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miércoles, febrero 4, 2026

El cura guerrillero que el Ejército escondió por 60 años

Cómo el hallazgo de Camilo Torres revela las heridas abiertas de Colombia

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TL;DR

  • Murió a los 37 años en su primer combate tras unirse al ELN
  • El Ejército colombiano ocultó su cadáver por décadas
  • Fue encontrado en Santander tras dos años de búsqueda forense
  • Su cuerpo será inhumado en la Universidad Nacional donde fue sociólogo

Un muerto incómodo que no querían que encontraras

Seis décadas después de que las balas lo alcanzaran en un combate rural, el cuerpo de Camilo Torres Restrepo finalmente dejó de ser un secreto militar. El cura guerrillero, ícono de la izquierda colombiana, murió a los 37 años en lo que El País documenta como «su primer combate tras unirse al Ejército de Liberación Nacional (ELN)». La fecha: 15 de febrero de 1966. El lugar: la zona rural de San Vicente de Chucurí, en el departamento de Santander. Pero aquí viene lo que huele a podrido: el Ejército se llevó el cadáver y nunca dijo dónde lo enterró. No fue un «extravió», fue una desaparición forzada institucional.

Santander: donde la tierra guardó un secreto por 60 años

Dos años de búsqueda forense en Santander, ese departamento del nororiente colombiano, dieron con lo que el Estado negó durante seis décadas. Un equipo de antropólogos forenses trabajó contrastando fuentes, revisando documentos históricos y aplicando técnicas geomáticas. La directora de la Unidad de Búsqueda, Luz Janeth Forero, explicó el proceso que inició en 2019. Pero lo interesante no es solo que lo encontraron, sino por qué tardó tanto. «Durante décadas, el paradero de su cuerpo fue objeto de versiones contradictorias y silencio institucional», reporta El País. El Ejército no «perdió» el cuerpo, lo desapareció deliberadamente.

De sociólogo a guerrillero: la transformación que incomodaba

Camilo Torres no era cualquier cura con fusil. Este tipo cofundó la primera facultad de Sociología de América Latina en la Universidad Nacional de Bogotá, donde fue compañero de Gabriel García Márquez. Estudió en la Universidad de Lovaina en Bélgica y se convirtió en pionero de la Teología de la Liberación. Su crimen intelectual fue defender «una lectura del cristianismo anclada en la realidad social y en la obligación moral de transformar las estructuras que producían la exclusión». Creó las juntas de acción comunal que se extendieron por barrios populares de toda Colombia. Cuando este nivel de pensamiento crítico se une al ELN, el establishment tiembla.

El ELN que reclama su cadáver como bandera

Aquí la ironía se pone gruesa. En febrero de 2023, al inicio de las negociaciones de paz con el gobierno de Gustavo Petro, el ELN exigió que localizaran y entregaran el cuerpo de Torres. «Su cadáver sigue desaparecido por el Estado colombiano, que se ha negado a entregarlo a la clase popular», declararon. Lo han repetido en cada mesa de diálogo. Para esta guerrilla, Torres no solo encarnó la unión entre fe y revolución, sino «una justificación ética de la lucha armada». El muerto se convirtió en símbolo político, y el Estado que lo desapareció ahora debe devolverlo a quienes considera sus enemigos.

La Universidad Nacional: el regreso final del pensador

El círculo se cierra donde comenzó su lucha intelectual. Sus restos serán inhumados en el campus de Bogotá de la Universidad Nacional, el mismo lugar donde enseñó sociología y donde sus ideas germinaron. Hay algo poético en que el cuerpo que el Ejército escondió por 60 años termine precisamente en el centro del pensamiento crítico que tanto temían. No será un entierro cualquiera: será la reivindicación post mortem de un intelectual cuya desaparición física nunca pudo desaparecer su influencia.

Lo que este hueso revela sobre Colombia

El hallazgo del cuerpo de Camilo Torres no es solo una noticia arqueológica. Es un espejo de cómo Colombia ha tratado a sus disidentes. Un cura-sociólogo que muere en su primer combate, cuyo cadáver es secuestrado por el Estado, convertido en mito por la guerrilla, buscado por forenses durante años y reclamado como trofeo político. Sesenta años después, su cuerpo sigue siendo campo de batalla. La pregunta incómoda: ¿cuántos otros «Camilo Torres» siguen enterrados en fosas sin nombre, sus historias oficialmente desaparecidas? Este no es el final de una búsqueda, es el recordatorio de que algunas heridas siguen abiertas porque alguien decidió que no debían cerrar.


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