TL;DR
- Pablo Rasgado documentó durante años cómo la ocupación israelí deja marcas físicas en el paisaje palestino
- El proyecto que iba a ser exposición terminó en libro porque la escalada de violencia impidió regresar
- La arquitectura no es solo concreto: contiene historias, dolores y resistencias que los discursos oficiales borran
- En México también tenemos geografías violentadas que normalizamos como si fueran paisaje turístico
El paisaje que duele
Imagina un ocaso en Ramallah que no es romántico sino producto de un apagón total. O un muro en Nablus que no divide propiedades sino vidas. O una playa en Cesarea Marítima que no es para turistas sino zona militarizada. Eso es lo que documentó Pablo Rasgado, artista jalisciense, en su libro «Horizonte. Una expedición desde Jenin hasta el Negev». Según El País, Rasgado pasó años caminando por territorio palestino, registrando cómo el conflicto no solo mata gente sino que mutila el paisaje. Y lo más cabrón: su proyecto original era una exposición para 2024, pero la escalada de violencia hizo imposible siquiera regresar. El arte se convirtió en testimonio de emergencia.
Cuando la arquitectura grita
Rasgado no es un turista con cámara. Es un artista que entiende la arquitectura como «un objeto que contiene tanto personas pero también historias». En sus propias palabras, recogidas por El País, el proyecto empezó como análisis tipológico de estructuras palestinas y terminó siendo un estudio tafonómico del paisaje. ¿Tafonómico? Sí, esa ciencia que estudia cómo se fosilizan los restos. Porque en Palestina, el paisaje no es estático: se desvanece, se transforma o desaparece completamente en poco tiempo. Los muros no son solo concreto y alambre: son cicatrices que cuentan historias de despojo.
El miedo del occidental que no quiere serlo
Aquí hay un detalle que muchos pasan por alto: Rasgado tenía miedo de convertirse en «un experto superficial de mirada occidental». Esa autocrítica es rara en un mundo donde todos opinan de todo sin pisar el terreno. El artista reconoce que «es sencillo pensar que uno conoce un lugar tras una visita o un par de ellas, pero un lugar tan complejo como este requiere de mucho más que meterse en el sitio». Vivió enfrentamientos armados a media cuadra de distancia en Nablus, sintió la tensión constante, la imposibilidad de planear. No era un safari fotográfico: era documentar la vida en un territorio donde la muerte es vecina.
Y México, ¿qué?
El título del artículo en El País no es casual: «De Palestina a México». Porque aquí también tenemos geografías violentadas que normalizamos. ¿Cuántas fosas clandestinas hay en terrenos que antes eran de cultivo? ¿Cuántos pueblos fantasmas dejó la violencia del narco? ¿Cuántas casas abandonadas con las puertas abiertas como bocas que gritan? Nosotros no tenemos checkpoints israelíes, pero tenemos retenes de grupos criminales. No tenemos muros de separación de 8 metros, pero tenemos comunidades divididas por fronteras invisibles de miedo.
Lo que el paisaje calla (y debería gritar)
Lo más revelador del trabajo de Rasgado es su conclusión: los muros solo adquieren relevancia cuando se estudian más allá de su composición material. Cuando se analizan su historia, contexto e implicación social. En México, ¿cuántos muros hemos normalizado? Las bardas altísimas de las casas de ricos, las rejas en escuelas, los condominios cerrados. Todos cuentan una historia de miedo y desigualdad que preferimos ignorar. Mientras, en Palestina, el artista documentaba cómo el paisaje era «constantemente desvanecido, transformado o completamente erradicado». Aquí, ¿cuántos paisajes hemos perdido sin darnos cuenta?
El arte cuando la política falla
Rasgado iba a hacer una exposición. Terminó haciendo un libro porque la violencia escaló tanto que no pudo regresar. Esa es la realidad cruda: cuando los políticos fallan, cuando los discursos se vacían, cuando las soluciones son más balas, queda el arte para testimoniar. Pero ni siquiera el arte es inmune: tuvo que adaptarse, cambiar de formato, sobrevivir. Como los palestinos que documenta. Como los mexicanos en territorios violentados. La geografía no miente: guarda las marcas de lo que nos hicimos los unos a los otros. Y mientras sigamos viendo paisajes en lugar de heridas, seguiremos siendo parte del problema.


