TL;DR
- El Espanyol salió con hambre según Manolo, pero se desmoronó tras el primer gol
- Villarreal aprovechó cada error blanquiazul con una eficacia brutal
- El equipo de Marcelino se coloca tercero empatado con el Atlético
- La crisis del Espanyol se agrava: sin victorias en enero y ahora esta paliza
La promesa del hambre que se quedó en buenas intenciones
Manolo, el técnico del Espanyol, lo tenía claro antes del partido: su equipo necesitaba recuperar el hambre. Según El País, el entrenador demandó «recuperar varias señas de identidad. Sobre todo, el hambre». Y durante los primeros minutos, parecía que el mensaje había calado. El Espanyol salió con intensidad, gestionando bien los tiempos y explotando las transiciones. Incluso llegaron a anotar, aunque el gol de El Hilali fue anulado por una falta previa. El problema es que en el fútbol moderno, el hambre sin cerebro y sin solidez defensiva es como querer ganar un maratón con tenis de charol: bonitos, pero inútiles.
El minuto 34: Cuando la realidad golpea
Todo se desmoronó en el minuto 34. Cardona centró desde la izquierda, Buchanan bajó de cabeza y Mikautadze, de volea, mandó el balón al fondo de la red. Según la crónica de El País, tras ese gol «el Espanyol perdió toda la solidez». No mames, ¿toda? ¿Una solidez que se evapora con un solo gol? Esto no es hambre, esto es anorexia competitiva. Un equipo que se viene abajo ante la primera adversidad seria tiene problemas más profundos que tácticos.
La cascada de errores: Autogol y regalos
Si el primer gol fue un golpe, lo que vino después fue la paliza completa. En el minuto 40, Moleiro recuperó el balón, se metió en el área y centró al segundo palo. José Salinas, en un acto de generosidad que ningún entrenador quiere ver, desvió el balón a su propia portería. Manolo negaba con la cabeza en el banquillo, y con razón. Pero lo peor estaba por venir. En el minuto 49, nadie tapó a Pépé, que recibió con toda la tranquilidad del mundo y cruzó para el 3-0. Y como para rematar la faena, Moleiro culminó una contra para el cuarto en el minuto 54. Cuatro goles en 20 minutos. Eso no es perder la solidez, eso es un colapso sistémico.
Las cifras que duelen más que la goleada
Más allá del 4-1 final (con un gol de honor de Cabrera en el 87 que sirve de poco consuelo), hay números que explican por qué el Espanyol está en crisis. El equipo llegaba marcado por un enero negro -sin victorias y con solo un punto de 15 posibles-. Y tras esta paliza, se quedan con 34 puntos en 23 partidos, lejos de la zona de Champions y viendo cómo el Villarreal los rebasa para colocarse terceros empatados con el Atlético con 45 puntos. El problema no es solo este partido: es la inercia negativa que arrastran desde hace semanas.
El Villarreal: Eficacia cuando más lo necesitaban
Del otro lado, el Villarreal demostró por qué es candidato a estar en lo más alto. Llegaban sin ganar en sus últimos cinco partidos y sin Gerard Moreno, que se resintió durante el calentamiento. Pero en lugar de lamentarse, Marcelino armó un equipo que aprovechó cada error rival con una frialdad de cirujano. Mikautadze, Pépé, Moleiro… diferentes jugadores, mismo resultado: gol. La eficacia del submarino amarillo fue brutal: cuatro ocasiones claras, cuatro goles. Cuando un equipo tiene esa puntería, no hay hambre que valga.
La pregunta incómoda: ¿Hasta cuándo?
El Espanyol hizo el gol del honor, pero eso es como ponerle una curita a una hemorragia interna. La pregunta que queda flotando es: ¿esto es un mal momento o el síntoma de algo más grave? Un equipo que se desmorona ante la primera dificultad, que comete errores infantiles en defensa y que no sabe reaccionar cuando las cosas se ponen feas tiene problemas de carácter, no solo de táctica. Manolo pidió hambre, pero lo que mostró su equipo fue más bien inanición competitiva. Y en la Liga, el hambre se demuestra con resultados, no con declaraciones previas al partido.


