TL;DR
- La estatua original fue destruida en 2020 durante protestas de Black Lives Matter y ahora empresarios la restauraron
- Trump la llama «héroe americano original» mientras Biden había cambiado el festivo por Día de los Pueblos Indígenas
- El cálculo político es claro: busca votos italoamericanos para las elecciones de medio mandato de 2026
- Es parte de su guerra cultural contra lo que llama «ideología corrosiva» de reconocer abusos históricos
Cuando la historia se convierte en arma electoral
Donald Trump quiere ponerle una estatua a Cristóbal Colón en el jardín de la Casa Blanca, pero esto no es un simple capricho arquitectónico. Según Elpais, la efigie sería una reconstrucción de la que Ronald Reagan donó a Baltimore en los ochenta y que terminó en el fondo del puerto durante las protestas de Black Lives Matter en 2020. Un grupo de empresarios y políticos ítalo-estadounidenses rescataron los pedazos, los restauraron con fondos federales y ahora Trump quiere darles casa en la residencia presidencial.
El «héroe americano original» que divide aguas
«En esta Casa Blanca, Cristóbal Colón es un héroe», declaró el portavoz Davis Ingle. Pero aquí está el detalle: mientras Trump firma proclamas llamándolo «héroe americano original», Joe Biden había sido el primer presidente en observar el Día de los Pueblos Indígenas en 2021. El mismo festivo que Trump ahora quiere revertir al Día de Colón. No es coincidencia que esto pase justo cuando el republicano necesita votos para las elecciones de medio mandato de noviembre de 2026. «Los italianos van a estar muy contentos con esto. Recuerden cuando vayan a las urnas que yo recuperé el día de Colón», soltó Trump después de firmar la proclamación.
La guerra cultural como estrategia de poder
Elpais documenta que esto es parte de una campaña más amplia: Trump quiere que las instituciones federales adopten «su versión de la historia» y dejen atrás lo que llama «ideología corrosiva» – básicamente, el reconocimiento público de abusos históricos contra minorías. Desde el expolio de tribus indígenas hasta el tráfico de esclavos, todo queda bajo la lupa de su revisionismo histórico. La estatua de Colón no es solo un monumento, es un símbolo en esta batalla por reescribir el pasado desde el poder.
Los números que hablan más que las estatuas
Mientras Trump planea gastar en estatuas y remodelaciones (su sala de baile pasó de 200 a 400 millones de dólares según Elpais), la pregunta incómoda queda flotando: ¿qué tanto importa realmente Colón para los estadounidenses comunes? El cálculo político es transparente: según el censo, hay alrededor de 17 millones de italoamericanos en EE.UU., concentrados en estados clave como Nueva York, Nueva Jersey y Pensilvania. Trump no está honrando a un explorador, está haciendo campaña con bronce y mármol.
Cuando el pasado se usa para ganar el futuro
Lo más irónico de todo este circo monumental es que Colón ni siquiera pisó lo que hoy es Estados Unidos continental. Llegó a Santo Domingo, no a Virginia. Pero los detalles históricos importan poco cuando lo que está en juego son votos. La estatua que Trump quiere levantar representa algo más profundo: la capacidad del poder para moldear la memoria colectiva a su conveniencia. Cada cuatro años, con cada elección, la historia se reescribe, los héroes cambian de bando y los monumentos se convierten en piezas de ajedrez político.
¿Y los que no caben en la estatua?
Mientras Trump adorna el Despacho Oval con oro y planea su sala de baile de 400 millones, la pregunta que nadie en la Casa Blanca quiere responder es simple: ¿qué pasa con las voces que no caben en esta versión edulcorada de la historia? Las comunidades indígenas que llevan décadas pidiendo que se reconozca el genocidio, los afroamericanos que ven en Colón el inicio de la trata transatlántica de esclavos, los historiadores que señalan que el «descubrimiento» fue en realidad una invasión. Esas voces no tienen estatuas en los jardines presidenciales, pero tienen algo más valioso: la verdad incómoda que ningún monumento puede silenciar.


