TL;DR
- La palabra ‘vulnerabilidad’ dominó el encuentro de las cinco nominadas
- Patricia López Arnaiz confiesa que secuencias violentas la persiguen meses después del rodaje
- Ángela Cervantes tuvo que entender una violación sin haberla sufrido para su papel
- Nora Navas dice que ganar un Goya no garantiza mejores proyectos, aunque ‘luzca bien’
- Todas coinciden: en el cine pueden ser más sinceras que en la vida real
La vulnerabilidad como arma de trabajo
Si hay una palabra que resume el estado de ánimo de las cinco actrices nominadas al Goya este año, esa es «vulnerabilidad». No es casualidad que se repitiera como mantra durante el encuentro en el Museo de Història de Barcelona, según documenta Elpais. Lo interesante aquí no es solo que lo admitan, sino que lo celebren como herramienta profesional. «En la vida mola ser vulnerable y está bien equivocarse», soltó Nora Navas con una naturalidad que debería enseñarse en las escuelas de actuación. Pero cuidado: esta vulnerabilidad no es la del reality show donde lloras para ganar seguidores. Es la que te deja secuelas.
La violencia que se te pega a la piel
Patricia López Arnaiz lo dijo sin rodeos: «Siendo actriz te asomas a una violencia que te deja impronta». La intérprete, nominada por «Los domingos», confesó que todavía le asaltan secuencias y diálogos violentos de su personaje ateo, a pesar de que hayan pasado meses desde que terminó el rodaje. Aquí hay un dato que pasa desapercibido: estas mujeres no solo actúan violencia, la metabolizan. Y lo más preocupante es que parece parte del paquete, como si fuera normal que un trabajo te persiga en pijama un domingo cualquiera. ¿Dónde está el límite entre el compromiso artístico y el desgaste psicológico?
Entender lo inentendible
Ángela Cervantes lo tuvo claro desde el principio: «Tuve que entender una violación sin haberla sufrido en mi vida». Su papel en «La furia» como una actriz violada en una fiesta de Nochevieja requirió «mucho trabajo físico y psicológico». Lo curioso es que inmediatamente después encaró «Jauría», una obra de teatro donde volvía a interpretar a una mujer agredida sexualmente. Dos proyectos seguidos, dos violaciones. ¿Es esto elección artística o mercado que explota un tema? Cervantes llegó al papel porque fue al instituto con la directora, Gemma Blasco, y lleva «más de diez años implicada en este proyecto». Una década esperando para meterse en la piel de una víctima. Eso sí que es compromiso.
La obsesión como método
Susana Abaitua, conectada virtualmente desde un rodaje, contó que se obsesionó tanto con su personaje de guardia civil infiltrada en ETA que hasta memorizaba «los números de las matrículas de los coches del rodaje, por si las habían cambiado». Aquí la pregunta incómoda: ¿dónde termina la preparación y empieza el trastorno? Abaitua dice que le vino «genial construir esa obsesión con el equipo», apoyándose en maquillaje y peluquería para «elevar a mi personaje». Es decir, la locura controlada como técnica. Lo fascinante es que todas coinciden en que este trabajo es colaborativo, como remarcó Antonia Zegers: «Si nuestros trabajos están siendo celebrados es porque ahí también hubo una persona que levantó nuestro trabajo silenciosamente».
El premio que no cambia nada
Nora Navas soltó la verdad incómoda que nadie quiere escuchar en estas galas: «No por ganar un Goya te llegarán mejores proyectos, aunque luzca bien». Y añadió con realismo aplastante: «Es un premio genial y cuando viene la gente a casa le hacen una foto». Ahí está el meollo: el reconocimiento público versus la realidad laboral. Mientras los focos brillan una noche, las actrices saben que al día siguiente vuelve la incertidumbre. Patricia López Arnaiz lo resumió mejor: «Esto es lo extraño y lo raro de una profesión en la que a veces puedes estar muy sola y es muy difícil contar lo que nos pasa». La paradoja de exponer tu vulnerabilidad ante millones mientras te sientes incomprendida en lo personal.
¿Más sinceras en ficción que en realidad?
La frase de López Arnaiz da para análisis: «En el cine podemos ser más sinceras de lo que somos en la vida y te quedas más ancha que larga». ¿Qué dice esto de nosotras como sociedad? Que necesitamos personajes ficticios para expresar verdades que nos cuesta decir en el día a día. Que la pantalla se convierte en ese espacio seguro donde la vulnerabilidad no se usa en tu contra, como apunta Navas: «Estás con un equipo que sabe que tu vulnerabilidad no te la va a jugar». El problema es cuando sales del set y esa protección desaparece. «Es un regalo estar condenada a ser actriz», dijo Navas. Condenada. No «elegido» o «privilegiada». Condenada. Como si fuera una maldición que no puedes evitar. Quizás esa sea la verdad más sincera de todas.


