
- Polonia exige ser tratada como «socio, no socio menor» y pide prohibición de símbolos nacionalistas ucranianos
- La Masacre de Volinia, con hasta 100,000 polacos asesinados, sigue siendo una herida abierta que contamina la relación
- El apoyo polaco a Ucrania bajó del 94% al 51% que considera excesivos los privilegios a refugiados
- Nawrocki, el nuevo presidente polaco, ya visitó a Trump pero evitó a Zelenski hasta ahora
Cuando el protocolo se va al carajo
Volodimir Zelenski está haciendo lo que ningún presidente ucraniano haría en tiempos normales: viajar a Varsovia para encontrarse con un colega recién electo. Y aquí está el detalle que pica: según DW, lo normal en la diplomacia es que los políticos nuevos visiten primero a sus colegas en el extranjero. Pero Zelenski está volteando la tortilla. ¿Por qué? Porque Polonia se ha convertido en el aliado más necesario y más problemático al mismo tiempo.
El socio que no se siente socio
Karol Nawrocki, el presidente polaco que asumió en agosto de 2025, lo dice sin tapujos: «Es en nuestro interés estratégico apoyar al país que lucha contra el enemigo existencial de Polonia, Rusia». Suena bien, ¿no? Pero luego viene el pero: «Al mismo tiempo, debemos lograr que Ucrania nos trate como un socio. A menudo no nos sentimos como tal en estas relaciones». Traducción: estamos ayudando, pero nos tratan como el primo pobre que llega con las tortillas.
Nawrocki, doctor en Historia y exdirector del Instituto de la Memoria Nacional de Polonia, no está jugando. Ya visitó Berlín, París y hasta se reunió con su «ídolo» Donald Trump en la Casa Blanca. Solo Ucrania faltaba en su agenda, pese a la invitación de Kiev. O sea, el tipo prefirió ir a tomarse la foto con Trump antes que con el presidente del país que está luchando contra su «enemigo existencial». Algo no cuadra aquí.
La herida que no cierra: 100,000 fantasmas
Para entender esta relación tóxica hay que irse a 1943. La Masacre de Volinia, que Polonia clasifica como genocidio, sigue siendo la sombra que contamina todo. Entre 60,000 y 100,000 ciudadanos polacos fueron asesinados por ucranianos en lo que entonces era territorio polaco ocupado por Alemania. Según el Instituto de la Memoria Nacional, el número de víctimas fue aún mayor: 100,000.
Varsovia lleva años exigiendo la exhumación de los muertos y su entierro digno. La búsqueda comenzó este año, pero Nawrocki lo considera «no un punto de inflexión, sino una maniobra» del primer ministro liberal polaco, Donald Tusk. Según el presidente polaco, aún quedan 1,500 lugares donde descansan los restos de mujeres y niños polacos asesinados.
Y aquí viene el choque frontal: para Kiev, la Organización de Nacionalistas Ucranianos y el Ejército Insurgente Ucraniano (responsables de la masacre según Polonia) representan la resistencia de los ucranianos contra la sovietización de su país. Nawrocki exige la prohibición de sus símbolos «de forma similar a los símbolos nazis». Imagínate la conversación: «Oye, Zelenski, esos tipos que para ti son héroes nacionales, para nosotros son como los nazis».
El apoyo que se desinfla
Cuando Rusia atacó Ucrania, Polonia fue el hermano mayor que abrió las puertas. Envió armamento y acogió temporalmente a más de dos millones de refugiados ucranianos, de los cuales cerca de un millón permanecen en el país. En los primeros meses, el 94% de los polacos apoyó la aceptación de los ucranianos. Un número impresionante.
Pero la cosa se está poniendo fea. Según el instituto de investigación polaco Mieroszewski-Centrum, a finales de 2024, el 51% de los encuestados consideraba que las prestaciones para los refugiados en el país eran excesivas, mientras que solo el 5% las consideraba insuficientes. O sea, la mitad de Polonia ya está hasta la madre de tanto privilegio.
La jugada de Zelenski: apagar incendios mientras arde la casa
Zelenski tiene que pelear en dos frentes: contra Rusia en el campo de batalla y contra la desconfianza polaca en la mesa diplomática. Su viaje a Varsovia no es un paseo turístico: es una operación de emergencia para evitar que su principal aliado logístico se le enfríe.
El viernes 19 de diciembre se concreta el esperado encuentro. Zelenski sabe que necesita a Polonia más que nunca, especialmente con un presidente que admira a Trump y que ya demostró que puede postergar la visita a Kiev para ir primero a Washington.
La pregunta incómoda: ¿hasta dónde está dispuesto a ceder Zelenski? ¿Reconocerá la Masacre de Volinia como genocidio? ¿Aceptará prohibir símbolos que para muchos ucranianos son parte de su identidad nacional? Porque Nawrocki no está pidiendo migajas: quiere «colaboración genuina» y que Polonia deje de ser tratada como «socio menor».
Mientras tanto, Rusia observa desde la distancia. Para Putin, esta tensión entre Polonia y Ucrania debe ser música para sus oídos. Divide y vencerás, dice el manual clásico. Y aquí tenemos a dos aliados discutiendo sobre símbolos históricos mientras el ejército ruso sigue avanzando.
Zelenski está jugando al ajedrez en tres tableros simultáneos: el militar, el diplomático y el histórico. Y en Varsovia no solo se juega el futuro de la relación polaco-ucraniana, sino quizás la viabilidad misma de la resistencia ucraniana. Porque sin Polonia como puente logístico, la cosa se pone más negra que la historia que los separa.


