TL;DR
- Maduro y su esposa fueron capturados vivos sin que el ejército reaccionara
- La FANB tenía fama de bloque férreo pero falló en su misión principal
- Había señales de malestar militar que el régimen ignoró o minimizó
- El chavismo es básicamente un régimen militar que perdió control de su propia creación
El muro que no era tan muro
Imagina esto: tienes un ejército que durante años has presentado como un bloque férreo, imposible de traspasar. Lo has llenado de doctrina bolivariana, le has cambiado los cursos de Estado Mayor para incluir «pensamiento político de Hugo Chávez», y has dedicado recursos a atar bien lo que ya quedó atado. Y entonces, una madrugada, la persona más protegida del país -el presidente- y su esposa son capturados vivos sin que ese muro militar haga un ruido demasiado grave. Así de frágil resultó ser la supuesta fortaleza del chavismo.
El País documenta cómo la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores por parte de Estados Unidos dejó en entredicho a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana. Lo que debería ser el momento de máxima prueba para cualquier institución castrense -proteger al comandante en jefe- terminó siendo su mayor fracaso. Y lo más revelador: horas después del arresto, apenas habían trascendido señales de un quiebre interno. O sea, ni siquiera hubo un motín visible – simplemente no funcionó cuando debía.
Las grietas que todos vieron menos ellos
Aquí está lo irónico: los analistas en el exilio llevaban meses hablando de un presunto malestar militar. Se mencionaba baja moral en la tropa, carencias materiales, remuneraciones miserables y problemas personales que afectaban a los efectivos. Incluso los dirigentes opositores estaban seguros de que la mayoría de los militares había votado por Edmundo González Urrutia en las elecciones del año pasado. Pero el régimen, en su burbuja de autocomplacencia, siguió creyendo en su propio cuento.
Maduro se dedicó a aumentar el pie de fuerza de la Guardia Nacional y la Policía, a comprometer a sus funcionarios con incentivos políticos y económicos, y a desarrollar un servicio de inteligencia que supuestamente era de gran eficacia. Todo ese aparato, según El País, resultó ser papel mojado cuando llegó la operación de inteligencia de alto calibre que vulneró los anillos de seguridad. El propio ministro de Defensa, Vladimir Padrino, tuvo que denunciar la existencia de un «ultraje». Qué elegante forma de decir «nos pasaron por encima y no pudimos hacer nada».
La doctrina que no alcanzó
El chavismo cometió un error clásico de los regímenes autoritarios: confundir adoctrinamiento con lealtad. Creyeron que porque en los cursos de Estado Mayor se impartía «pensamiento político de Hugo Chávez», los militares iban a morir por el sucesor. Se olvidaron de algo básico: el hambre no se cura con consignas, y la lealtad no se compra solo con discursos.
El reporte de El País señala que el Gobierno chavista es, básicamente, un régimen militar y su influencia en el cuerpo castrense, a pesar de las contradicciones de la realidad, es todavía relativamente amplia. Pero esa frase tiene un matiz importante: «relativamente amplia» no es lo mismo que «absoluta». Y en momentos críticos, lo relativo se vuelve irrelevante.
Lo que Chávez construyó con carisma y conexión personal, Maduro intentó mantener con burocracia y control. El problema es que los militares no son funcionarios de mostrador – son personas que arriesgan la vida. Y cuando ven que sus condiciones se deterioran mientras la cúpula vive en la opulencia, la lealtad se resquebraja. No hace falta un golpe de estado – basta con no mover un dedo cuando llega el momento de actuar.
El protocolo que nadie siguió
Aquí está lo más cómico-triste del asunto: la plana dirigente del chavismo tenía previsto un protocolo para esta circunstancia. Lo habían afirmado ellos mismos varias veces. Cuatro meses de tensión política continua y se supone que estaban preparados. Pero cuando llegó el momento, el protocolo debió quedar guardado en algún cajón, porque lo único que hicieron fue llamar a la calma, convocar a sus seguidores y decretar el Estado de Conmoción Interior.
Las Fuerzas Armadas y los cuerpos de seguridad se desplegaron en todo el país para garantizar el control territorial, pero El País nota algo revelador: no hay muchos ciudadanos comunes en estos llamados. Hay, sobre todo, activistas políticos y hombres de armas. O sea, el régimen se quedó hablando consigo mismo, con su círculo más cercano, mientras el país real seguía su curso.
Y ahí está la lección final: puedes tener todos los protocolos del mundo, puedes adoctrinar a generaciones enteras, puedes crear servicios de inteligencia supuestamente eficaces. Pero si pierdes el contacto con la realidad de tu propia base de apoyo -si no ves que los militares están descontentos, que la tropa tiene hambre, que la moral está por los suelos- entonces todo tu castillo de naipes se cae con la primera ráfaga de viento.
La captura de Maduro no fue solo una operación de inteligencia exitosa. Fue el resultado final de años de desconexión entre un régimen y las instituciones que decía controlar. El muro militar del chavismo no se derrumbó con estruendo – simplemente dejó de existir en el momento en que más se necesitaba. Y eso debería dar qué pensar a cualquier gobierno que crea que la lealtad se decreta en lugar de ganarse.


