TL;DR
- Carlos Humberto ‘El Charmín’ Quintero, excoordinador de delitos patrimoniales de la FGE Sinaloa, fue ejecutado junto a un trabajador del SAT
- El ataque ocurrió en plena tarde en la colonia Nuevo Culiacán, zona de marisquerías que se convirtió en campo de batalla
- Mismo día, bloqueos criminales paralizaron la autopista Mazatlán-Tepic en Escuinapa, a 90 km del crimen
- La violencia responde a la guerra interna entre Los Mayos y Los Chapitos tras la detención de Ismael El Mayo Zambada
La muerte llega a la hora de la comida
Poco antes de las 3 de la tarde, cuando en Culiacán la gente piensa en qué mariscos pedir o qué cerveza tomar, los balazos volvieron a ser el menú del día. Carlos Humberto Quintero Flores, alias «El Charmín», exagente de la Fiscalía General del Estado de Sinaloa, viajaba en un coche blanco por la colonia Nuevo Culiacán. Junto a él, Luis Enrique Beltrán, trabajador del Servicio de Administración Tributaria. Infobae documenta que los agresores usaron armas largas para disparar contra el vehículo. Quintero murió dentro del auto; Beltrán logró correr unos metros antes de caer en el estacionamiento de una cervecería. Un tercer hombre resultó herido y fue llevado al hospital por un particular. Así, en plena zona de marisquerías y cervecerías, la violencia demostró que no respeta horarios ni distingue entre exfuncionarios y empleados de gobierno.
El Charmín: de perseguidor a perseguido
Lo que más llama la atención no es solo la brutalidad del ataque, sino el perfil de la víctima principal. Carlos Humberto Quintero no era cualquier exagente. Según El País, fue coordinador de la Inspección General de Investigaciones de Delitos Patrimoniales y excomandante del área de Robo a Comercio. O sea, el tipo que supuestamente investigaba delitos de cuello blanco terminó siendo ejecutado como si fuera un sicario más. Aquí la pregunta incómoda: ¿qué hacía un excoordinador de delitos patrimoniales viajando con un empleado del SAT en medio de la guerra entre cárteles? ¿Simple coincidencia o hay algo más que no nos están contando?
La guerra que ya no distingue uniformes
El contexto es clave y aquí es donde El País pone el dedo en la llaga: Sinaloa vive inmersa desde el año pasado en el sangriento conflicto entre Los Mayos y Los Chapitos. La detención de Ismael «El Mayo» Zambada en Texas en julio del año pasado prendió la mecha. El Mayo acusó a Joaquín Guzmán López, hijo de El Chapo, de haberlo entregado. Desde entonces, Culiacán se convirtió en campo de batalla. Lo preocupante es que ahora la violencia ya no se limita a enfrentamientos entre grupos criminales. Cuando un exagente de la fiscalía estatal y un trabajador del SAT caen en la misma balacera, el mensaje es claro: nadie está a salvo. Ni siquiera los que antes llevaban la placa.
Bloqueos y balaceras: el combo criminal del día
Mientras en Culiacán limpiaban la sangre de la marisquería, a 90 kilómetros al sur, en Escuinapa, la criminalidad mostraba su otra cara: el bloqueo. Infobae reporta que la autopista Mazatlán-Tepic fue cerrada por grupos criminales, obligando a desviar el tráfico por la carretera libre. La Secretaría de Seguridad Pública de Sinaloa tuiteó que «las autoridades trabajan para terminar de despejar» la vía. Pero aquí está el detalle: el bloqueo empezó en la mañana y para las 2:15 de la tarde seguían «las labores para liberar las vías». O sea, casi seis horas después, los criminales seguían controlando una autopista federal. ¿Dónde estaban las fuerzas federales? ¿Por qué tarda tanto despejar una carretera?
La normalización del horror sinaloense
Lo más preocupante de todo este desmadre es cómo se ha normalizado. El 11 de diciembre, apenas seis días antes del asesinato de El Charmín, hubo otro ataque armado cerca de las oficinas de la Sindicatura de Villa Benito Juárez en Navolato. Infobae menciona que aquel episodio desembocó en enfrentamientos, bloqueos y persecuciones. Parece que en Sinaloa ya tienen un calendario de violencia: cada semana, un nuevo episodio sangriento. Y lo peor es que ya ni siquiera sorprende. Los medios locales reportan, las autoridades «acuden al sitio», nadie es detenido, y la vida sigue. Hasta la próxima balacera.
Las preguntas que nadie quiere responder
Aquí lo que realmente debería indignar: ¿por qué un excoordinador de investigaciones de delitos patrimoniales tenía un apodo como «El Charmín»? ¿Era un mote cariñoso de sus compañeros o refleja algo más oscuro? ¿Qué investigaba exactamente y a quiénes? ¿Su asesinato está relacionado con su trabajo anterior o con actividades posteriores a su salida de la fiscalía? Y la más incómoda de todas: ¿cuántos exagentes, exmilitares, expolicías están ahora mismo en la mira de los grupos criminales que antes combatían? Cuando la violencia alcanza a quienes supuestamente debían combatirla, el Estado ha fracasado. Y en Sinaloa, ese fracaso tiene nombre, apellido y apodo: Carlos Humberto «El Charmín» Quintero Flores.


