TL;DR
- El Madrid ganó en Mestalla sin ningún brasileño en la alineación
- Álvaro Carreras marcó el primer gol con un gesto de fe que define la temporada
- Mbappé sigue siendo el editor que corrige borradores ajenos con sus goles
- El equipo se aburre de sí mismo pero no por soberbia sino por impotencia
- Mestalla conserva memoria aunque su bronca parece pendiente de aprobación
El Madrid sin brasileños: cuando la ausencia no significa nada
Salió el Madrid a Mestalla sin brasileños. Dos lesionados, uno sancionado y otro al que mandaron a Francia como a Machado, esperemos que con más suerte. Pero aquí está lo curioso: según Elpais, eso no quiere decir nada. Podía haber salido el Madrid a Mestalla también sin franceses que el partido se hubiera parecido igual. El equipo ha llegado a ese punto donde las ausencias ya no explican nada, donde las excusas se agotaron y lo que queda es pura esencia, por más enigmática que sea.
Carreras y la hipoteca del destino
Álvaro Carreras marcó el primer gol. Pero no fue un gol cualquiera. En lugar de mirar para atrás con el balón, se fue Carreras hacia delante sin nada que perder, sólo con un puñadito de fe. A veces en la vida no hace falta más. Te cansas de la seguridad y eliges el riesgo. Lo que hizo Carreras es lo que hace cualquiera cuando entra en el banco a pedir una hipoteca: que sea lo que Dios quiera. Y así va ganando el Madrid esta temporada: entre enormes oscuridades sin un andamio claro, con pequeñas penumbras de frágil equilibrio.
Mestalla: el eco administrativo de la bronca
Antes ibas a Mestalla y uno sentía que el ruido le hacía temblar las piernas; ahora a menudo parece un eco administrativo, como si también la bronca estuviera pendiente de aprobación en el Consejo. El estadio conserva memoria: si el partido se calienta, recuerda quién fue. A los estadios, como a las personas, se les permite estar dormidos pero no domesticados: Mestalla lo hizo saber al final. Y ahí está la paradoja: el Madrid anda cabizbajo esta temporada, pero hay algo que nunca pierde: las ganas que le tienen todos.
El aburrimiento de la impotencia
El Madrid se aburre de sí mismo pero no por sobrado, como tantas veces, sino por impotencia. Antes había un brillo mezquino en partidos como este: no se jugaba bien porque parecía que no les daba la gana. Hoy no se juega bien pero se intenta, lo cual es un drama. Un día parece que ha encontrado un camino y al siguiente está otra vez preguntando direcciones; tiene algo de viajero ingenuo al que se le ha roto la brújula, pero no la autoestima.
Mbappé: el editor de borradores ajenos
El gol de Mbappé al final fue de goleador lógico. Hay futbolistas que participan del juego y otros que lo editan. Mbappé es de estos últimos: corrige borradores ajenos con un desmarque y un disparo. No ilumina todo el camino, pero basta para dar el siguiente paso sin tropezar. Que se tropezará, pero mira: una semana más mirando la tapa del yogur. El francés sigue siendo esa garantía en medio del caos, ese faro que aparece cuando todo parece perdido.
El partido que ya era pasado antes de terminar
No hubo por dónde coger este partido. Se hablaba ya en pasado de él antes de que acabase, como cuando llegas a casa del cine y te pones una película para olvidar la anterior. El Madrid ahora mismo es algo destinado a un extraño olvido. Quizá por eso resulta tan hipnótico: porque todavía no sabe bien qué quiere ser, pero compite como si ya lo supiera, y el resultado es escandaloso. Fútbol no es, pero se queda uno mirando alucinado.
La enigmática supervivencia del campeón
Enfrente había un equipo que ni una cosa ni la otra, abrumado. Y ahí está la clave: el Madrid gana sin convencer, suma sin brillar, sobrevive sin deslumbrar. Hubo cositas de Mbappé desesperado, esfuerzos de Gonzalo, asaltos grises de Güler. Pero al final, la victoria. Como si el equipo hubiera descubierto que se puede ganar de mil maneras, incluso de las más tortuosas. El Madrid de esta temporada es ese amigo que siempre llega tarde a la fiesta pero se lleva a la chica más guapa. No sabes cómo lo hace, pero ahí está.


