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miércoles, febrero 18, 2026

La democracia en terapia intensiva: ¿quién apagó las alarmas?

Mientras el mundo retrocede a las autocracias, los que debían defenderla están recortando el oxígeno

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TL;DR

  • El 75% de la población mundial ya vive en autocracias, según datos del proyecto V-Dem
  • EEUU y Europa recortan fondos para democracia mientras aumentan presupuestos militares
  • 9 de cada 10 democracias que sufren retrocesos no se recuperan nunca
  • La palabra democracia brilló por su ausencia en el caso Venezuela

El cuarto de hora que se volvió eterno

Matías Bianchi lo dice sin rodeos en El País: a la democracia liberal parece que le pasó su cuarto de hora. Pero aquí el problema no es que la fiesta terminó, sino que los invitados se fueron dejando la casa hecha un desastre. Según el proyecto V-Dem, en 2004 más de la mitad de la población mundial vivía en democracia. Hoy, veinte años después, tres de cada cuatro personas han vuelto a vivir en autocracias. No es un retroceso, es un regreso a casa con la cola entre las patas.

Los médicos que abandonan al paciente

Lo más cínico del asunto es quién está recetando la eutanasia. Estados Unidos, Europa y Canadá, esos mismos que antes daban lecciones de democracia como si fueran catecismo, hoy son los líderes de la claudicación. La administración Trump se retiró del Consejo de Derechos Humanos de la ONU y cerró la USAID. Los europeos reducen fondos para democracia mientras aumentan presupuestos de defensa. Y Canadá acaba de cerrar el área de democracia de su agencia de desarrollo.

La Red de Financiadores de Derechos Humanos estima una reducción del 28% en financiamiento para este año comparado con 2023. Traducción: menos apoyo para periodistas que denuncian injusticias, para activistas ambientales, para litigio estratégico. Menos oxígeno para la sociedad civil justo cuando más falta hace.

La enfermedad crónica que nadie quiere tratar

La investigación de Bianchi con Jennifer Cyr y Nic Cheeseman muestra el dato más preocupante: de cada diez democracias que sufren retrocesos, nueve no se recuperan nunca. No es una gripe, es una enfermedad degenerativa. Y los países que antes tenían episodios democráticos ahora los tienen de manera crónica: de 12 países con amenazas a la democracia en 2004, hoy son casi cuatro veces más.

Pero aquí viene lo bueno: los gobiernos que atacan democracias son cada vez más populares. Los que las defienden están a la defensiva. Hablar de democracia hoy es como hablar de discos de vinilo: algo que suena vintage pero que nadie sabe realmente cómo funciona.

El silencio cómplice que habla más fuerte

Bianchi pone el dedo en la llaga: «Recordemos lo que sucedió recientemente en Venezuela. La palabra democracia brilló por su ausencia». Ahí está el meollo. Cuando un gobierno violenta principios democráticos, ya no hay llamadas urgentes, ni represalias, ni condenas. El silencio se volvió la nueva diplomacia.

Por primera vez en mucho tiempo, ninguna potencia global impulsa un orden basado en democracia y derechos. Ni siquiera para la foto. Es como si todos hubieran acordado tácitamente: «Ya, dejemos de fingir que nos importa».

La paradoja del paciente que no quiere curarse

Lo más irónico es que las sociedades democráticas son objetivamente mejores. El Nobel Daron Acemoglu demostró que los países que se democratizan aumentan su PIB per cápita entre 20% y 25% en los 25 años siguientes. La democracia no es solo un discurso bonito, es buen negocio.

Pero aquí estamos, viendo cómo se presenta a la democracia como «sinónimo de liviandad», inofensiva frente a demandas urgentes como trabajo, narcotráfico o desastres naturales. Como si fueran cosas separadas, como si pudieras combatir el crimen organizado sin libertad de prensa, o enfrentar desastres naturales sin transparencia en el gasto público.

El contrato roto que nadie quiere reparar

El contrato democrático se debilitó, dice Bianchi. Y tiene razón. Pero lo preocupante no es solo que esté roto, sino que nadie parece interesado en repararlo. Los organismos multilaterales como la ONU o la Comisión Interamericana de Derechos Humanos están «cada vez más débiles, deslegitimadas y desfinanciadas».

La pregunta incómoda es: ¿qué pasa cuando los vigilantes se duermen en su turno? ¿Qué sucede cuando los que debían defender las reglas del juego deciden que mejor cambiemos de deporte?

Perder la democracia no es un lujo que nos podamos dar, advierte Bianchi. Ha costado demasiado construir acuerdos que garanticen elegir representantes, circular sin peligro, expresar preferencias políticas. Las fallas no son excusa para eliminarla, sino para superarla.

Pero aquí seguimos, viendo cómo el campo de juego se inclina cada vez más, mientras los árbitros se hacen de la vista gorda. El problema no es que la democracia haya pasado de moda. El problema es que nos estamos acostumbrando a vivir sin ella.


Fuentes consultadas:

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  • Entre Líneas

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