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jueves, febrero 26, 2026

Brasil: 1,492 feminicidios y una rabia que ya no cabe en las calles

Las protestas masivas revelan que las cifras récord son solo la punta del iceberg de una violencia normalizada

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TL;DR

  • Más de una de cada tres mujeres brasileñas sufrió violencia sexual o de género en un solo año
  • 1,492 feminicidios en 2024: la cifra más alta desde que existe registro legal
  • Los casos de Catarina Kasten y Taynara Souza muestran la brutalidad cotidiana
  • La protesta masiva surge cuando la indignación supera el miedo

Cuando las estadísticas dejan de ser números y se convierten en hermanas

Alline de Souza Pedrotti tenía un trabajo, una vida, una rutina. Trabajaba como administrativa escolar en Río de Janeiro hasta que el 28 de noviembre un colega que «no aceptaba tener jefas mujeres» decidió que su existencia era negociable. Su hermana, devastada pero con una rabia que ya no cabe en el cuerpo, marchó el domingo junto a decenas de miles de mujeres en Brasil. No pide venganza, pide cambios en las leyes y nuevos protocolos. Pide, básicamente, que dejen de matarlas por ser mujeres.

Según Yucatan, este caso y otros recientes fueron «la gota que colmó el vaso» para Isabela Pontes, quien marchó en Sao Paulo después de sufrir «muchas formas de abusos». Lo interesante aquí no es la metáfora del vaso, sino qué tan lleno estaba ese vaso antes de que la gota lo rebasara. Porque los números dicen que el vaso lleva años desbordándose.

1,492 no es una cifra, es un país que falla sistemáticamente

El Foro Brasileño de Seguridad Pública documentó 1,492 feminicidios en 2024. No es solo «el número más alto desde que la ley reconoció el término en 2015», como reporta Yucatan. Es la confirmación de que las leyes, por sí solas, no bastan. Es el récord macabro de un sistema que sigue produciendo víctimas a pesar de tener herramientas legales para prevenirlas.

Pero el dato que realmente pone los pelos de punta es otro: más de una de cada tres mujeres en Brasil sufrió violencia sexual o de género a lo largo de un año. Piensa en eso. En cualquier oficina, en cualquier escuela, en cualquier familia brasileña, la probabilidad de que una mujer haya sido violentada es mayor a que no lo haya sido. No estamos hablando de «casos aislados» ni de «lamentables excepciones». Estamos ante una epidemia normalizada.

Catarina y Taynara: cuando la brutalidad se vuelve cotidiana

Los casos que detonaron la protesta masiva del domingo no son abstracciones estadísticas. Catarina Kasten, profesora de inglés en Florianópolis, fue violada y estrangulada en un sendero junto a una playa mientras se dirigía a una clase de natación. Taynara Souza fue arrollada por su exnovio en Sao Paulo, quien la arrastró por un kilómetro hasta que las heridas le provocaron la amputación de ambas piernas.

Lo que estas historias tienen en común, más allá de la brutalidad, es la cotidianidad de los escenarios. Un sendero a la playa. Una calle de Sao Paulo. Espacios que deberían ser seguros, rutinarios, parte del paisaje urbano normal. La violencia de género en Brasil ya no ocurre solo en la intimidad de los hogares o en callejones oscuros. Ocurre en plena luz del día, en los trayectos que todas hacemos, en los lugares donde creemos estar a salvo.

La protesta como síntoma de algo más profundo

Decenas de miles de mujeres saliendo a las calles en Río, Sao Paulo y otras ciudades no es solo una «manifestación». Es el síntoma visible de una enfermedad social que lleva décadas incubándose. Cuando las mujeres piden que «los hombres se unan a ellas en la lucha», no están pidiendo aliados simbólicos. Están reconociendo que este no es un «problema de mujeres» que las mujeres deban resolver solas.

La rabia que se ve en las calles brasileñas tiene una particularidad: ya no es solo dolor, ya no es solo miedo. Es la combinación de ambas cosas con una dosis de «hasta aquí». Cuando Isabela Pontes dice «he sufrido muchas formas de abusos, y hoy estoy aquí para mostrar nuestra voz», está articulando lo que las estadísticas no pueden: la transformación del miedo individual en fuerza colectiva.

Lo que las cifras no dicen (y las calles sí)

El informe del Foro Brasileño de Seguridad Pública marca 2017 como el inicio de sus registros. Ocho años después, las cifras no mejoran, se disparan. La pregunta incómoda que flota sobre las protestas es: ¿qué ha cambiado realmente en estos ocho años? Las leyes existen, los registros se llevan, las estadísticas se publican. Y sin embargo, más de una de cada tres mujeres sigue siendo violentada.

Las manifestantes no piden solo «el fin del feminicidio, la violación y la misoginia», como reporta Yucatan. Eso sería como pedir el fin de la gravedad. Piden algo más concreto y más difícil: que los hombres se unan a la lucha. Que la responsabilidad deje de ser solo de las víctimas y de las sobrevivientes. Que la prevención deje de ser un discurso y se convierta en acción cotidiana.

Mientras escribo esto, pienso en Alline, en Catarina, en Taynara. Pienso en sus rutinas interrumpidas, en sus vidas truncadas, en las hermanas y amigas que ahora marchan con sus fotos. Las 1,492 no son una cifra. Son 1,492 historias que terminaron demasiado pronto. Son 1,492 razones para salir a la calle. Son 1,492 recordatorios de que, a veces, la única respuesta posible al horror es ocupar el espacio público y gritar, juntas, que ya basta.


Fuentes consultadas:

Autor

  • Entre Líneas

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