TL;DR
- 2,759 soldados y 23 aeronaves desfilaron por el 115 aniversario
- Cambio de ruta afectó movilidad en CDMX con cierres viales masivos
- Metrobús reportó retrasos mientras el desfile avanzaba sin novedad
- La simbología revolucionaria se mezcla con despliegue militar moderno
El desfile que paralizó la ciudad
Mientras Claudia Sheinbaum encabezaba el desfile del 115 aniversario de la Revolución Mexicana, la Ciudad de México se convertía en un caos controlado. Según Milenio, el cambio de ruta -por Calle 5 de Mayo, Eje Central, Avenida Juárez, Paseo de la Reforma y Avenida Revolución- dejó a miles de capitalinos atrapados en el tráfico. El Metrobús de la Línea 1 «restableció» su servicio con retrasos, un eufemismo elegante para decir que la movilidad colapsó mientras los contingentes militares desfilaban sin novedad.
Los números que impresionan (y los que no)
El General de División Juan José Gómez Ruiz rindió un parte que parecía inventario de bodega: 2,759 integrantes del Ejército y Fuerza Aérea, 19 deportistas, 100 charros, 44 civiles, 62 niños, 34 vehículos terrestres, 9 vehículos antiguos, 503 caballos, 23 aeronaves y 3 águilas. Todo «sin novedad», como si la novedad fuera que algo saliera mal en un evento tan coreografiado. La pregunta incómoda: ¿cuántos de los asistentes realmente entendieron que se conmemora el inicio de una lucha por justicia y democracia, no solo un despliegue de fuerza?
La contradicción entre símbolo y realidad
El desfile se anuncia como un acto para «mantener viva la memoria histórica» de quienes lucharon por «justicia, democracia y mejores condiciones de vida». Pero cuando ves el despliegue de «vehículos tácticos, unidades caninas, escuadrones montados y agrupamientos de fuerzas especiales» que reporta Milenio, uno se pregunta si el mensaje no se diluye entre tanto aparato militar. Los revolucionarios de 1910 luchaban contra un ejército, no para celebrarlo.
¿Quién realmente gana con estos desfiles?
Mientras los carros alegóricos pasaban por Bellas Artes y los ciudadanos buscaban rutas alternas, el gobierno federal presumía en redes sociales el despliegue. La cuenta oficial @GobiernoMX tuiteó orgullosa sobre las 3 águilas que desfilaron, como si fueran parte del espectáculo. Pero nadie habla del costo real: horas-hombre perdidas en tráfico, comercios cerrados, y sobre todo, la transformación de una fecha histórica en un show mediático donde lo que importa son las cifras, no la reflexión.
La memoria histórica como espectáculo
El desfile incluyó «automóviles que datan de la época revolucionaria», un detalle pintoresco que contrasta con la realidad de 1910: la mayoría de los mexicanos no tenían acceso a automóviles, mucho menos a los que hoy desfilan como reliquias. La ironía es palpable: celebramos una revolución que buscaba igualdad con un evento que muestra precisamente lo contrario – la distancia entre quienes desfilan y quienes observan desde las banquetas, entre quienes tienen acceso a la movilidad y quienes se quedan varados por los cierres viales.
¿Y mañana qué?
Cuando el último soldado abandonó la Plaza de la República y las calles volvieron a abrirse, quedó la pregunta incómoda: ¿sirvió de algo más que para tomar fotos bonitas? El 20 de noviembre debería ser un día para reflexionar sobre las desigualdades que persisten, no solo para ver desfilar caballos y águilas. Mientras el Metrobús sigue con retrasos y los capitalinos recuperan sus rutinas, la memoria de la Revolución parece reducirse a un espectáculo anual que, como bien dijo el general, transcurre «sin novedad». Y quizás ahí está el verdadero problema: que ya nada nos sorprende, ni siquiera la paradoja de celebrar una revolución con un desfile militar.


