TL;DR
- 16 muertos en Bondi: padre e hijo inspirados por Estado Islámico
- Gobierno anuncia delito agravado de discurso de odio para predicadores
- Nuevas facultades para cancelar visados de quienes difundan odio
- Grupo de trabajo de 12 meses para revisar educación contra antisemitismo
La playa que se tiñó de sangre
Imagina esto: un domingo cualquiera en Bondi, esa playa australiana que aparece en todas las postales. Familias, turistas, el sol pegando fuerte. Y de repente, el infierno. Un tiroteo contra un evento de la comunidad judía que deja 16 muertos, incluidos los dos perpetradores. Padre e hijo. Según DW, las autoridades creen que actuaron de manera independiente pero influidos por ideología vinculada al Estado Islámico. Lo más escalofriante: en noviembre viajaron al sur de Filipinas, donde operan células afines al EI. No fueron dos locos solitarios. Fueron dos tipos que se radicalizaron, viajaron a entrenarse (o al menos a empaparse del ambiente) y volvieron a casa con un plan.
Las promesas del primer ministro
Cuatro días después de la masacre, Anthony Albanese se para en el Parlamento y anuncia reformas legales para reforzar la lucha contra «quienes difunden el odio, la división y la radicalización». Suena bien, ¿no? El fiscal general y el ministro del Interior trabajarán en un paquete que incluye: delito agravado de discurso de odio para predicadores y líderes que promuevan violencia, endurecimiento de penas por expresiones de odio que inciten a actos violentos, y considerar el odio como factor agravante en amenazas y acoso en línea. También quieren crear listas oficiales de organizaciones cuyos dirigentes incurran en discursos de odio, y tipificar un delito federal de difamación grave basada en raza o supremacía racial.
Pero aquí viene lo interesante: el ministro del Interior, Tony Burke, tendrá nuevas facultades para cancelar o rechazar visados a personas que difundan odio. Esto es Australia, un país que históricamente ha tenido políticas migratorias duras. Ahora suma el componente de «odio» como motivo para negar entrada o echar a alguien. ¿Dónde trazan la línea entre libertad de expresión y discurso peligroso? Albanese no lo aclara.
El antisemitismo que «desgarra el tejido»
El primer ministro calificó el antisemitismo como «un mal que desgarra el tejido de Australia». Frase potente, pero vacía si no viene con acciones concretas. Albanese dice que hay un aumento de ataques contra la comunidad judía en el país. ¿Cuánto aumentó? ¿Desde cuándo? DW no da cifras, pero el contexto importa: si ya había señales de alarma y el gobierno las ignoró, entonces estas reformas llegan tarde. Si el problema explotó de la nada, entonces quizás sí son una respuesta proporcional.
Lo curioso es que el gobierno se compromete a aplicar las 13 recomendaciones de un informe contra el antisemitismo presentado en julio por la enviada especial Jillian Segal. El informe lleva cinco meses circulando. ¿Por qué esperaron a que murieran 16 personas para tomar en serio esas recomendaciones? Albanese dice que habrá «consulta con la comunidad judía». Me pregunto si esa consulta incluirá preguntarles por qué no actuaron antes.
Educación: el parche de 12 meses
Aquí está la joya de la corona: un grupo de trabajo de 12 meses para evaluar el sistema educativo australiano y asegurar que aborda adecuadamente el antisemitismo. Doce meses. Un año entero para evaluar algo que debería ser obvio. Mientras tanto, ¿qué? ¿Los niños siguen yendo a escuelas donde nadie les explica por qué odiar a los judíos está mal? ¿O donde algunos maestros tal vez hasta promueven ese odio?
El problema con estos «grupos de trabajo» es que suelen ser tumbas de buenas intenciones. Se reúnen, hacen informes, recomiendan cosas, y luego el gobierno dice «lo estudiaremos». Para cuando terminen los 12 meses, la atención mediática habrá pasado, la gente se habrá olvidado de Bondi, y las reformas educativas quedarán en el limbo de la burocracia.
La pregunta incómoda
Australia quiere endurecer leyes contra el odio después de una masacre. Suena lógico. Pero aquí está lo que nadie pregunta en voz alta: ¿estas leyes hubieran prevenido el ataque de Bondi? Los perpetradores eran ciudadanos australianos, padre e hijo. No eran predicadores dando sermones de odio (al menos no que sepamos). No estaban en listas de organizaciones peligrosas. Viajaron a Filipinas, sí, pero aparentemente volvieron sin que nadie los detuviera.
Las nuevas facultades para cancelar visados son útiles contra radicales extranjeros, pero no contra ciudadanos nacidos y criados en el país que se radicalizan en internet o viajando. El delito agravado de discurso de odio para predicadores suena bien, pero ¿y si el discurso de odio viene de un youtuber anónimo? ¿O de un grupo de WhatsApp?
Australia enfrenta el mismo dilema que todos los países occidentales: cómo combatir la radicalización sin convertirse en un estado policial. Cómo proteger la libertad de expresión mientras evitas que esa libertad se use para incitar a la violencia. Cómo detectar a un padre y un hijo que parecen normales pero que están planeando una masacre.
Albanese tiene razón en una cosa: el odio sí desgarra el tejido social. Pero las leyes por sí solas no cosen ese tejido. Se necesita algo más profundo: educación real, integración verdadera, y sobre todo, la voluntad de enfrentar los problemas antes de que exploten en una playa llena de turistas.


