TL;DR
- Alcaraz gana su primer Australian Open y se convierte en el más joven en lograr el Grand Slam dorado
- El tenista responde a quienes dudaban de su nivel sin Juan Carlos Ferrero como entrenador principal
- Samuel López, su nuevo técnico, demuestra que el perfil discreto también funciona en la élite
- Alcaraz revela que se tatuará un canguro para recordar su victoria en Melbourne
Bailoteando hacia la historia
Mientras otros tenistas tiemblan antes de una final histórica, Carlos Alcaraz bailotea y silba. Pedalea en una bicicleta, se parte de risa, y juega un partidillo con Diego Schwartzman como si estuviera en cualquier cancha pública. Así describe El País los momentos previos a lo que sería su primer Australian Open. El número uno del mundo no solo ganó el torneo – se convirtió en el más joven en lograr el Grand Slam dorado, un club exclusivo de solo nueve tenistas en la historia y cinco en la Era Abierta. Pero lo interesante no es solo el triunfo, sino contra quién y contra qué ganó.
La factura que nadie esperaba
«Mucha gente habló sobre mí y puso en duda el nivel que podría ofrecer aquí», soltó Alcaraz después de levantar la copa. Y no fue un comentario al aire. El español llegaba a Melbourne con una incógnita gigante: era su primer gran torneo sin Juan Carlos Ferrero dirigiendo desde el banquillo. En su lugar, Samuel López, un técnico de perfil discreto que «de puertas afuera, de cara a la opinión pública, sabía a poco porque él no tuvo el recorrido de una estrella». La maniobra del banquillo estaba bajo sospecha, y Alcaraz lo sabía. Pero en lugar de ignorarlo, lo usó como combustible.
El círculo cerrado que funciona
Lo que más llama la atención es cómo Alcaraz manejó las críticas. No las negó, no fingió que no existían. Las reconoció y las usó. «He tenido que ser fuerte mentalmente para no escuchar a esa gente, para centrarme en mi juego», admitió. Pero lo más revelador viene después: «La gente no sabe todo el trabajo que hago, lo mucho que he perseguido este momento, lo que hemos aguantado de gente hablando, diciendo que no lo conseguiría». Ese «hemos» es clave. Habla de un equipo, de un círculo cerrado que trabajó en silencio mientras afuera se especulaba.
Samuel López: el discreto que calla bocas
La apuesta por Samuel López era arriesgada. Ferrero no era cualquier entrenador – era el hombre que llevó a Alcaraz a la cúspide. Cambiarlo por un técnico menos mediático parecía, en el mejor de los casos, una apuesta conservadora. En el peor, un error. Pero Alcaraz tenía claro su plan: «No pensé en quienes tenían dudas. Vine a jugar por mí, por mi equipo. Sabemos lo duro que trabajé y lo preparado que llegué». El resultado habla por sí solo: Australia conquistada, Novak Djokovic vencido, y la factura pasada a los incrédulos.
El tatuaje que cuenta la historia
Alcaraz tiene una costumbre curiosa: se tatúa recuerdos de sus grandes triunfos. Después del US Open 2022, la Estatua de la Libertad y el Puente de Brooklyn. Después de Roland Garros, la Torre Eiffel en el calcetín de su pantorrilla. Ahora, revela que se tatuará un canguro para recordar para siempre lo de Melbourne. Es más que un capricho – es la materialización física de una mentalidad que convierte momentos en permanencia, triunfos en marcas indelebles.
«Aquí ya no quiero dejar nada a nadie»
La frase más reveladora del campeón viene al final: «Aquí ya no quiero dejar nada a nadie, o al menos intentaré no dejarlo». Suena a declaración de principios, a cambio de mentalidad. El Alcaraz que llegó a Melbourne no era el mismo que ganó Wimbledon o Roland Garros. Este venía con «más ambición aún», con la determinación de demostrar que su proyecto seguía funcionando, con o sin Ferrero. Y lo demostró de la manera más contundente posible: ganando.
La pregunta incómoda
¿Cuántas veces hemos visto a atletas de élite cambiar de entrenador y fracasar? ¿Cuántas veces la «opinión pública» ha tenido razón al dudar de movimientos arriesgados? Alcaraz rompió el molde. Su victoria no es solo un triunfo deportivo – es una lección sobre confiar en procesos, sobre ignorar el ruido externo, sobre apostar por equipos discretos pero efectivos. Mientras los medios especulaban sobre si Samuel López «sabía a poco», el técnico y su pupilo trabajaban en silencio. Ahora tienen la copa, y los críticos tienen que tragarse sus palabras. A veces, el mejor argumento no es una conferencia de prensa, sino un backhand ganador en la final de un Grand Slam.


