TL;DR
- Cinco países europeos presentaron pruebas de que Navalni fue envenenado con epibatidina, toxina de rana ecuatoriana
- La investigación duró dos años y encontró muestras del veneno que no existe naturalmente en Rusia
- Los países acusan al Estado ruso como único con «medios, motivación y oportunidad» para el crimen
- Es el segundo intento de asesinato contra Navalni después del envenenamiento con Novichok en 2020
No es novedad, pero sí es escalofriante
Cuando el gobierno ruso anunció la muerte de Alexéi Navalni hace dos años, el mundo entero supo que algo no cuadraba. Un hombre relativamente joven, de 47 años, que había sobrevivido a un envenenamiento con Novichok -uno de los agentes nerviosos más letales del planeta- muere «por causas naturales» en una prisión siberiana. Suena a chiste malo, pero el chiste se puso más negro cuando cinco países europeos presentaron este sábado en Múnich lo que parece ser la evidencia definitiva: Navalni fue asesinado con epibatidina, una toxina extraída de la rana dardo venenosa de Ecuador.
Los cinco que se atrevieron a señalar
Reino Unido, Francia, Alemania, Países Bajos y Suecia no se andan con rodeos. Su comunicado conjunto, presentado en la Conferencia de Seguridad de Múnich, es un documento que duele leer por su crudeza técnica. Según El País, estos países afirman que «solo el Estado ruso tuvo los medios, la motivación y la oportunidad de desplegar esta toxina letal contra Navalni, durante su encarcelamiento en una colonia penal rusa en Siberia». No es una sospecha, es una acusación directa con nombre y apellido.
La ciencia no miente: la rana que no vive en Rusia
Aquí es donde la cosa se pone interesante. La epibatidina no es algo que encuentras en el mercado negro de Moscú. Esta sustancia se encuentra naturalmente en las ranas dardo de la selva de América del Sur, específicamente en Ecuador. Pero hay un detalle crucial: esas ranas en cautiverio no producen la toxina. O sea, alguien tuvo que ir a buscarla a su hábitat natural o conseguirla a través de canales muy especializados.
El comunicado de los cinco países es claro: «No hay una explicación inocente para el hecho de que fuera detectada en el cuerpo de Navalni». Las pruebas de laboratorio realizadas durante dos años de investigación no dejan lugar a dudas. Y pensar que en 2020 ya habían intentado matarlo con Novichok, el arma química desarrollada por la Unión Soviética. Parece que al Kremlin le gusta variar su menú de venenos.
La viuda que nunca se rindió
Yulia Naválnaya, la viuda de Navalni, llevaba dos años diciendo lo mismo: «Supe desde el primer día que mi marido había sido envenenado». Este sábado, la ministra de Exteriores británica, Yvette Cooper, se reunió con ella en Múnich para entregarle personalmente los resultados de la investigación. «Junto a su viuda, hoy el Reino Unido quiere aportar luz sobre el barbárico complot del Kremlin para silenciar su voz», declaró Cooper.
Lo que Naválnaya dijo después del encuentro es revelador: «Estoy agradecida a todos los Estados europeos que, durante dos años, han trabajado meticulosamente para que la verdad salga a la luz». Dos años. Veinticuatro meses de trabajo forense y diplomático para confirmar lo que todo el mundo sospechaba pero no podía probar.
El patrón que se repite
No es la primera vez que oímos esto. Navalni ya era una piedra en el zapato del Kremlin desde hace años. Su investigación sobre la corrupción en los círculos más cercanos a Putin lo convirtió en el opositor más peligroso para el régimen. Tan peligroso que en 2020 decidieron eliminarlo con Novichok. Sobrevivió, se recuperó en Alemania, y a pesar de saber que lo esperaba la cárcel -o algo peor- decidió regresar a Rusia.
Fue detenido en el aeropuerto mismo. Y desde entonces, su destino estaba escrito. Putin, que nunca se refería a Navalni por su nombre cuando estaba vivo, ahora tiene que lidiar con una acusación internacional respaldada por pruebas de laboratorio. Los cinco países ya informaron a la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas sobre la violación de la Convención sobre Armas Químicas.
¿Y ahora qué?
La pregunta del millón: ¿qué van a hacer estos cinco países con su acusación? Se han comprometido a «exigir a Rusia responsabilidad por sus acciones», pero en el mundo real de la geopolítica, las opciones son limitadas. Rusia ya está bajo sanciones masivas por la guerra en Ucrania. ¿Qué más se puede hacer?
Lo más interesante es el timing. Dos años después de la muerte de Navalni, justo cuando su figura empieza a diluirse en la memoria colectiva, aparece esta investigación. No es casualidad que se presente en la Conferencia de Seguridad de Múnich, el foro donde los líderes occidentales se reúnen cada año para hablar de… seguridad.
El mensaje es claro: aunque hayan pasado dos años, no se han olvidado. Aunque Putin ignore a Navalni en vida y en muerte, hay países dispuestos a mantener viva su memoria y, sobre todo, a señalar a sus asesinos. La epibatidina puede ser exótica, pero el patrón es terriblemente familiar: disidentes que mueren en circunstancias sospechosas, investigaciones que tardan años, y un Kremlin que nunca responde.
Lo único seguro es que Yulia Naválnaya ya tiene sus pruebas. Y cinco países europeos tienen un caso forense que no se puede ignorar. El problema es que en Moscú, la justicia internacional suena tan exótica como una rana ecuatoriana en Siberia.


