TL;DR
- Marco Lavagna renunció como director del Indec por diferencias con Milei sobre la actualización del IPC
- El gobierno bloqueó el nuevo índice que reflejaría mejor el consumo actual de los argentinos
- La sospecha: el nuevo IPC mostraría una inflación más alta que la oficial, poniendo en riesgo la meta del 10.1% para 2026
- Milei repite la manipulación estadística del kirchnerismo, pero con diferente excusa
Cuando los números no cuadran, mejor cambiar al que los cuenta
La renuncia de Marco Lavagna como director del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec) no fue una salida discreta. Fue un portazo estadístico que dejó al descubierto lo que muchos sospechaban: al gobierno de Javier Milei le conviene más un índice de precios desactualizado que uno que refleje lo que realmente gastan los argentinos. Elpais documenta que Lavagna se fue justo cuando iba a presentarse el primer IPC con canasta actualizada, después de meses de trabajo. El ministro de Economía, Luis Caputo, lo admitió sin rubor: «No hay necesidad de cambiar ahora el índice. Da igual, da prácticamente lo mismo». Claro, cuando los números te favorecen, para qué cambiarlos.
La canasta de la discordia: 2004 vs 2018
Aquí está el meollo del asunto. El IPC que usamos hoy se basa en una canasta de consumo de 2004. Sí, 2004. Cuando todavía no existían los smartphones como los conocemos, cuando Netflix era solo un servicio de DVD por correo y cuando la palabra «inflación» en Argentina tenía otro significado. El nuevo índice incorporaría la Encuesta nacional de gastos de los hogares 2017-2018. Parece obvio: medir con datos de hace 20 años es como diagnosticar una enfermedad con un termómetro de mercurio roto.
Pero hay un detalle que explica la urgencia del gobierno por frenar esta actualización. En los últimos dos años, los servicios como luz, gas, agua y transporte -que durante el kirchnerismo estaban hipersubvencionados- han tenido incrementos muy por encima de bienes como alimentos, ropa y calzado. Elpais señala que si se hubiera actualizado antes el IPC, la cifra sería más alta. Por eso los argentinos sienten que la inflación real es mayor a la oficial. No es percepción, es matemática.
La meta imposible del 10.1%
Milei llegó al poder prometiendo acabar con la inflación, y en cierto modo lo logró: pasó del 211% en 2023 al 31.5% en 2025. Pero aquí viene el problema. La ley de Presupuesto para 2026 contempla una inflación del 10.1%. El mercado, menos optimista, prevé que los precios crecerán por encima del 20%. ¿Adivinen qué pasaría si se actualiza el IPC? Exacto: el nuevo índice probablemente mostraría una cifra más cercana a la realidad del mercado que a la fantasía presupuestal.
El gobierno tiene miedo de que el nuevo IPC deje en evidencia las dificultades para cumplir la meta. Por eso prefiere seguir midiendo con la lupa de 2004. Es como si un equipo de fútbol cambiara las reglas del juego a mitad del partido porque van perdiendo. Solo que aquí el partido es la economía de un país y los jugadores somos todos.
De kirchneristas a libertarios: la manipulación es bipartidista
Lo más irónico de esta historia es que Milei, que llegó al poder criticando la manipulación kirchnerista de las estadísticas, ahora hace exactamente lo mismo pero con diferente excusa. Entre 2007 y 2015, el kirchnerismo generó un «apagón estadístico» donde desaparecieron datos creíbles de inflación y pobreza. Hoy, el gobierno libertario no elimina los datos, pero los congela en el tiempo.
Elpais recuerda que las diferencias entre Lavagna y el gobierno comenzaron hace meses, especialmente con la medición de la balanza turística. El secretario de Turismo, Daniel Scioli, fue de los más críticos contra el Indec. Parece que cuando los números no te favorecen, el mensajero siempre tiene la culpa.
¿Y ahora qué?
Caputo anunció que no habrá cambios en la medición del IPC hasta que «el proceso de deflación esté consolidado». Traducción: hasta que los números nos den la razón. Mientras tanto, seguiremos comparando precios de 2026 con hábitos de consumo de 2004. Es como si para medir el tráfico de una ciudad usáramos mapas de cuando todavía no existían los Uber.
La renuncia de Lavagna no es solo la salida de un técnico. Es la confirmación de que en Argentina, la estadística sigue siendo un arma política. Da igual si eres kirchnerista o libertario: cuando la realidad no te conviene, mejor distorsionarla. Lo triste es que esta vez ni siquiera se molestan en inventar números nuevos, simplemente usan los viejos y esperan que nadie se dé cuenta.
La pregunta incómoda que queda flotando: si el gobierno realmente está ganando la batalla contra la inflación, ¿por qué le tiene tanto miedo a un índice actualizado? Quizás porque en el fondo saben que lo que están vendiendo como «éxito económico» se desmorona cuando se mide con instrumentos que no están calibrados a su conveniencia. Al final, la única estadística que no miente es la que siente la gente cada vez que va al supermercado.


