TL;DR
- 130 kilómetros de caminata desde Puebla hasta la Basílica de Guadalupe
- Imágenes de la Virgen que pesan hasta 20 kilos decoradas como altares móviles
- 12 horas cruzando el Paso de Cortés entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl
- Tradición de más de 40 años que convierte vecinos en familia peregrina
No es caminata, es resistencia: 130 km con 20 kilos a cuestas
Cuando hablamos de peregrinaciones guadalupanas, muchos piensan en el Metro lleno o en las calles de la Ciudad de México. Pero hay otra ruta, más dura, más antigua y que literalmente pasa entre volcanes. Según Elpais, los peregrinos que salen de Puebla y Tlaxcala recorren 130 kilómetros «entre montes y autopistas» para llegar a la Basílica. No es cualquier caminata: es el equivalente a ir de México a Cuernavaca… pero subiendo y bajando montañas.
El Paso de Cortés: 12 horas donde el frío muerde
La parte más cabrona del viaje es el Paso de Cortés, ese espacio entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl que Hernán Cortés usó para llegar al Valle de México. Hoy, los peregrinos lo cruzan en aproximadamente 12 horas, enfrentando temperaturas que te hielan los huesos. Elpais documenta cómo los devotos «se enfrentan a temperaturas muy bajas y condiciones climáticas complicadas como acampar en medio del bosque». Imagínate: caminar 12 horas seguidas, con frío que cala, cargando no solo tu cuerpo sino una imagen religiosa que puede pesar hasta 20 kilos.
La Virgen pesa 20 kilos y brilla en la noche
Aquí hay un dato que te hace parar: las imágenes de la Virgen de Guadalupe que cargan estos peregrinos «pueden pesar hasta 20 kilos». No son estampitas ni medallitas: son altares completos que Elpais describe como «decoradas con luces y flores como altares para ser bendecidas en la Basílica». Es decir, no solo caminan 130 km, sino que lo hacen cargando el equivalente a una maleta llena de libros de texto. Y no cualquier carga: es su fe hecha peso, su devoción convertida en kilos que duelen en la espalda.
De Santo Domingo a La Villa: 40 años haciendo familia
Lo más interesante no es solo la distancia, sino la tradición que la sostiene. La peregrinación del Barrio de Santo Domingo en Puebla «se ha realizado por más de 40 años y ha consolidado una familia entre los vecinos alrededor de la manda religiosa». Personajes como Toño Chaltell Sánchez o José Roberto Pedro Celestino León Orea ‘El Meco’ -este último con más de 30 años en la ruta- son parte de una cadena humana que convierte el sacrificio físico en lazo comunitario. El reportaje muestra cómo la bendición de madres como Agustina, los tamales antes de partir y la misa en San Jerónimo Calera son rituales tan importantes como la caminata misma.
La ruta exacta: de San Jerónimo Calera al corazón de México
El recorrido comienza en lugares como San Jerónimo Calera en Puebla, pasa por Momoxpan donde las imágenes descansan en el piso durante las pausas, cruza el centro de Cholula y luego se adentra en lo pesado: Santiago Xalitzintla, desde donde parten por la madrugada hacia el Paso de Cortés. Las imágenes aéreas de Elpais muestran a los peregrinos avanzando «los primeros kilómetros del Paso de Cortés antes de adentrarse en el bosque». Es un viaje que mezcla lo urbano con lo salvaje: calles pobladas, luego bosques fríos, luego autopistas, hasta llegar a la Basílica.
¿Por qué tanto sacrificio? La pregunta incómoda
Aquí está lo que nadie pregunta directamente: ¿qué hace que alguien cargue 20 kilos por 130 km durante 12 horas en el frío? La respuesta obvia es la fe, pero hay algo más. En un país donde las instituciones fallan, donde la seguridad es un lujo y donde el futuro es incierto, esta peregrinación ofrece algo tangible: un sufrimiento voluntario que tiene sentido, una comunidad que no te falla, una tradición que te conecta con algo más grande. Cuando El Meco abraza a su hija Yeri antes de partir después de 30 años haciendo lo mismo, no está solo cumpliendo una promesa religiosa: está afirmando que algunas cosas sí perduran, que algunos lazos sí resisten, que algunos caminos, aunque duelan, llevan a algún lado.
Los pies duelen, la fe pesa, pero la tradición camina
Al final del día, cuando los peregrinos ponen las imágenes «en las faldas del Popocatépetl» para descansar, hay algo que queda claro: esta no es una simple tradición folklórica. Es resistencia física convertida en afirmación cultural. 130 kilómetros, 20 kilos, 12 horas de frío, 40 años de repetición. En un México que cambia a velocidad de vértigo, donde lo de ayer ya es historia antigua, estos peregrinos siguen el mismo camino que sus padres y abuelos. No es nostalgia: es terquedad. Y quizás, en un país donde tantas cosas se caen, esa terquedad de seguir caminando -con los pies ampollados y la espalda dolorida- sea la fe más real de todas.


