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martes, febrero 3, 2026

La guerra que nadie ve venir pero todos temen

Mientras Ucrania y Rusia juegan al gato y al ratón, el mundo mira para otro lado

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TL;DR

  • La tensión entre Ucrania y Rusia lleva años cocinándose a fuego lento
  • Las advertencias de conflicto se repiten como disco rayado desde 2014
  • La comunidad internacional actúa como bombero que apaga incendios pero no evita que se prendan
  • La probabilidad de guerra escala depende más de cálculos políticos que de análisis militares
  • El verdadero riesgo está en la normalización de la tensión permanente

El conflicto que aprendió a hacerse el dormido

Si hay algo que define la tensión entre Ucrania y Rusia es su capacidad para mantenerse en ese punto incómodo donde todos dicen «esto puede estallar» pero nadie sabe cuándo. Como ese vecino que siempre amenaza con demandarte pero nunca presenta los papeles. Llevamos ocho años escuchando las mismas advertencias, viendo los mismos despliegues militares, leyendo los mismos comunicados diplomáticos. Y la pregunta del millón sigue siendo la misma: ¿cuánta probabilidad hay de que esto explote de verdad?

La matemática del miedo

Analistas militares hablan de probabilidades como si fueran pronósticos del clima: 30% de posibilidad de conflicto limitado, 15% de escalada regional, 5% de confrontación directa OTAN-Rusia. Pero estas cifras son tan precisas como adivinar cuántos granos de arena hay en una playa. La realidad es que la probabilidad depende menos de cálculos estratégicos y más de variables impredecibles: un error de cálculo, un incidente fronterizo mal manejado, un político que decide que hoy es buen día para hacer historia.

Lo que sí sabemos es que las condiciones para el conflicto están servidas. Rusia mantiene tropas en la frontera como quien guarda un as bajo la manga, Ucrania pide armas como si fueran aspirinas para el dolor de cabeza geopolítico, y la OTAN hace ejercicios militares que parecen más ensayos para la función principal que simulacros preventivos.

La lección que nadie aprendió

Mientras analizamos esta tensión, no puedo evitar pensar en la historia de Alfredo Fernández que El País documenta en su reportaje sobre cooperantes internacionales. Fernández, con su experiencia en conflictos desde Liberia hasta Yemen, tiene una filosofía simple pero brutalmente honesta: «Procura no pedir perdón. Claro que hay que hacerlo cuando te equivocas, pero en las situaciones en las que me he movido no puedes decir: ‘Perdón, no tengo botiquín para detener tu hemorragia’.»

Esta mentalidad de «actuar en lugar de lamentar» es justo lo que falta en el teatro Ucrania-Rusia. Todos están tan ocupados preparando discursos para cuando falle la diplomacia que nadie parece estar evitando que falle. Es como ver a alguien construir un refugio antiaéreo mientras deja la estufa encendida con la comida quemándose.

El juego de las sillas musicales con misiles

Lo más preocupante no es la posibilidad de guerra en sí, sino cómo nos hemos acostumbrado a vivir con esa posibilidad. La tensión se ha normalizado tanto que ya ni siquiera genera portadas a menos que haya un despliegue militar particularmente fotogénico o una declaración especialmente incendiaria. Hemos convertido la amenaza de conflicto en Europa en algo casi rutinario, como si fuera el tráfico de la mañana o la subida del precio de la gasolina.

Y aquí está el verdadero peligro: cuando algo se normaliza, se subestima. Cuando se subestima, se cometen errores. Y en geopolítica, los errores no se pagan con puntos menos en un examen, se pagan con vidas.

La pregunta incómoda

Así que volvamos a la pregunta original: ¿cuánta probabilidad hay de guerra? La respuesta honesta es que nadie lo sabe, pero todos deberían actuar como si fuera inminente. Porque el mayor riesgo no es que estalle un conflicto, sino que estalle cuando ya nadie lo espera, cuando la complacencia haya reemplazado a la vigilancia, cuando las advertencias se hayan convertido en ruido de fondo.

La historia de Fernández en Acnur, con sus 75 años ayudando a refugiados, nos recuerda algo fundamental: las agencias humanitarias se crearon pensando que serían temporales, que el mundo aprendería de sus errores. Setenta y cinco años después, siguen siendo necesarias. La pregunta que deberíamos hacernos no es «¿habrá guerra entre Ucrania y Rusia?» sino «¿cuántas generaciones más de cooperantes como Fernández necesitaremos antes de que aprendamos a prevenir en lugar de solo reaccionar?»

Mientras tanto, las tropas siguen en la frontera, los discursos siguen encendiendo ánimos, y el mundo sigue mirando como si fuera una película de la que conocemos el guión pero no el final. Y lo peor es que, si finalmente estalla el conflicto, todos dirán «lo vimos venir» mientras buscan desesperadamente el botiquín para la hemorragia que podrían haber prevenido.


Fuentes consultadas:

Autor

  • Entre Líneas

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