TL;DR
- El ‘Dios del Quad’ salva el oro para EE UU mientras sus compañeros reciben amenazas de muerte
- Amber Glenn, primera patinadora abiertamente queer del equipo, revela mensajes de odio ‘aterradores’
- Atletas estadounidenses desafían prohibición del COI para criticar políticas de Trump
- La competición se convierte en acto de orgullo ciudadano, no patriótico, contra el gobierno
El oro que nadie quería ganar
Ilia Malinin, el llamado ‘Dios del Quad’, descendió sobre Milán como un superhéroe que nadie pidió pero que todos necesitaban. Según El País, el patinador de 21 años salvó el oro para Estados Unidos ‘aun a medio gas’. La frase suena épica hasta que te das cuenta de que el verdadero milagro no fue el salto cuádruple, sino mantener unido a un equipo que se desintegraba por fuera de la pista. Mientras Malinin revolucionaba el patinaje con su arte, sus compañeros libraban una batalla muy distinta: sobrevivir al odio que generaba su propia bandera.
Cuando el podio se convierte en trinchera
Amber Glenn, la tejana de El Plano y primera patinadora abiertamente queer y pansexual del equipo estadounidense, decidió que los Juegos Olímpicos eran buen momento para hablar de lo que nadie quería escuchar: ‘el Estados Unidos que destruye Donald Trump’. En una conferencia de prensa, según documenta El País, Glenn dijo lo obvio: ‘Está siendo un momento difícil para la comunidad [LGBTQ] en general con esta administración’. Lo que no esperaba era que la reacción fuera tan literalmente aterradora. Tres días después, la patinadora de 26 años reveló que había recibido una ‘aterradora cantidad de mensajes de odio y amenazas’. El domingo, visiblemente afectada, falló en el triple Axel, el triple Flip y la combinación triple Lutz-doble Toeloop. Quedó tercera. La matemática es simple: discurso político + visibilidad queer = rendimiento deportivo en picada. Y el COI prohibiendo opiniones políticas en el espacio olímpico como si fuera posible separar el cuerpo del atleta de su humanidad.
La caravana del desprestigio
Mientras Glenn recibía amenazas, su compañera Alysa Liu casi no llegaba a tiempo al programa corto. ¿La razón? Según El País, la caravana organizada para proteger el trayecto milanés del vicepresidente estadounidense J. D. Vance, quien sería sonoramente pitado en San Siro durante la inauguración. La imagen es perfecta: atletas corriendo contra reloj para llegar a competir mientras los políticos que los desprestigian bloquean las calles con escoltas blindadas. Lindsey Vonn, superando la misma prohibición del COI, exhibió sus raíces en la ‘torturada Minneapolis’ antes de su trágico descenso en las Tofane. ‘Mi corazón está increíblemente apesadumbrado’, dijo. Mikaela Shiffrin citó a Nelson Mandela (previamente citado por Charlize Theron, porque el activismo también tiene sus influencers) para hablar de paz como ‘entorno en el que todos pueden prosperar’. Y el abanderado Hunter Hess remató: ‘No es porque lleve la bandera que represento todo lo que ocurre en Estados Unidos’. La respuesta desde casa: invitaciones a ‘irse a vivir a un país socialista’. El patriotismo según Trump: o estás con nosotros o eres enemigo.
El arte como último refugio
Antes de la última prueba, Japón y Estados Unidos estaban empatados. Malinin entró a la pista no solo con la presión de ganar un oro, sino con el peso de rescatar algo, cualquier cosa, del naufragio moral que representaba su delegación. El País lo describe como un acto de ‘orgullo ciudadano’ más que patriótico. La distinción es crucial: ya no se trataba de celebrar a Estados Unidos, sino de demostrar que a pesar de Estados Unidos, sus ciudadanos aún podían hacer algo hermoso. Malinin, hijo de inmigrantes (su padre es uzbeko, su madre rusa), voló por encima del conflicto para demostrar que ‘quizás el arte sea lo único que puede cerrar los debates’. La ironía es densa: el patinador que podría revolucionar su deporte termina siendo el parche que evita que su equipo se desintegre por completo.
La medalla más pesada
Malinin tiene su primer oro olímpico. Estados Unidos tiene su medalla en patinaje artístico por equipos. Pero la pregunta que queda flotando sobre el hielo es más incómoda: ¿vale la pena? ¿Qué significa ganar para un país que amenaza a sus propios atletas? ¿Qué valor tiene un podio cuando para subir a él hay que ignorar que afuera te están pidiendo que te vayas del país que representas? El conflicto y la polémica, dice El País, son ‘amigos íntimos del patinaje artístico’. Esta vez, la polémica no era sobre puntuaciones o jueces, sino sobre si merecía la pena seguir vistiendo la bandera de las barras y estrellas cuando esas mismas estrellas parecen apuntarte como objetivo. Malinin voló alto, pero sus compañeros siguen atrapados en la gravedad de un país que prefiere el odio al oro.


