TL;DR
- Los agricultores catalanes levantaron la protesta tras 48 horas sin reunirse con el Govern
- La movilización coincidió con el segundo aniversario de las grandes protestas de 2024
- Reclaman menos burocracia y rechazan el acuerdo comercial con Mercosur
- El Govern habla de «intercambio de mensajes» pero los campesinos no quieren «paripé»
62 tractores, 78 coches y cero respuestas
La Gran Via de Barcelona recuperó la normalidad este sábado, pero la sensación de que nada ha cambiado se quedó pegada al asfalto como la tierra que los agricultores habían usado para simular un huerto urbano. Según El País, 62 tractores y 78 vehículos particulares ocuparon durante 48 horas el tramo central de la avenida, justo frente al Departamento de Agricultura de la Generalitat. Los números son importantes: no fue una protesta testimonial, pero tampoco la movilización masiva de hace dos años. Es como si el sector hubiera aprendido que ocupar Barcelona entera no sirve de mucho si al final te vas con las manos vacías.
El aniversario que nadie quiere celebrar
La fecha no fue casualidad. Los agricultores eligieron este fin de semana para conmemorar el segundo aniversario de las protestas que paralizaron Cataluña en febrero de 2024. Dos años después, los mismos problemas: exceso de burocracia, falta de rentabilidad y ese fantasma llamado Mercosur que sigue rondando los campos. Lo curioso es que, según el reporte, los organizadores insistieron en que esta vez no querían bloquear, sino «hacer actividades, charlas y divulgación». O sea, cambiaron los tractores por micrófonos, pero el mensaje sigue siendo el mismo: «Aquí seguimos, cabrones».
El Govern que habla pero no escucha
Aquí viene lo bueno. Jordi Ginabreda, portavoz de Revolta Pagesa, soltó la frase del año: «Ha habido un intercambio de mensajes con la conselleria, pero no queremos reunirnos solo para hacer el paripé». Traducción: no nos vengan con la reunión de foto para el periódico y luego a casa. El detalle es que Òscar Ordeig, consejero de Agricultura, ni siquiera logró que los agricultores cruzaran la puerta de su despacho. Se habló de mensajes, de intercambios, de futuras asambleas… pero de sentarse a negociar, nada. Es como esos noviazgos donde todo son mensajes de WhatsApp pero nunca hay cita.
La tierra que llegó y se fue
El Ayuntamiento de Barcelona retiró la tierra del «huerto urbano» que los agricultores habían plantado sobre el asfalto. Metáfora perfecta: sembraron su protesta, el gobierno la limpió, y el asfalto quedó como si nada hubiera pasado. Pero la tierra removida deja marcas, y las 48 horas de protesta también. Lo interesante es que los campesinos decidieron pasar la noche allí, con sus tractores y sus coches, como diciendo «esto no es un piquete de unas horas, esto es nuestra vida».
¿Y ahora qué?
Ginabreda dice que en las próximas semanas evaluarán en asamblea el resultado de la movilización y que «seguro» habrá alguna reunión con el ejecutivo catalán. La palabra «seguro» suena a amenaza disfrazada de promesa. Porque la verdad es que si después de dos años de protestas, de tractores en Barcelona, de huertos en el asfalto y de noches a la intemperie, lo único que consigues es un «intercambio de mensajes», algo está fallando. Y no son los tractores.
El Mercosur: el fantasma que no se va
Entre las reivindicaciones, los agricultores catalanes volvieron a rechazar el acuerdo comercial con Mercosur. Esto es clave: no es solo un problema de papeles o de subvenciones, es el miedo a competir con productos que vienen de países con estándares diferentes y costes más bajos. El problema es que este acuerdo lleva años en el limbo, pero sigue siendo la excusa perfecta para no abordar los problemas reales del campo. Como cuando te quejas de que hace calor pero no abres la ventana.
La normalidad que no es normal
A las 17:00 horas del sábado, el tráfico volvió a fluir por la Gran Via. La Guardia Urbana contó los vehículos, los periodistas tomaron fotos, y todo el mundo respiró aliviado. Pero la «normalidad» en el campo catalán sigue siendo la de siempre: burocracia que ahoga, precios que no cubren costes, y un futuro que pinta más gris que el asfalto de Barcelona. Los tractores se fueron, pero los problemas se quedaron. Y lo peor es que todos sabemos que volverán. Porque cuando la tierra no da para vivir, lo único que queda es salir a la calle. O a la Gran Via.


