TL;DR
- Un interno de 21 años asesinó a su compañero de celda y comió partes de su cuerpo en la cárcel de La Serena
- El director nacional de Gendarmería destituyó al jefe del penal por «falta de control en labores básicas»
- Ambos internos debían ser trasladados días antes pero el cambio nunca se concretó
- En 2026 ya van 7 muertes en cárceles chilenas, tras 48 fallecidos por agresiones en 2024
El canibalismo que nadie vio venir (pero todos debieron prevenir)
Manuel Fuentes Martínez, de 21 años, y Felipe Sepúlveda Ramos, de 26, compartían la celda 20 del módulo 91 en la cárcel de La Serena. Según El País, ambos debían ser trasladados a otros centros de reclusión días antes del domingo 9 de febrero de 2026. El traslado nunca se concretó. Y en la madrugada de ese domingo, Fuentes enterró un cuchillo en el cuello de Sepúlveda. Después, según la Fiscalía, se comió partes del cuerpo: un ojo, orejas, manos y cuello. La pregunta incómoda: ¿cuántas alertas hay que ignorar para que un sistema carcelario llegue a esto?
La destitución que llega tarde y huele a chivo expiatorio
Rubén Pérez, director nacional de Gendarmería de Chile, anunció la destitución del jefe del Complejo Penitenciario de La Serena por «su falta de control en labores básicas y sensibles del régimen interno». Según Pérez, sus actuaciones facilitaron «las condiciones del acaecimiento de situaciones indeseadas». Lo curioso es que esas «situaciones indeseadas» incluyen, según el mismo reporte, agresiones gravísimas a funcionarios -en enero un prisionero apuñaló a un gendarme en el hombro- y ahora un homicidio con canibalismo. ¿Cuántas «situaciones indeseadas» hacen falta para que alguien reaccione antes de que un interno termine comiéndose a otro?
El traslado que nunca fue y el sistema que siempre falla
Aquí está el detalle que duele: ambos internos DEBÍAN ser trasladados. No era una sugerencia, era una medida preventiva que el sistema identificó como necesaria. Y falló. Fuentes Martínez ya tenía historial: estaba acusado de porte de arma prohibida y robo con violencia, y en 2023 se había fugado de la cárcel de Puente Alto. Sepúlveda cumplía siete años por un robo con violencia que afectó a una adulta mayor de 76 años y su nieta de nueve. Dos perfiles de riesgo compartiendo celda, con un traslado pendiente que nunca llegó. ¿Qué tan roto está un sistema cuando ni siquiera puede ejecutar sus propias decisiones de seguridad?
Las cifras que gritan y nadie escucha
El director Pérez soltó un dato que debería hacer sonar todas las alarmas: en lo que va de 2026, ya van 7 muertes al interior de las cárceles chilenas. En 2024, fallecieron 48 personas por agresiones. En 2025 implementaron «un plan de abordaje» que bajó la cifra a 27. O sea, pasamos de 48 muertes a 27 y nos sentimos bien. Pero seguimos teniendo 27 muertes en un año. Y ya vamos 7 en menos de dos meses de 2026. La matemática es simple: si el «plan de abordaje» funciona, ¿por qué la tendencia sigue siendo ascendente?
El caníbal en máxima seguridad (después del crimen)
Fuentes Martínez ahora está en el Recinto Penitenciario Especial de Alta Seguridad (REPAS) en Santiago, en la sección de máxima seguridad, monitoreado 24 horas. El fiscal Eduardo Yáñez calificó el hecho como de «características de extrema violencia». La ironía: ahora sí tiene la seguridad que debió tener desde el principio. Mientras tanto, el fallecido Sepúlveda pagó con su vida -y partes de su cuerpo- la incompetencia de un sistema que reacciona después, nunca antes.
El «plan» que suena bien en papel pero no en las celdas
Pérez habla de un plan que «implica el desarme sistemático de la población penal con la intervención de equipos especializados y el empleo de tecnología». También promete «poner mucho énfasis en la actualización y control periódico de los planes de clasificación y segmentación». Todo suena muy bonito en el discurso oficial. Pero en la celda 20 del módulo 91 de La Serena, un cuchillo entró en un cuello y luego en un estómago. ¿De qué sirven los planes en papel si no llegan a las celdas?
La pregunta incómoda que nadie quiere hacer
Destituir al jefe del penal es lo fácil. Lo difícil es preguntarse: ¿cuántos Manuel Fuentes Martínez hay en el sistema carcelario chileno esperando para explotar? ¿Cuántas celdas comparten internos que deberían estar separados? ¿Cuántos traslados pendientes hay en el limbo burocrático? El canibalismo en La Serena no es una anomalía -es el síntoma terminal de un sistema que lleva años colapsando. Y destituir a un director es como poner una curita en una hemorragia arterial: puede que tape la vista, pero la sangre sigue saliendo.


