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domingo, enero 11, 2026

Montecarmelo: el barrio que peleó contra el ruido en Navidad

Vecinos descubren que el cantón de basuras podría ser 112 veces más ruidoso de lo permitido

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TL;DR

  • El Ayuntamiento calculó el ruido con ecuación lineal cuando debe ser logarítmica – error básico
  • El cantón podría generar 112 veces más ruido que un concierto de Alejandro Sanz en el Bernabéu
  • La memoria ambiental solo analiza el taller, omitiendo compactación de basura al aire libre
  • El proyecto aparece rotado 90 grados entre documentos para aparentar menos impacto

Cuando las matemáticas se convierten en arma vecinal

Imagina que estás en Navidad, con el pavo recién salido del horno y los regalos sin abrir, y en lugar de brindar te pones a revisar ecuaciones logarítmicas. Así pasaron las fiestas los vecinos de Montecarmelo, según documenta El País. No es que les guste la matemática avanzada, es que descubrieron que el Ayuntamiento de Madrid cometió un error de principiante al calcular el ruido del cantón de basuras que quiere instalar a 60 metros del Colegio Alemán.

El concierto que nadie pidió

Aquí está el dato que duele: según los técnicos de la Plataforma de Afectados, el Ayuntamiento usó una ecuación lineal para calcular el ruido cuando la norma exige usar logarítmica. No es un detalle técnico menor – es como medir la temperatura con una regla en lugar de un termómetro. El resultado es que, según los cálculos municipales, haría falta que todas las máquinas funcionaran a la vez para alcanzar 106 decibelios. En la realidad, bastarían las dos más ruidosas.

Para ponerlo en perspectiva que cualquiera entienda: un concierto de Alejandro Sanz en el Santiago Bernabéu llegó a 86 decibelios. El cantón de Montecarmelo podría superar eso con creces. Como la medición del ruido es exponencial (cada 3 decibelios el sonido se duplica), estamos hablando de que el barrio podría recibir 112 veces más ruido de lo que debería tolerar una zona residencial. No es un «poco más fuerte», es pasar de un susurro a un grito en la oreja.

El juego de las tres compactadoras

Pero el ruido es solo la punta del iceberg hediondo. Los vecinos señalan que la memoria ambiental presentada en noviembre solo analiza el taller de reparación de vehículos dentro del complejo de 10,000 metros cuadrados. ¿Y las tres compactadoras de basura? ¿Y el tratamiento y clasificación de residuos al aire libre? Según los afectados, el Ayuntamiento ha «fraccionado» las actividades para ir aprobando permisos por partes, como si dividir el problema en pedacitos lo hiciera desaparecer.

El olor que desprenderán esas compactadoras, los gases emitidos y el trasiego de camiones las 24 horas del día tendrían impacto, según los estudios vecinales, en más de 2,000 alumnos del Colegio Alemán y los niños de la guardería Sol Solito a 100 metros. Hablamos de salud, educación y desarrollo infantil, no de una molestia pasajera.

El proyecto que gira como trompo

Aquí viene lo más curioso: resulta que el proyecto aprobado en junio y la memoria ambiental de noviembre no coinciden. Literalmente. En el primero, el cantón aparece orientado de manera que el ruido se proyecta hacia el sureste, donde están varios bloques de viviendas y la guardería. En la memoria ambiental, milagrosamente, el complejo aparece rotado 90 grados, con el foco de ruido apuntando hacia una zona sin casas.

No es un error de imprenta ni un cambio de última hora sin explicar. Es como si tu casa apareciera en el plano municipal del lado opuesto de la calle porque así «molesta menos». Los vecinos lo llaman directamente «irregularidad administrativa», y tienen razón: si el proyecto cambia, la evaluación ambiental debe hacerse de nuevo. No se puede evaluar lo que no existe.

La batalla de David contra Goliat municipal

Lo más revelador de todo esto no son los decibelios ni las ecuaciones mal aplicadas. Es la sensación de indefensión que expresan los vecinos. Tienen que contratar peritos por su cuenta, analizar documentos técnicos en Navidad, presentar alegaciones contra un Ayuntamiento que parece jugar con las reglas.

Cuando un gobierno fracciona proyectos para esquivar evaluaciones integrales, cuando calcula mal datos básicos, cuando «gira» edificios en el papel para minimizar impactos, está diciendo algo muy claro: las reglas son para los ciudadanos, no para la administración. Y los vecinos de Montecarmelo, en lugar de resignarse, están respondiendo con el arma más poderosa que tienen: el conocimiento técnico.

La pregunta incómoda que queda flotando es: ¿cuántos proyectos más en Madrid tienen estos «errores» que solo se descubren cuando los afectados dedican sus vacaciones a revisar ecuaciones? Y más importante: ¿por qué los ciudadanos tienen que hacer el trabajo que debería hacer la administración?


Fuentes consultadas:

Autor

  • Entre Líneas

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