Lo que debes de saber
- La Cámara de Diputados aprobó en lo general aplazar la elección de jueces y magistrados hasta junio de 2028.
- La reforma modifica reglas clave: reduce candidaturas, crea una comisión coordinadora y rediseña las boletas.
- Morena y aliados defienden los cambios como una medida para profesionalizar el Poder Judicial.
- La oposición acusa que el aplazamiento evidencia fallas estructurales en el diseño original de la reforma de 2024.

El aplazamiento que nadie pidió
La Cámara de Diputados aprobó este martes, con 341 votos a favor, 124 en contra y cero abstenciones, una reforma constitucional que pospone hasta junio de 2028 la elección de jueces, juezas, magistradas y magistrados en México. La iniciativa, impulsada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, fue presentada como un ajuste necesario para «fortalecer el modelo de elección judicial», según reportó La Razón de México. Sin embargo, el mensaje que queda flotando es otro: la reforma al Poder Judicial, aprobada apenas en 2024, ya necesita una reforma. Y no una menor: un retraso de dos años en la elección de quienes imparten justicia en el país.
El dato no es menor. 341 diputados —la mayoría absoluta del bloque oficialista— votaron a favor de decirle al país que el proceso para elegir a jueces y magistrados no está listo. Que los mecanismos aprobados hace menos de dos años resultaron insuficientes, confusos o, como mínimo, imperfectos. Y que la solución, en lugar de corregir sobre la marcha, es esperar. El Chamuco documentó que el oficialismo defiende los cambios como una vía para «elevar el perfil de quienes aspiren a integrar tribunales y juzgados». Pero la pregunta que no se responde es: ¿por qué no se pensó en eso antes de aprobar la reforma original?

Los cambios concretos: menos candidatos, más control
El dictamen aprobado en lo general —y que se prevé discutir en lo particular este miércoles, según La Razón— incluye modificaciones sustanciales al proceso electoral judicial. Entre los puntos más relevantes están la creación de una Comisión Coordinadora que homologará criterios de candidaturas, la reducción del número de aspirantes, cambios en el diseño de las boletas electorales y nuevos mecanismos de capacitación continua para juzgadores. La diputada Mariana Benítez Tiburcio, de Morena, defendió la aplicación de exámenes a los aspirantes y la simplificación del proceso para hacerlo «más accesible», según reportó NMás.
Suena razonable en el papel. Pero el problema es que estos ajustes llegan después de que el Congreso ya había aprobado un modelo de elección popular para el Poder Judicial, con todas sus reglas y candados. Ahora resulta que ese modelo necesitaba una cirugía mayor antes de su primera aplicación. Y la cirugía, además, implica posponer la operación. Es como si un arquitecto construyera un puente, descubriera que las bases están mal, y en lugar de reforzarlas, decidiera cerrar el paso por dos años mientras rediseña los planos. La obra sigue, pero los usuarios —en este caso, los ciudadanos que esperan justicia— se quedan esperando.
La defensa oficialista: profesionalización vs. realidad
El diputado de Morena, Leonel Godoy Rangel, afirmó durante el debate que la reforma busca «mejorar la calidad de los perfiles que participarán en la elección judicial», según cita El Chamuco. Por su parte, Juan Luis Carrillo Soberanis, del Partido Verde, sostuvo que las modificaciones permitirán construir un sistema de justicia «más cercano a la ciudadanía». Y Mary Carmen Bernal Martínez, del Partido del Trabajo, aseguró que el nuevo esquema fortalecerá la transparencia y la participación ciudadana.
«Estamos haciendo una propuesta responsable para fortalecer la calidad de quienes llegarán al Poder Judicial», señaló Leonel Godoy Rangel durante el debate, según reportó El Chamuco.
Las palabras suenan bien. Pero el contexto las desmiente. Si la propuesta es tan responsable, ¿por qué no se presentó antes de aprobar la reforma de 2024? ¿Por qué esperar a que el proceso estuviera en marcha para decir «mejor esperamos»? La respuesta, aunque no la den en tribuna, tiene que ver con la presión política. La elección judicial de 2027 coincidiría con las elecciones federales intermedias, y el oficialismo prefirió evitar una saturación electoral que pudiera jugarle en contra. NMás señala que el aplazamiento busca precisamente «evitar saturación electoral en 2027».
La oposición: improvisación y politización
Del otro lado del espectro, las bancadas opositoras no se guardaron nada. La diputada del PAN, Laura Cristina Márquez Alcalá, acusó al oficialismo de politizar al Poder Judicial. «El Poder Judicial debe impartir justicia de manera técnica y neutral, no convertirse en un espacio de representación política», declaró, según El Chamuco. Desde el PRI, César Alejandro Domínguez Domínguez sostuvo que la reforma incrementa la incertidumbre constitucional y favorece la concentración de poder.
El diputado priista Carlos Eduardo Gutiérrez Mancilla fue más directo: acusó que el país atraviesa una crisis de inseguridad y que cada vez que surge un señalamiento de corrupción, se impulsa una nueva reforma para mantener al régimen en el poder, según reportó La Razón. La crítica no es menor: si la reforma judicial de 2024 fue presentada como la solución a la corrupción en el Poder Judicial, su aplazamiento y modificación dos años después sugiere que la solución no era tan sólida como se vendió.
El dato que duele: 341 votos a favor, cero abstenciones
El número de votos a favor —341— es contundente. Morena y sus aliados tienen la mayoría para aprobar prácticamente cualquier cosa. Pero el dato más revelador es que no hubo una sola abstención. En un tema tan sensible como la elección de quienes imparten justicia, la ausencia de matices dentro del bloque oficialista es preocupante. Nadie dijo «esto se puede mejorar, pero no así». Nadie pidió más tiempo para analizar las implicaciones. Fue un sí monolítico, sin fisuras, como si el tema no mereciera un debate más profundo.
Y mientras los diputados discutían —con momentos de tensión y burlas entre bancadas, según La Razón— el país seguía su curso. Con jueces y magistrados que, en muchos casos, siguen siendo los mismos de siempre. Con procesos judiciales que no se resuelven. Con una ciudadanía que, entre tanto, sigue esperando que alguien le explique por qué la reforma que iba a cambiar todo, terminó cambiándose a sí misma.
El aplazamiento a 2028 no resuelve el problema de fondo: la falta de confianza en el Poder Judicial. Solo lo pospone. Y en el camino, deja una pregunta incómoda: si la reforma de 2024 ya necesitaba ajustes antes de aplicarse, ¿qué garantiza que la de 2028 no termine en el mismo ciclo de promesas y retrasos?


