TL;DR
- El Valencia sale de puestos de descenso con un triunfo que vale oro psicológico
- El partido fue «un despropósito» según El País, con más rencillas que fútbol
- Pepelu, el tránsfuga, recibió el odio de todo el estadio granota
- Ramazani y Sadiq salvan a un equipo que jugó «desesperadamente lento»
- El Levante se queda en zona de descenso y Castro se queja del árbitro
Un respiro que huele a desesperación
El Valencia ganó 0-2 en el Ciutat de Valencia y subió cuatro puestos en la tabla. Suena bien, ¿verdad? Hasta que lees que El País describe la primera parte como «un despropósito» y habla de «dos equipos con pánico y urgencias, con el revólver del descenso apretando contra la sien». No estamos ante una victoria épica, sino ante un alivio urgente de un equipo que inició el partido en puestos de descenso. El triunfo vale más por lo que evita que por lo que celebra.
El fútbol que se perdió en las rencillas
Lo más interesante del partido no fue lo que pasó con el balón, sino lo que pasó sin él. El derbi se convirtió en «una cita con más literatura que fútbol», según el medio español. El protagonista involuntario fue Pepelu, el ex-Levante que ahora viste de blanquinegro y al que el estadio entero le cantaba «Pepelu es una rata». Cada toque suyo era silbado, cada movimiento vigilado. Mientras tanto, en el césped, el Valencia jugaba «desesperadamente lento y sin intención», dependiendo casi exclusivamente de Lucas Beltrán por la derecha. Un equipo tan asustado que ni siquiera se atrevía a crear ocasiones.
La salvación llegó cuando menos se esperaba
En el minuto 63, cuando el tedio amenazaba con ganar el partido, Largie Ramazani apareció con un golazo que El País califica como «una flor en mitad del desierto». Veinte minutos después, Umar Sadiq, que había entrado en el 57, sentenciaba el partido. Dos momentos de calidad en 90 minutos de mediocridad. Dos jugadores que salvaron a un equipo que, según el análisis del medio, «tiene tanto miedo a perder que le cuesta entregarse a la creación de ocasiones». La paradoja: para no perder, hay que arriesgarse a ganar.
El Levante: dominio sin rumbo
Mientras el Valencia al menos tuvo dos destellos, el Levante ofreció lo peor: posesión sin propósito. El equipo de Luís Castro «dominaba el balón pero sucumbía en los metros donde los equipos se hacen grandes o chicos», esos territorios donde «brillan las estrellas o donde los conjuntos se vuelven ramplones». Carlos Álvarez, supuesta referencia ofensiva, estuvo desaparecido. El Levante salió «algo más atrevido» pero luego «no supiera muy bien qué hacer con él». Y al final, Castro se fue «muy disgustado con las decisiones del árbitro». Clásico: cuando no sabes qué hacer con el balón, culpas al silbante.
Lo que no se ve en la tabla
El Valencia sube a la mitad de la tabla, el Levante se queda en descenso. Los números son fríos. Lo caliente es el contexto: un Valencia que «inclinó sus ataques hacia la derecha» porque Beltrán «lubrica la ofensiva blanquinegra», pero que sufre porque el argentino «le falta el gol, el pasaporte de los delanteros hacia los grandes». Un equipo que encontró en Ramazani a alguien «muy lejos de las capacidades de Beltrán». Y un Levante que no supo activar a sus referentes. La victoria vale, sí, pero deja más preguntas que respuestas: ¿un equipo que juega con tanto miedo puede mantenerse en primera? ¿O esta fue solo una tregua en medio del pánico?
El verdadero derbi es contra el miedo
Al final, lo que se jugó en el Ciutat de Valencia no fue un clásico valenciano, sino una batalla contra el fantasma del descenso. Dos equipos paralizados por el terror a caer, incapaces de mostrar el fútbol que supuestamente los llevó a primera división. El Valencia respiró, pero sigue oliendo a desesperación. El Levante se ahoga, pero sigue sin encontrar aire. Y mientras, los aficionados se quedan con un partido que, como bien señala El País, tuvo «más previa que crónica». Porque cuando el miedo manda, el espectáculo se esconde.


