TL;DR
- La gasolina subió 160% y el diésel 90% con el decreto de emergencia económica
- La COB, antes cercana al MAS, ahora protesta contra «pérdida de soberanía nacional»
- Maestros y esposas de mineros en huelga de hambre mientras la inflación supera 20%
- El diálogo del 5 de enero llega después de que intentos previos fracasaron
El ajuste que llegó para quedarse (y para explotar)
Rodrigo Paz lo tenía claro: no va a derogar el decreto 5503. Lo que quizá no calculó es que los bolivianos tampoco van a dejar de protestar. Según El País, ya van ocho días de manifestaciones que ni las fiestas de fin de año lograron frenar. Y no es para menos: imagínate despertar un día y que la gasolina cueste casi el doble y el diésel 160% más. Eso no es ajuste, es un balazo directo a la economía familiar.
La COB: de aliada del MAS a enemiga del ajuste
Aquí hay un giro de telenovela política. La Central Obrera Boliviana, esa misma que durante años fue la mano derecha sindical del Movimiento al Socialismo, ahora está en las calles enfrentándose a la policía. Mario Argollo, su máximo dirigente, suelta la frase del año: «básicamente, le estaremos poniendo un florero a la Asamblea Legislativa». Y tiene razón: el decreto tiene más de 120 artículos que, entre otras cosas, permiten inversión extranjera en recursos estratégicos sin pasar por el Congreso. Eso sí que duele más que los gases lacrimógenos.
Los que pagan los platos rotos (otra vez)
José Luis Álvarez, uno de los líderes en huelga de hambre, lo dice sin pelos en la lengua: «Para todos los gobiernos, el camino más fácil es ajustar los cinturones a los trabajadores en las crisis que ellos mismos producen». Y ahí está el meollo: Bolivia tiene inflación del 20%, escasez de dólares, y sus exportaciones de gas cayeron 40% desde 2014. Pero en lugar de buscar culpables en la mala administración de las últimas dos décadas, el decreto congela salarios públicos y prohíbe nuevas contrataciones. Como si los maestros tuvieran la culpa de que el gas ya no rinda como antes.
El diálogo que huele a déjà vu
El gobierno anuncia mesas técnicas de diálogo para el 5 de enero. Suena bien, hasta que recuerdas que intentos anteriores de diálogo entre la COB y el Ejecutivo ya fracasaron. El ministro José Luis Lupo dice «entendemos su posición, pero la problemática es muchísimo más profunda». Traducción: «sí, les duele, pero la medicina es más amarga todavía». Mientras tanto, otros sectores como los campesinos y los ayllus se preparan para sumarse a las protestas. Esto no es un problema de unos cuantos sindicalistas enojados: es un descontento que se extiende como reguero de pólvora.
La bomba de tiempo que nadie quiere desactivar
Lo más preocupante no son los gases lacrimógenos en la plaza Murillo, ni siquiera los petardos y cargas de dinamita que los manifestantes lanzan en respuesta. Lo grave es que Bolivia lleva años viviendo de las rentas del gas, y ahora que el chorro se seca, el ajuste recae sobre quienes menos tienen. El decreto 5503 puede que sea necesario desde la lógica económica, pero en las calles de La Paz y Cochabamba suena a traición. Y cuando la gente siente que la traicionan, no basta con convocar al diálogo: hay que ofrecer algo más que promesas de que «la situación es compleja». Porque el hambre de los huelguistas es muy concreto, y la subida del 160% en el diésel se siente en cada viaje al trabajo. Bolivia cierra el 2025 con la misma pregunta que ha perseguido a América Latina por décadas: ¿quién paga realmente los platos cuando el modelo económico se agota?


