Lo que debes de saber
- La misión Artemis II capturó la primera vista completa humana del cráter Orientale, de 600 millas de ancho.
- La historia de Roberto Bubas, un guardafauna que ‘amansa’ orcas salvajes, inspiró un libro y una película.
- Los ‘sprites’ son descargas eléctricas gigantes en la mesosfera, un fenómeno meteorológico raro y visualmente impactante.
- Mientras avanzamos en el espacio, las narrativas terrestres sobre conexión y misterio siguen capturando la imaginación pública.

De la luna a la Patagonia: la curiosidad humana no tiene límites (ni coherencia)
La nave Orion de la misión Artemis II comenzó su viaje de regreso a casa, y entre el equipaje trae algo más valioso que rocas lunares: fotografías. No cualquier foto, sino la primera vista completa con ojos humanos de la Cuenca Orientale, un cráter de impacto monstruoso de 600 millas de ancho que, por estar en el limbo de la Luna, nunca se había visto en toda su gloria desde la Tierra. Un post en Facebook del grupo ‘EL UNIVERSO, ASTRONOMÍA, ASTROFÍSICA Y MÁS’ lo anunciaba como un ‘BREAKING’ y con razón. Es un logro técnico impresionante, un hito en la exploración. Pero mientras los astronautas flotaban a cientos de miles de kilómetros, aquí abajo la narrativa sobre nuestro lugar en el universo y nuestra relación con la naturaleza toma caminos curiosamente divergentes, a veces poéticos, a veces cuestionables. La ciencia avanza a pasos agigantados hacia lo desconocido del espacio, pero al mismo tiempo, celebramos historias de conexión casi mística con depredadores marinos, como si necesitáramos dos tipos de asombro: uno hacia afuera y otro hacia adentro, sin preguntarnos demasiado por los detalles incómodos.
El hombre que susurraba a las orcas (y la máquina de narrativas que generó)
En un rincón del mundo diametralmente opuesto al vacío silencioso del espacio, está la helada Península Valdés en Argentina. Ahí, Roberto Bubas, un guardafauna, lleva 25 años haciendo algo que, según Infobae, es único en el mundo: meterse al agua con orcas salvajes, acariciarlas y ‘crear un vínculo’. La historia, publicada en 2017, se lee como un cuento de hadas moderno. De niño inspirado por Cousteau a adulto que juega con las llamadas ‘ballenas asesinas’. Su observación de una técnica de caza le valió una beca de National Geographic, y su interacción con los animales lo llevó a un documental de Animal Planet. Hasta ahí, suena a una admirable dedicación científica y de conservación. Pero el giro viene después: las imágenes de él con las orcas tuvieron ‘un efecto casi mágico’ en un niño autista de nueve años, quien pronunció sus primeras palabras al verlo. La historia derivó en un libro, ‘Agustín corazón abierto’, y luego en una película, ‘El faro de las orcas’.
«El nene se pudo insertar en la sociedad y hoy es artista plástico, tiene novia y juega al fútbol», confía Bubas, feliz, según el reporte.
Es una narrativa poderosa y conmovedora: la naturaleza como sanadora. Sin embargo, uno no puede evitar preguntarse dónde termina la observación respetuosa de un guardafauna y dónde empieza la antropomorfización riesgosa de un superdepredador para alimentar una historia de redención humana. La ciencia dura de Artemis contrasta con esta ciencia blanda, envuelta en un halo emocional que es casi imposible de criticar sin sonar como un cenizo.
Los fantasmas rojos del cielo y la sed de misterio
Y si el espacio es lejano y las orcas son tangibles pero peligrosas, siempre nos quedan los fenómenos de la atmósfera para maravillarnos. En otro grupo de Facebook llamado COSMOS, se habla de los ‘sprites’ o ‘espectros rojos’, descritos como ‘probablemente el fenómeno meteorológico más perturbador’. Son descargas eléctricas a gran escala que ocurren muy por encima de las nubes de tormenta, en la mesosfera, creando formas fantasmales y fugaces. La foto que acompaña el post, atribuida a Nicolás Escurat, es espectacular. Aquí no hay interacción humana, no hay narrativa de salvación. Es pura física atmosférica presentada como un espectáculo visual inquietante. Es otro tipo de asombro, uno que no requiere que nos hagamos amigos del fenómeno, solo que lo admiremos desde la distancia segura de una pantalla. Estos tres hilos –la exploración lunar, la comunión con la fauna y la observación de fenómenos raros– muestran las múltiples caras de nuestra curiosidad: una es de conquista tecnológica, otra de conexión emocional (y a veces comercial), y otra de puro y duro asombro ante lo incomprensible.
¿Exploramos el cosmos para escapar de lo que hemos hecho en casa?
Hay una ironía profunda en poner estas tres historias juntas. Por un lado, la misión Artemis II, un esfuerzo colectivo de agencias espaciales, ingeniería de punta y presupuestos astronómicos, nos devuelve datos puros, imágenes crudas de un paisaje muerto. Por el otro, la historia de Bubas, aunque parte de una vocación genuina, se transforma en un producto cultural –libro, película– que habla más de nuestra necesidad de sentirnos en armonía con un planeta que estamos degradando a pasos agigantados. Es como si, ante la enormidad y frialdad del espacio, necesitáramos reconfortarnos con cuentos de amistad interspecies aquí en la Tierra. Y en el medio, los sprites nos recuerdan que ni siquiera conocemos todos los secretos de nuestra propia atmósfera. La exploración espacial a menudo se vende como el siguiente paso lógico para la humanidad, pero quizás también es un espejo: miramos hacia la Luna porque es más fácil que enfrentar la complejidad de preservar los océanos donde nadan las orcas o de entender completamente el cielo que nos cubre. Las fotos del Orientale Basin son, sin duda, históricas. Pero la historia que contamos sobre nosotros mismos mientras las admiramos podría ser aún más reveladora.


