La médica que votaba por su amiga desaparecida

Gilda Gnecco murió a los 91 años, pero su ritual de memoria sigue gritando contra el olvido

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TL;DR

  • Gilda Gnecco votaba en cada elección en nombre de su amiga Carolina Wiff, desaparecida en 1975
  • Su ritual comenzó décadas atrás como forma de mantener viva la memoria de las víctimas
  • Wiff fue detenida por la DINA y nunca más se supo de ella, pese a recursos legales
  • La dictadura negó su detención y sugirió que había salido del país clandestinamente
  • Gnecco trabajó en la Vicaría de la Solidaridad apoyando a presos políticos

Un voto que grita más fuerte que el silencio

Gilda Gnecco Tassara murió a los 91 años el 31 de diciembre de 2025, pero su ritual político-personal sigue resonando en cada elección chilena. La médica pediatra, conocida como «La Gringa», se hizo viral en 2023 cuando su hija compartió un video donde, apoyada en sus muletas, gritaba antes de votar: «Yo voto en voz alta en nombre de Carolina Wiff Sepúlveda, asistente social, detenida desaparecida, asesinada en Villa Grimaldi, mi mejor amiga». Según Elpais, este acto no era para la cámara: era un ritual que venía repitiendo por décadas, una forma de no dejar que la memoria de su amiga se desvaneciera en el olvido institucionalizado.

La amistad que sobrevivió al terror

Lo interesante aquí no es solo el gesto, sino la historia detrás. Gnecco y Wiff se conocieron antes del golpe de Estado de 1973, cuando la médica dirigía el consultorio Ismael Valdés en Quinta Normal y Wiff era estudiante de servicio social haciendo su práctica. La dictadura las separó físicamente, pero no emocionalmente. En 1975, ocho agentes de la DINA -la policía política pinochetista- detuvieron a Carolina Wiff junto a Carlos Lorca, exdiputado socialista. Tenía 34 años, estaba casada, tenía un hijo de nueve años. Su casa fue allanada, se llevaron su pasaporte y grabadora, e interrogaron a su hija, hermana y empleada doméstica. Y luego, silencio.

El cinismo institucional como política de Estado

Lo que debería indignar no es solo la desaparición, sino la respuesta oficial. La dictadura militar negó que Wiff estuviera detenida y, a través de sus voceros, sugirió que «los subversivos suelen abandonar el país de manera clandestina y con identidades falsas». Según Elpais, la plataforma Memoria Viva documenta que esta fue la línea oficial: «quizás sea el caso de la referida Modesta Carolina Wiff». Traducción: si desapareciste, es porque te fuiste. Si no hay cuerpo, no hay crimen. Si no hay testigos, no hay tortura. El cinismo como mecanismo de impunidad.

Villa Grimaldi: el lugar donde la memoria duele

Distintos testigos confirmaron que Wiff estuvo en Villa Grimaldi, uno de los centros de detención y tortura más simbólicos de la dictadura. Por ahí pasaron la expresidenta Michelle Bachelet y su madre, Ángela Jeria. Por ahí pasaron cientos, quizás miles. Pero lo que llama la atención es que, pese a recursos de amparo y diligencias legales, hasta hoy no se sabe el destino final de Carolina Wiff. Medio siglo después, la incertidumbre sigue siendo la misma. Y en ese vacío, el voto en voz alta de Gnecco se convierte en un acto de resistencia epistemológica: si el Estado no reconoce, la sociedad civil recuerda.

Conversaciones con un retrato

En su libro testimonial «Carola Wiff, compromiso… hecho mujer: 1940-1975», Gnecco escribió: «Con Carola nos conversamos todo y aún yo le sigo conversando, aunque no me pueda responder. Le converso a su retrato en mi sala de estar; a veces la reto por haberme dejado sola, por no terminar conversaciones pendientes». Esta confesión revela algo profundo sobre el duelo político: no es solo llorar a los muertos, es seguir discutiendo con ellos, seguir esperando respuestas, seguir enojándose por las conversaciones truncadas. El voto en voz alta era solo la parte pública de un diálogo privado que duró 50 años.

El compromiso que sobrevivió a la dictadura

Gnecco no solo votaba por su amiga. Trabajó como médica jefe del programa de salud del comité para la Paz y en la Vicaría de la Solidaridad, brindando apoyo a presos políticos. Fue profesora adjunta en la Universidad de Chile, donde la institución reconoció su «vocación pública, compromiso ético y aporte a la formación de generaciones de profesionales». Pero aquí hay una ironía: la misma universidad que hoy la celebra fue, durante la dictadura, un espacio de persecución y silencio. El reconocimiento institucional llega cuando la persona muere, pero ¿dónde estaba la institución cuando Gnecco y Wiff necesitaban protección?

Las vocales de mesa que entendieron

Gnecco contaba que, al votar en voz alta, a veces recibía «una sonrisa o una mirada cómplice» de las vocales de mesa. Esos pequeños gestos son importantes: significan que la memoria no es solo un acto individual, sino colectivo. Que hay cómplices del recuerdo en los lugares más burocráticos. Que incluso en el ritual más formal de la democracia -votar- cabe un acto de rebeldía memorialística. Cada vez que Gnecco pronunciaba el nombre de Carolina Wiff en una mesa electoral, estaba desafiando no solo al olvido, sino a la normalización del silencio.

¿Y ahora quién votará por Carolina?

Con la muerte de Gnecco a los 91 años, surge la pregunta incómoda: ¿quién continuará el ritual? ¿Su hija Andrea, que grabó el video viral? ¿Alguna de las vocales de mesa que le sonreían? ¿O el nombre de Carolina Wiff volverá al silencio del que Gnecco la rescató por décadas? La médica escribió: «Parece ser una cosa simple y tal vez un poco tonta, pero cada vez que lo hago tengo la sensación de que ella vota conmigo y así será mientras yo lo pueda hacer». Ahora que ya no puede, la pregunta queda flotando: en una democracia que se jacta de haber superado el trauma dictatorial, ¿hay espacio para estos rituales incómodos? ¿O preferimos votar en silencio, como si nada hubiera pasado?


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