TL;DR
- Kanzi señaló correctamente dónde estaba el zumo imaginario en un juego de simulación
- El experimento es la primera evidencia empírica de que primates no humanos pueden generar representaciones secundarias
- La capacidad de imaginar podría remontarse a nuestro último ancestro común con los bonobos
- Los investigadores adaptaron un paradigma humano diseñado originalmente para niños de dos años
No mames, un mono que juega a las casitas
La escena parece sacada de una fiesta de té de Alicia en el país de las maravillas, pero con menos sombrerero loco y más ciencia seria. Christopher Krupenye, profesor de la Universidad Johns Hopkins, está frente a Kanzi, un bonobo de 43 años, en una mesa con dos tazas transparentes y una jarra vacía. El científico inclina la jarra sobre las tazas como si sirviera líquido invisible, vacía una agitándola para asegurarse de que no quede ni gota imaginaria, y pregunta: «¿dónde está el zumo?». Kanzi levanta el brazo y señala la taza correcta. Así de simple, así de revolucionario.
El juego que cambió todo
Según Elpais, este gesto aparentemente sencillo es el corazón de un estudio publicado en Science que abre el debate sobre si los humanos somos realmente los únicos capaces de visualizar lo que no existe. Se trata de la primera evidencia experimental de que un primate no humano puede generar representaciones secundarias, un tipo de pensamiento que permite mantener en la mente un estado imaginario sin confundirlo con la realidad. O sea, el bonobo no estaba fingiendo tener zumo – estaba entendiendo que los humanos estaban fingiendo que había zumo. La diferencia es abismal.
De las cosquillas imaginarias al zumo ficticio
La historia empezó en 2023 cuando Amalia Bastos, coautora del estudio, conoció a Kanzi. El bonobo le pidió a ella y a Krupenye que se persiguieran e hicieran cosquillas. Aunque no lo estaban haciendo de verdad, esta interacción llevó a Bastos a preguntarse si el primate disfrutaba del juego de la simulación. Antes del experimento principal, el equipo verificó que Kanzi pudiera distinguir entre tazas con zumo real y recipientes vacíos – en 18 ensayos consecutivos, eligió el zumo en el 77% de las veces. Solo después vino la parte interesante: interactuar con tazas y pocillos con uvas imaginarias.
Lo que realmente significa este «juego»
Bastos precisa que el bonobo no estaba fingiendo: «Lo que mostramos es que comprendía la simulación, que es distinto». El científico manipulaba el jugo imaginario y, dentro de ese contexto fingido, Kanzi entendía lo que estaba ocurriendo. Esto es importante porque la capacidad de sostener en la mente un mundo que no existe es el cimiento de habilidades que consideramos exclusivamente humanas: imaginar futuros posibles, atribuir creencias a otros o explorar alternativas que no podrían suceder a la vez. Si un bonobo puede hacer esto, aunque sea en un entorno guiado, la raíz de estas capacidades podría remontarse a nuestro último ancestro común.
El puente entre niños de dos años y bonobos
Lo más inteligente del experimento es cómo los investigadores adaptaron un paradigma humano a un bonobo incapaz de verbalizar. A finales de los años ochenta, el investigador escocés Alan M. Leslie diseñó este modelo de experimento que solo requiere el gesto de señalar y prescinde del uso de un lenguaje complejo. Con él demostró que los niños a los dos años pueden manejar representaciones secundarias. Krupenye y Bastos tomaron este diseño como puente, demostrando que lo que funciona para humanos pequeños también funciona para primates no humanos.
La advertencia necesaria: un solo mono no hace verano
Miquel Llorente, profesor de primatología en la Universidad de Girona, opina que el experimento es impresionante pero matiza que se debería comprobar si otros ejemplares pueden hacer lo mismo. «Habría que replicar el estudio, pasar de un único individuo que es la principal limitación de la muestra a otros, para poder aislar variables», subraya. Tiene razón – en ciencia, un caso anecdótico no es evidencia. Pero también es cierto que alguien tenía que ser el primero en demostrarlo.
Lo que esto dice sobre nosotros
Lo más incómodo de este estudio no es lo que revela sobre los bonobos, sino lo que revela sobre los humanos. Llevamos siglos creyendo que la imaginación, la capacidad de crear mundos alternativos en nuestra mente, era nuestra marca distintiva. Que nos separaba del resto del reino animal. Y ahora resulta que un primate de 43 años puede entender cuando le sirven zumo imaginario. La pregunta incómoda es: ¿cuántas otras «capacidades exclusivamente humanas» resultarán ser compartidas cuando las busquemos con los experimentos adecuados?
El futuro de la imaginación animal
El estudio deja más preguntas que respuestas. ¿Qué otros animales podrían tener esta capacidad? ¿Hasta qué punto pueden los bonobos y otros primates desarrollar pensamiento contrafáctico (imaginar «qué hubiera pasado si»)? ¿Cómo se relaciona esta capacidad con el desarrollo del lenguaje y la cultura? Lo que sí queda claro es que la línea que separa a humanos de otros animales se vuelve más borrosa cada vez que alguien se toma el trabajo de diseñar un experimento lo suficientemente inteligente para preguntarles, en su lenguaje, qué están pensando.


