TL;DR
- Presume exámenes cognitivos perfectos al 100% pero toma 4 veces la dosis diaria recomendada de aspirina
- Tiene insuficiencia venosa crónica, dieta de carnes rojas y sal, y duerme poco
- Se le ve cabecear en actos públicos y necesita que le repitan preguntas en voz alta
- Montó en cólera cuando The New York Times documentó sus señales de envejecimiento
El examen perfecto y la aspirina peligrosa
Donald Trump tiene 79 años y es el presidente más viejo al jurar el cargo en la historia de Estados Unidos. Pero según él, está como un toro. Este viernes presumió en Truth Social que sus médicos de la Casa Blanca le dieron un «sobresaliente» en su examen cognitivo, acertando el 100% de las preguntas por tercera vez seguida. El detalle que no menciona en su alarde: según El País, consume una dosis diaria de aspirina cuatro veces superior a la que le recomiendan sus médicos. Ahí está el meollo: el hombre que exige que todos los candidatos presidenciales pasen exámenes cognitivos «sólidos y significativos» parece ignorar las recomendaciones médicas básicas sobre su propia medicación.
La narrativa vs la realidad
Trump se compara insistentemente con Joe Biden, a quien apoda «Joe, el adormilado». Dice que su predecesor gobernaba con la cabeza perdida y que otros firmaban por él. Pero las imágenes de sus propios actos públicos muestran a Trump cabeceando más de una vez y de dos. Su mano derecha suele ocultar un gran moratón bajo una espesa capa de maquillaje. Y aquí viene lo bueno: el presidente padece insuficiencia venosa crónica, una dolencia habitual en personas de edad avanzada, y la hinchazón en sus piernas fue evidente el pasado verano. Toma medicación para controlar el colesterol, pero su dieta abunda en carnes rojas y sal. No hace ejercicio, aparte de jugar al golf. Duerme poco. Y a veces necesita que le repitan en voz más alta preguntas o comentarios.
La rabia contra la evidencia
El mes pasado, Trump montó en cólera cuando The New York Times publicó un perfil que contradecía su narrativa de salud perfecta. El diario documentó que durante los últimos 12 meses ha mostrado señales de envejecimiento, reducido su presencia en actividades públicas y se le ve adormilarse en actos en la Casa Blanca. Para un tipo que presume de sus «excelentes genes» y condiciones excepcionales, cualquier evidencia contraria es una afrenta personal. En octubre se sometió a un nuevo examen médico, el segundo desde su toma de posesión -lo habitual es uno al año-, y mencionó que se le había realizado una resonancia magnética para examinar órganos blandos. ¿Precaución rutinaria o hay algo más?
El doble estándar del examen cognitivo
Trump no solo exige que todos los candidatos pasen exámenes cognitivos, sino que asegura que «nuestro gran País no puede estar gestionado por GENTE ESTÚPIDA o INCOMPETENTE». La ironía es gruesa: el mismo hombre que se autoprescribe dosis peligrosas de aspirina quiere ser el juez de la competencia ajena. Su equipo defiende que mantiene un alto nivel de actividad diaria y que comparece varias veces por semana ante la prensa, un ritmo más intenso que sus predecesores. Pero la actividad no es sinónimo de lucidez, ni la frecuencia de conferencias garantiza buen juicio médico.
La pregunta incómoda
Aquí está lo que realmente debería preocuparnos: si un presidente ignora las recomendaciones médicas sobre algo tan básico como la dosis de aspirina, ¿qué otras decisiones médicas -o de cualquier tipo- está tomando contra el consejo experto? Trump busca eliminar «cualquier sombra de duda» sobre su fortaleza física, pero según El País, las explicaciones que da abren otras dudas. Los hematomas persistentes en sus manos, la necesidad de maquillaje espeso, los cabeceos públicos… todo eso forma parte de un cuadro que su narrativa de «salud perfecta» no logra ocultar por completo. A punto de cumplir 80 años en junio, el presidente más viejo de Estados Unidos enfrenta una paradoja: mientras más insiste en su vitalidad, más evidentes se vuelven las señales de que el tiempo no perdona ni siquiera a quienes creen tener «genes excelentes».


