TL;DR
- El subcomandante Moisés lideró la conmemoración en Oventik con discurso contra capitalismo y gobierno
- Más de 800 personas de 40 países asistieron según el Capitán Marcos
- La lucha ahora se define como ‘política pacífica’ tras 12 días de combate en 1994
- El movimiento mantiene autonomía pero enfrenta el reto de relevo generacional y contexto cambiante
- La celebración incluyó baile, altar de caídos y luces de bengala de niños zapatistas
De las balas a las bengalas: la metamorfosis de un grito
Un niño zapatista enciende luces de bengala tras el discurso del 32 aniversario. La imagen que documenta El País resume mejor que mil palabras la transformación: del fusil AK-47 al fuego artificial, del «¡Ya basta!» que paralizó Chiapas en 1994 a una celebración donde milicianos bailan tras las palabras del subcomandante Moisés. Tres décadas después, la pregunta incómoda flota en el aire: ¿esto es evolución o domesticación?
800 extranjeros y un discurso que suena a disco rayado
«Más de 800 personas de unos 40 países» según el Capitán Marcos. El dato es revelador: el EZLN se ha convertido en atracción turística de la izquierda global. Mientras en el Caracol de Oventik se denuncia al capitalismo y al gobierno mexicano -el mismo discurso de hace 32 años- la realidad es que México ya no es el país del Tratado de Libre Comercio recién estrenado. El PRI ya no gobierna, el neoliberalismo mutó, y las comunidades indígenas siguen en la pobreza. ¿De qué sirve repetir consignas si el contexto cambió y las condiciones materiales de los pueblos originarios no mejoraron sustancialmente?
La paradoja de la «lucha política pacífica»
«Durante estos 32 años de lucha política pacífica…» afirma un miliciano. Aquí hay un ajuste histórico interesante: el levantamiento duró 12 días de combates reales, con decenas de muertos. Lo que viene después son tres décadas de resistencia civil, negociaciones truncadas y autonomía de facto. El subcomandante Moisés insiste en que «no queremos propiedad, porque eso es lo que nos ha hecho como estamos, divididos». Bonito discurso, pero en la práctica las comunidades zapatistas tienen tierras recuperadas, sistemas de salud y educación propios. O sea, sí tienen propiedad colectiva, solo que no la llaman así.
El altar de los caídos y el baile de los vivos
Simpatizantes observan el ‘Altar de las personas caídas’ mientras otros festejan bailando. La dualidad es perfecta: memoria y celebración, duelo y resistencia. Pero hay algo que no cuadra en la foto: ¿dónde están los jóvenes chiapanecos no zapatistas? ¿Los que migran a Estados Unidos, los que trabajan en maquilas, los que sueñan con ser youtubers? El EZLN parece un archipiélago aislado en un mar de globalización, atendido por turistas revolucionarios pero desconectado de las nuevas generaciones que enfrentan otros demonios.
Moisés sin Marcos: la sucesión que nadie menciona
El subcomandante Moisés saluda a simpatizantes donde antes estaba el Subcomandante Marcos. El cambio de liderazgo es más significativo de lo que parece: Marcos era el poeta mediático, el que escribía comunicados literarios y aparecía en la portada de The New York Times. Moisés es el operador interno, el que mantiene la estructura. Pero aquí está el problema: ¿quién será el siguiente? El EZLN enfrenta el mismo reto que cualquier movimiento de 32 años: el relevo generacional. Y no hay indicios de que estén preparando a los niños de las bengalas para tomar el testigo.
Autonomía vs irrelevancia: la cuerda floja zapatista
«Reafirmando la autonomía del ejército zapatista» suena bien en papel, pero la autonomía tiene un precio: aislamiento. Mientras el gobierno federal reparte programas sociales (que los zapatistas rechazan por principio), las comunidades aliadas reciben apoyos. Es el eterno dilema: pureza ideológica versus mejoras concretas. Y después de 32 años, uno esperaría algo más que discursos y celebraciones anuales. ¿Dónde están los resultados medibles en salud, educación, economía? Las fotos muestran festejos, no hospitales ni escuelas de excelencia.
¿Y ahora qué, compas?
El EZLN cumple 32 años en un México donde AMLO habla de la Cuarta Transformación, donde los pueblos indígenas tienen voz en el Congreso (aunque poca potencia), donde el racismo sigue pero se discute más. La pregunta incómoda es: ¿sigue siendo necesario un ejército zapatista? No como fuerza armada (eso murió en 1994), sino como estructura paralela. O peor aún: ¿se ha convertido en una marca registrada de la resistencia, más preocupada por su imagen internacional que por transformar Chiapas? Las bengalas se apagan rápido. La pregunta queda flotando en la neblina de los Altos.


