TL;DR
- El gobierno de EE.UU. eliminó 6 vacunas del calendario infantil obligatorio
- Robert F. Kennedy Jr., escéptico de vacunas, lidera el cambio de política
- Expertos médicos advierten que esto provocará muertes evitables
- La decisión sigue la directiva de Trump de comparar con otros países
El cambio que nadie pidió pero todos discutirán
Imagina esto: después de décadas de consenso científico, el gobierno estadounidense decide que ya no es necesario vacunar a todos los niños contra la hepatitis A, hepatitis B, enfermedad meningocócica y otras tres enfermedades. No porque hayan desaparecido, no porque haya una cura mejor, sino porque «así lo hacen otros países». Así de simple y así de peligroso.
Según reporta DW, el Departamento de Salud de EE.UU., ahora dirigido por Robert F. Kennedy Jr. -sí, el mismo que ha sido abiertamente escéptico de las vacunas- anunció este lunes una reforma profunda al calendario federal de vacunas pediátricas. La influenza, que antes era recomendación universal, ahora queda en el limbo de las decisiones individuales. Pero lo más preocupante viene después.
Cuando la ideología se pone la bata blanca
Kennedy, en su declaración, habla de «alinear el calendario de vacunación infantil de Estados Unidos con el consenso internacional» y de «reconstruir la confianza en la salud pública». Suena bonito, ¿verdad? Como cuando te dicen que van a «optimizar procesos» y al final te despiden. La realidad es que están desmantelando décadas de evidencia científica porque, según ellos, otros países no hacen lo mismo.
Pero aquí viene lo bueno: Sean O’Leary, presidente del Comité de Enfermedades Infecciosas de la Academia Estadounidense de Pediatría, lo dice sin pelos en la lengua: «No se puede simplemente copiar y pegar la salud pública, y eso es lo que parecen estar haciendo aquí». Y remata con lo obvio: «Literalmente, la salud y la vida de los niños están en juego».
La matemática macabra: menos vacunas = más muertes
Michael Osterholm, del Vaccine Integrity Project de la Universidad de Minnesota, pone números a la tragedia: «Abandonar las recomendaciones sobre las vacunas que previenen la gripe, la hepatitis y el rotavirus, y cambiar la recomendación sobre el VPH sin un proceso público para sopesar los riesgos y los beneficios, provocará más hospitalizaciones y muertes evitables entre los niños estadounidenses».
¿Y sabes qué es lo más irónico? Que esta decisión viene después de una directiva del presidente Donald Trump de que las autoridades sanitarias comparen el calendario de vacunación de EE.UU. con los de otros países. Como si la salud pública fuera un concurso de popularidad y no una cuestión de evidencia científica.
El modelo covid que nadie quería replicar
Los CDC ya habían recomendado este mismo cambio de modelo para las vacunas de covid-19. Ahora lo extienden a enfermedades que llevamos décadas combatiendo con éxito. La hepatitis B, por ejemplo, puede causar cirrosis y cáncer hepático. La meningitis bacteriana mata en horas. Pero según la nueva política, solo los «de alto riesgo» deberían vacunarse.
Aquí está el problema: ¿quién define el riesgo? ¿El médico que ve al niño una vez al año? ¿Los padres que leen blogs antivacunas? ¿O la evidencia científica que muestra que estas enfermedades no discriminan por clase social, raza o condición de salud?
La confianza que se pierde gota a gota
Kennedy habla de «reconstruir la confianza», pero lo que está haciendo es minar la poca que queda. Cuando pones a un escéptico de vacunas a cargo de las políticas de vacunación, es como poner a un pirómano a cargo del departamento de bomberos. Puede que tenga buenas intenciones, pero el resultado predecible es el desastre.
Los expertos llevan años advirtiendo que el movimiento antivacunas es una amenaza para la salud pública global. Ahora ese movimiento tiene un asiento en la mesa de decisiones. Y no es cualquier asiento: es el del jefe del Departamento de Salud.
Lo que no te dicen sobre «otros países»
La justificación de «otros países no lo hacen» es tan simplista como peligrosa. O’Leary lo explica bien: los países consideran cuidadosamente las recomendaciones sobre vacunas basándose en los niveles de enfermedad de su población y sus sistemas de salud. No es cuestión de copiar y pegar, sino de analizar qué funciona en cada contexto.
EE.UU. tiene sus propios desafíos de salud pública, su propia epidemiología, su propio sistema (o des-sistema) de salud. Lo que funciona en Noruega puede no funcionar en Texas, y viceversa. Pero eso requiere análisis serio, no decisiones políticas disfrazadas de ciencia.
La pregunta incómoda que queda flotando es: ¿cuántos niños tendrán que enfermar o morir antes de que alguien diga «tal vez nos equivocamos»? Porque en salud pública, los errores no se miden en puntos de popularidad, sino en vidas perdidas. Y esta decisión, según los expertos, costará vidas. Así de simple, así de trágico.


