TL;DR
- A sus 81 años, Serrat declara que «la jubilación es una palabra fea y además es mentira»
- Revela que México se convirtió en su casa durante su exilio forzoso de 1976
- Recibe doctorado honoris causa de la Universidad de Guadalajara en la FIL
- Confiesa que extraña las giras pero dejó los escenarios hace dos años
- Define la juventud como «espíritu de rebeldía y curiosidad», no como edad
El retiro que no existe: Serrat contra el tiempo
Apenas tomó el micrófono en la FIL de Guadalajara y soltó la bomba: «La jubilación es una palabra fea… y además es mentira: he renunciado a cualquier tipo de jubilación». Así arrancó Joan Manuel Serrat, a sus 81 años, lo que La Jornada describe como «el acto más importante del encuentro librero». No era solo una broma para aliviar la tensión de una sala desbordada – era la declaración de principios de un tipo que lleva medio siglo desafiando etiquetas. Lo curioso es que, mientras niega la jubilación, reconoce que hace dos años dejó las giras formales. «Echo de menos andar por el mundo, pero uno no puede hacerlo todo», confiesa con esa honestidad que solo da el haber visto demasiados escenarios.
México: la casa que se abrió cuando se cerraron las otras
Aquí está el dato que duele y a la vez emociona: Serrat visitó México desde los 70, pero la relación profunda nació en 1976, durante su exilio forzoso. «Cuando no podía volver a mi casa, en México encontré mi casa», dice en un testimonio que El Universal documenta con precisión. No es solo gratitud de turista – es el reconocimiento de un refugio político cuando España le daba la espalda. «México para mí fue una casa que se me abrió cuando se me cerraron las puertas de mi casa», repite, y uno piensa en cuántos exiliados han repetido esa misma frase a lo largo del siglo XX. Lo interesante es cómo detalla el proceso de adaptación: «empecé a aprender que no había bañeras había tinas, que no había armarios había closets, que no había rubias que había güeras». El lenguaje como territorio de pertenencia.
El barrio que nunca dejó: de inmigrantes españoles a latinoamericanos
Serrat insiste en sus raíces con una coherencia que da envidia: «Soy barcelonés. Nací en un barrio obrero, entre el mar y la montaña, lleno de inmigrantes. Ese territorio es mi único verdadero material creativo». Pero aquí viene lo fascinante: ese mismo barrio que lo vio nacer hoy está habitado por «latinoamericanos y árabes, gente que, igual que entonces, llega buscando una vida mejor». El círculo se cierra con elegancia histórica: el hijo de inmigrantes españoles que hoy ve llegar a los hijos de aquellos países que lo acogieron. La Jornada captura esa reflexión con agudeza: «El barrio ha sido mi argumentario siempre, yo no he tenido otro argumentario que el barrio». No es nostalgia – es conciencia de que la identidad se construye en la calle, no en los discursos oficiales.
Poesía que se convierte en canción (no al revés)
Aquí Serrat desmonta otro mito: no musicalizó a Antonio Machado y Miguel Hernández para «difundirlos», sino porque «allí encontró canciones». Su frase es demoledora: «Si la gente no hubiera encontrado buenas canciones, no habría encontrado al poeta». Pone el carro donde debe ir: primero la calidad musical, después el rescate literario. Evoca a Benedetti «agradecido con quienes llevaban sus versos al canto», y uno piensa en cuántos poetas le deben popularidad a este barcelonés terco que convirtió versos en himnos generacionales.
Memoria latinoamericana: del golpe chileno al plebiscito
Serrat no elude la política – nunca lo ha hecho. Sobre el 11 de septiembre de 1973 en Chile, baja el tono: «Ese día se rompe una gran esperanza, una esperanza enorme para Chile y para toda América Latina». Y cuenta algo casi cinematográfico: en 1988, sabiendo que lo esperaban para deportarlo, «grabó un mensaje en el baño del avión; uno no hace un mitin en medio del pasaje». La imagen del cantautor grabando su protesta en el sanitario de un avión es de esas que deberían estar en los libros de historia. Luego celebra el resultado del plebiscito: «el pueblo chileno dio una lección admirable». No es comentario liviano – es el testimonio de quien vivió la represión en carne propia.
Juventud: cuando el cuerpo y el espíritu no coinciden
Con 81 años, Serrat se permite ironizar sobre el tema más trillado: «Eso de que uno es joven mientras se sienta joven… me gustaría discutirlo. Hay partes de mi anatomía que ya no opinan igual». Pero inmediatamente aclara: para él, la juventud «es un espíritu de rebeldía y de curiosidad. Ojalá durara más, pero es un estado que no permanece para siempre». Define lo indefinible con la precisión de quien ha visto pasar demasiadas modas.
El honoris causa que llega cuando ya no hace falta
Recibir un doctorado honoris causa de la Universidad de Guadalajara a los 81 años tiene algo de justicia poética tardía. «Lo acepto con humildad y con afecto. Es una gran oportunidad», dice Serrat, pero uno sospecha que estos reconocimientos institucionales llegan cuando el artista ya demostró todo lo que tenía que demostrar en los escenarios, en el exilio, en las canciones que sobrevivieron a dictaduras y modas pasajeras. Lo verdaderamente importante ya ocurrió: cuando México le abrió las puertas en 1976, cuando sus canciones unieron a generaciones, cuando demostró que se puede ser fiel a un barrio sin dejar de abrazar al mundo.
Lo que queda después de escuchar a Serrat es la sensación de estar frente a un tipo que entendió algo esencial: la vida no se mide en años cumplidos, sino en puertas que se abren, en casas que se encuentran donde menos se espera, en versos que se convierten en canciones y en canciones que sobreviven a todo, incluso al tiempo que insiste en llamarse jubilación.


