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domingo, enero 11, 2026

Maduro sonríe en Nueva York mientras Venezuela llora en el exilio

El caricaturista que dibujó al dictador en el tribunal y la paradoja de la justicia gringa

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TL;DR

  • Jorge Torrealba, venezolano exiliado, dibujó a Maduro sonriente en el tribunal de Manhattan
  • Maduro fue capturado por fuerzas especiales y llevado a juicio por narcotráfico
  • La comunidad venezolana en NY celebra lo que ven como el principio del fin
  • El artista accedió fácilmente al juicio pese a la alta seguridad del caso
  • La sonrisa de Maduro contrasta con el sufrimiento de millones de venezolanos

El dictador que sonríe mientras su pueblo llora

Nicolás Maduro entró al tribunal del distrito sur de Manhattan esposado junto a su esposa Cilia Flores, pero según el testimonio del caricaturista venezolano Jorge «El Niño» Torrealba, el hombre que llevó a Venezuela al colapso económico y humanitario más brutal de América Latina moderna tenía una expresión que nadie esperaba: una sonrisa. Elpais documenta que Torrealba, un exiliado que salió de Venezuela en 2016, tuvo que viajar a Nueva York para ver por primera vez al hombre que nunca pudo ver en su propio país. La ironía duele: un venezolano necesita irse al exilio y esperar a que capturen al dictador para finalmente tenerlo frente a frente.

La captura que parece película de acción barata

La narrativa de la captura suena a guión de Hollywood de bajo presupuesto: agentes secretos sacando a Maduro de su cama, helicóptero, buque de guerra USS Iwo Jima, Guantánamo y finalmente una de las prisiones más temidas de Nueva York. Pero aquí está el detalle que nadie quiere ver: Estados Unidos tuvo que montar todo este circo mediático-militar para hacer lo que la comunidad internacional no pudo en más de una década. Mientras tanto, 7 millones de venezolanos han tenido que huir del país, según la ONU. La pregunta incómoda: ¿por qué ahora? ¿Qué cambió que hizo que el gobierno gringo decidiera que ya era hora de jugar a los policías internacionales?

El artista que dibuja almas en tribunales

Jorge Torrealba, de 35 años, lleva desde los seis o siete dibujando rostros en las paredes de su casa. Hoy paga la renta de su apartamento en West New York dibujando «almas», como él mismo dice. Su acceso al tribunal fue casi ridículamente fácil: «Les dije que era artista, les mostré todos mis materiales y me dejaron pasar». En la sala había estudiantes de derecho, algunos periodistas y gente curiosa. No el escenario de alta seguridad que uno esperaría para el juicio de un jefe de estado acusado de narcotráfico. ¿Tan normal se ha vuelto en Estados Unidos juzgar a dictadores extranjeros que ya ni siquiera es noticia de primera plana?

La comunidad que celebra un final que quizás nunca llegue

Afuera, en la calle Mulberry con un frío «escandaloso», los venezolanos exiliados aguantaban con banderas y pancartas. Le decían a Torrealba «gracias», «que Dios te bendiga», «eres un grande». Están felices. Piensan que es el final de algo, o el inicio. Algunos creen que podrían estar «mudándose a casa en poco tiempo». Pero aquí está la cruda realidad: muchos de esos exiliados llevan años construyendo vidas en Estados Unidos. Sus hijos hablan inglés mejor que español, tienen trabajos, hipotecas. ¿Realmente volverían a un país destruido, sin instituciones, con hiperinflación y servicios colapsados? La esperanza es dulce, pero la realidad es amarga.

La sonrisa que debería indignar al mundo

Maduro sonriente. Maduro mirando «a todos los que estábamos allí a la cara». Este es el mismo hombre cuyo gobierno ha sido acusado de crímenes de lesa humanidad por la ONU. El mismo que presidió mientras la mortalidad infantil se disparaba, los hospitales se quedaban sin medicamentos y la gente comía de la basura. Y ahí está, sonriendo en un tribunal neoyorquino, con su abogado defensor de lujo Barry Pollack. ¿De qué se ríe? ¿De la justicia gringa que llega tarde y mal? ¿De su pueblo que sufre mientras él juega al preso político internacional? ¿O simplemente de la absurda teatralidad de todo esto?

La justicia selectiva que huele a hipocresía

Estados Unidos juzga a Maduro por narcotráfico. Bien. ¿Y los otros delitos? ¿Los de lesa humanidad? ¿La corrupción masiva? ¿La destrucción sistemática de un país? Parece que el narcotráfico es el único delito que realmente le importa al sistema judicial gringo cuando se trata de dictadores latinoamericanos. Mientras tanto, los bancos que lavaron el dinero de la cleptocracia chavista siguen operando, las empresas que se beneficiaron de la corrupción siguen facturando, y los funcionarios internacionales que hicieron la vista gorda siguen en sus puestos.

El dibujo que vale más que mil discursos

Torrealba salió del tribunal con algo más valioso que cualquier reporte periodístico: el testimonio visual de un momento histórico. Sus dibujos muestran no solo los rostros, sino las actitudes. El juez nonagenario Alvin Hellerstein, Maduro con su bigote característico, Cilia Flores. Pero lo que realmente captura es la paradoja: el artista que tuvo que huir de su país para poder enfrentar al hombre que lo destruyó. El dictador que sonríe mientras su pueblo llora. La justicia gringa que actúa cuando ya es demasiado tarde para millones. Quizás en cien años, cuando los historiarios analicen esta época, los dibujos de Torrealba serán más elocuentes que todos los discursos políticos juntos.

Lo que queda claro es que este juicio no es solo sobre Maduro. Es sobre la incapacidad de la comunidad internacional para proteger a los venezolanos. Es sobre la selectividad de la justicia global. Y sobre todo, es sobre la dolorosa realidad de que a veces la esperanza llega demasiado tarde, cuando el daño ya es irreversible. Los venezolanos en Mulberry Street pueden celebrar, pero la sonrisa de Maduro en ese tribunal debería recordarnos que la verdadera justicia todavía está muy, muy lejos.


Fuentes consultadas:

Autor

  • Entre Líneas

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