Lo que debes de saber
- Netanyahu cruzó la frontera con Líbano para arengar a sus tropas, un movimiento de alto simbolismo político-militar.
- El discurso israelí habla de un ‘panorama cambiado’, pero las negociaciones de tregua con Líbano siguen su curso esta misma semana.
- Irán, a través de su presidente parlamentario, responde con firmeza a las amenazas de Trump, quien ordenó un bloqueo naval en el Estrecho de Ormuz.
- La guerra, con miles de muertos reportados en Irán, ya tiene consecuencias globales, con actores como Putin ofreciéndose como mediador.

El paseo militar que precede a la tregua
Benjamin Netanyahu, el primer ministro israelí, decidió que el mejor momento para un acto de fuerza era justo antes de sentarse a hablar de paz. Este domingo, cruzó la frontera con Líbano para arengar a las tropas desplegadas en territorio extranjero, un movimiento que huele más a teatro geopolítico que a una visita de inspección rutinaria. Lo curioso, y esto es lo que debería hacer sonar todas las alarmas, es que esta semana están previstas reuniones entre representantes de Israel y Líbano para, precisamente, alcanzar una tregua. La narrativa oficial, reportada por DW, es que Netanyahu fue a decirles a sus soldados que «queda mucho trabajo por hacer». No mames. ¿Qué clase de mensaje de distensión es ese cuando lo que se busca es un alto al fuego? Es como si el portero, antes del penal decisivo, le gritara al delantero rival que le va a romper las piernas. La estrategia es clara: negociar desde una posición de fuerza demostrada, incluso si esa demostración es puro simbolismo para las cámaras. El análisis de Infotv24H sobre los 10 días de guerra y sus consecuencias globales cae como anillo al dedo aquí, porque estas imágenes de Netanyahu en Líbano son el epítome del control de daños en la narrativa: mostrar poder para no verse débil en la mesa.
«Cambiamos el panorama»: La frase que lo dice todo (y nada)
La declaración estrella de Netanyahu fue contundente: «Hemos cambiado radicalmente el panorama de Medio Oriente». Suena épico, ¿no? Como el final de una película de superhéroes. El problema es que, en la vida real, cambiar un panorama radicalmente suele significar miles de muertos, ciudades destruidas y un odio que se hereda por generaciones. Él lo enmarca como una victoria contra «nuestros enemigos, Irán y el eje del mal», que según su relato «vinieron a destruirnos». Pero aquí hay que poner los pies en la tierra y leer entre líneas. Un «panorama cambiado» en una guerra que apenas lleva poco más de una semana es, en el mejor de los casos, un wishful thinking peligroso, y en el peor, una justificación para una escalada aún mayor. No hay datos duros en su frase, solo una afirmación grandilocuente que busca fijar una narrativa de victoria israelí incuestionable. Es el clásico movimiento de declarar la victoria antes de que termine la pelea, para que si la tregua llega, se lea como una concesión magnánima y no como una necesidad.
«Si ellos luchan, nosotros lucharemos, y si vienen con lógica, nosotros responderemos con lógica. No cederemos a ninguna amenaza», dijo Mohamad Baqer Qalibaf, presidente del Parlamento de Irán, según reporta DW.
Mientras Netanyahu paseaba por Líbano, del otro lado del tablero las piezas también se movían con una frialdad calculada. Mohamad Baqer Qalibaf, el presidente del Parlamento iraní que acaba de encabezar las infructuosas conversaciones de paz con Estados Unidos en Pakistán, lanzó un mensaje que es el espejo perfecto del israelí: firmeza inquebrantable. Su declaración, hecha tras regresar a Teherán, es un manual de disuasión. Ofrece lógica si recibe lógica, pero promete una lección «aún mayor» si recibe amenazas. ¿Y cuál es la amenaza del momento? Nada menos que una orden directa del presidente estadounidense Donald Trump: bloquear navalmente el Estrecho de Ormuz. Este estrecho no es cualquier callejón; es el cuello de botella por donde pasa alrededor del 20% del petróleo que consume el mundo. Ordenar un bloqueo ahí no es una advertencia, es prender un cerillo en una gasolinera y decir que es solo para ver mejor. La respuesta iraní, por lo tanto, no puede leerse como bravuconería aislada. Es la reacción predecible y escalada a una acción que tiene el potencial de paralizar la economía global. El dato de que, según reportes iraníes, 3.375 personas han muerto en Irán desde el inicio de la guerra, le da un peso trágico y concreto a esta retórica de resistencia.
La guerra que ya es de todos (aunque no quieran)
Lo que empezó como otro capítulo del conflicto israelí-palestino, o israelí-libanés, o israelí-iraní (escoja su favorito), ya saltó la barda y se metió en el patio de los vecinos grandes. Y no, no hablo solo de los cohetes que cruzan fronteras. Hablo de la geopolítica de alto nivel. Vladimir Putin, el presidente ruso, ya se mostró dispuesto a participar como mediador. El Reino Unido, tradicional aliado de EE.UU., está «urgiendo» a Washington y a Teherán a «encontrar una salida», un lenguaje diplomático que traducido significa: «Por favor, no desmadren la economía mundial». Incluso el canciller alemán, Olaf Scholz, habló de estar «más cerca del Líbano que nunca», una frase ambigua que puede leerse como apoyo humanitario o como preparación para lo peor. Este es el verdadero «panorama cambiado»: la internacionalización total e inmediata del conflicto. Ya no es un problema regional; es un virus de inestabilidad que infecta las relaciones entre todas las grandes potencias. La negociación de paz entre EE.UU. e Irán, reportada como cerrada sin acuerdo, es la prueba de que los canales diplomáticos tradicionales están fallando. Cuando Trump recurre al bloqueo naval y Putin se ofrece de mediador, es porque el manual de jugadas se les agotó.
Al final, la visita de Netanyahu a Líbano y el discurso de Qalibaf en Teherán son dos caras de la misma moneda sangrienta: la del performative strength, la demostración de fuerza para consumo interno y externo. Netanyahu necesita que su base vea a un líder victorioso y decidido, especialmente en medio de negociaciones de tregua que sus sectores más duros podrían ver como debilidad. Qalibaf necesita que el mundo, y sobre todo Washington, vean que las sanciones y las amenazas militares no doblegan al régimen. Ambos están atrapados en una dinámica donde ceder un milímetro se lee como una derrota catastrófica. Y en medio de este juego de gallos, con Trump echando más gasolina al fuego del Ormuz, la tregua que se supone que se negociará esta semana parece más un respiro tácticopara rearmarse que un camino genuino hacia la paz. El panorama de Medio Oriente quizás sí cambió radicalmente: se volvió aún más impredecible, más peligroso y más empeñado en demostrar quién tiene el rifle más grande, aunque eso signifique dispararle a sus propios pies, y a los de todos nosotros.


