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martes, febrero 3, 2026

La clase obrera se desvanece: cuando el iPhone reemplaza la lucha

Cómo el consumo y las identidades individuales borraron la conciencia colectiva

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TL;DR

  • Solo 14% se reconoce como clase trabajadora, pero más de la mitad está insatisfecho con su situación económica
  • El 1% más rico capturó el 41% de la nueva riqueza mundial entre 2000 y 2024
  • La densidad sindical se redujo a la mitad desde 1985 y España tiene apenas 12-13% de sindicalización
  • La identidad se desplazó del trabajo al consumo, género, raza y orientación sexual

La gran paradoja: todos se quejan, nadie se organiza

Aquí está el dato que debería hacerte levantar de la silla: más de la mitad de los españoles está insatisfecho con su situación económica, más del 40% no está contento con su vida laboral, y ocho de cada diez creen que en España existen muchas desigualdades sociales. Pero solo el 14,2% se reconoce como «clase trabajadora, obrera o proletaria». Según Elpais, cerca de un 40% se ubica en la clase media, aunque por estándares internacionales debería ser el 61%. O sea, nos creemos más ricos de lo que somos, nos quejamos de lo jodidos que estamos, pero no nos reconocemos como trabajadores. ¿Cómo chingados se explica esto?

El iPhone como anestesia social

Nayarit Fuentes Licht, dramaturga y miembro del Sindicato de Inquilinas de Madrid, lo dice sin pelos en la lengua: «Tenemos mil zapatillas, un iPhone, nos vamos de viaje y nos olvidamos de que tenemos una situación precaria». Y remata con una imagen que duele: «A veces he visto situaciones surrealistas de gente con una orden de impago de alquiler pendiente que tiene un Rolex y un iPhone». Ahí está el meollo: el consumo como identidad reemplazó al trabajo como eje de pertenencia. Antes eras lo que producías, ahora eres lo que consumes. Y mientras te endeudas por el último modelo de celular, olvidas que tu contrato es temporal, tu salario no alcanza y tu futuro es más incierto que el clima.

La riqueza se concentra, la lucha se diluye

Aquí viene el dato que debería indignarte hasta el tuétano: entre 2000 y 2024, el 1% más rico del mundo capturó el 41% de toda la nueva riqueza, mientras que solo el 1% fue a parar al 50% más pobre. Sí, leíste bien: 41% para el 1% contra 1% para la mitad más pobre. Un estudio del G-20 presentado en noviembre documenta esta obscenidad. Pero en lugar de que esto genere una revuelta histórica, la densidad sindical en las principales economías del mundo se redujo a la mitad desde 1985. En España, la tasa de sindicación ronda el 12-13% de los asalariados, por debajo del 23% de la Unión Europea. La última huelga general de 24 horas convocada por los sindicatos mayoritarios fue en 2012. Ocho huelgas generales en toda la democracia. Ocho.

La fragmentación que conviene al sistema

Elpais señala algo crucial: el sentido de pertenencia se ha desplazado hacia el consumo, el género, la edad, la raza, la nacionalidad o la orientación sexual. Formas legítimas de identidad, claro, pero que han relegado la cuestión de clase a un segundo plano. Y aquí está la trampa perfecta: mientras peleamos entre nosotros por diferencias identitarias (que son importantes, no me malentiendas), olvidamos que todos compartimos la misma posición jodida en el sistema económico. El trabajador vive en una burbuja que le impide reconocer a sus semejantes. No entiende que sus problemas no son solo suyos, sino compartidos por otros que están en la misma posición. La clase obrera se ha dividido, y esa división le conviene al que concentra el 41% de la riqueza.

¿Qué se quiere imponer con esto?

La pregunta del millón: si el trabajo ya no es el eje de la identidad, ¿qué está ocupando ese lugar? La respuesta está en los datos: el consumo como simulacro de estatus, las identidades individuales como sustituto de la lucha colectiva. Mientras te preocupas por qué marca de tenis usas o cómo te defines, no te das cuenta de que tu alquiler sube más que tu salario, que tu contrato es precario y que tu pensión será una broma de mal gusto. El sistema te vende la idea de que eres un «consumidor» con «elecciones», cuando en realidad eres un trabajador con cada vez menos poder. Isabel Vilabella, de UGT Madrid, lamenta la «injusta imagen» de «sindicatos comegambas» que se forjó en los años noventa. Pero más allá de la imagen, el problema es que los jóvenes no se ven en los sindicatos, no se ven como clase trabajadora. Se ven como «influencers», «emprendedores», «freelancers»… cualquier cosa menos lo que son: asalariados precarios en un sistema que los explota.

La falsa sensación de bienestar que nos tiene dormidos

Nayarit Fuentes Licht lo llama «falsa sensación de bienestar». Y tiene razón. Accedemos a bienes de consumo que antes eran impensables (el iPhone que menciona), pero nuestra seguridad económica se desvanece. Podemos viajar en low cost, pero no podemos comprar una casa. Podemos tener mil zapatillas, pero no podemos ahorrar para la vejez. El sistema nos da migajas de consumo para que olvidemos que nos están robando el pan. Y funciona: el descontento no se traduce en aumento de la lucha obrera. En 2023 se comunicaron 31.715 manifestaciones, un 6,7% menos que en 2022. Bajando. Siempre bajando. Mientras el 1% se lleva el 41% de la riqueza, nosotros nos peleamos por si el feminismo va demasiado lejos o si la migración nos quita el trabajo. El divide y vencerás nunca fue tan eficiente.

La pregunta incómoda que queda flotando: ¿realmente queremos recuperar la conciencia de clase? Porque reconocerse como trabajador implica entender que estás jodido, que compartes esa jodidez con millones, y que la única salida es organizarse. Es más cómodo creerse clase media con iPhone que obrero con derechos por defender. El sistema lo sabe, y por eso te vende la ilusión en lugar de la lucha. El problema es que cuando el iPhone se descompone y el alquiler sube otra vez, la ilusión se cae. Y ahí, en ese momento de verdad, quizá recordemos que somos más parecidos de lo que creemos.


Fuentes consultadas:

Autor

  • Entre Líneas

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