Lo que debes de saber
- Maduro vetó la entrada de un grupo de expresidentes latinoamericanos invitados por la oposición para observar los comicios.
- Los llamó ‘fracasados, vendepatria y cachorros del imperio’, en una clásica maniobra de descalificación retórica.
- El incidente expone la estrategia chavista de controlar la narrativa aislando cualquier voz crítica externa.
- La caricatura de ‘El locazo del imperio’ en Jornadabc refleja la percepción satírica sobre estas tensiones geopolíticas.

El manual del aislamiento: cuando la soberanía es un muro
La escena es casi un ritual predecible en la política latinoamericana de las últimas dos décadas. Un grupo de expresidentes, con Vicente Fox de México a la cabeza junto a exmandatarios de Panamá, Costa Rica y Bolivia, intenta llegar a Venezuela para observar unos comicios. El avión no despega. Las autoridades venezolanas, con una precisión burocrática que solo aparece en estos casos, les impiden el ingreso. Horas después, Nicolás Maduro, el hombre que busca su reelección en medio de una crisis humanitaria sin parangón, aparece ante sus invitados ‘legales’ para ofrecer un discurso. No es de bienvenida, sino de desprecio. Según reporta Correodelsur, los tildó de ‘fracasados, vendepatria y cachorros del imperio’. La fórmula es vieja, gastada, pero sigue siendo el arma preferida de un régimen que ha convertido la retórica antiimperialista en el último escudo contra la rendición de cuentas. Lo interesante no es el insulto, sino lo que revela: la absoluta necesidad de controlar el relato, de erigir un cerco informativo tan alto como el miedo a lo que digan observadores independientes. No se trata de soberanía, se trata de supervivencia.

La farsa de la legalidad selectiva
Maduro, en su alocución, se escudó en la ley. ‘Aquí hay ley, y la ley se respeta’, dijo, según la crónica. Es la misma ley, claro, que su propio gobierno ha moldeado a su antojo para inhabilitar candidatos opositores, controlar el poder electoral y criminalizar la disidencia. La ironía es tan densa que casi se puede palpar. El mandatario venezolano recibió a 910 acompañantes internacionales invitados ‘legalmente’, un número que suena a escenario montado, a teatro para la galería. Mientras, un puñado de expresidentes, figuras con un peso simbólico innegable, son devueltos como si portaran una plaga. La excusa fue que no estaban inscritos como observadores, un tecnicismo útil cuando lo que se quiere es evitar testigos incómodos. Fox, nunca tímido, lo llamó por su nombre desde Panamá: ‘Vomito que un dictador nos imponga la ruta a seguir’. La pregunta que queda flotando es ¿a quién le conviene este espectáculo? Al chavismo, sin duda. Le permite alimentar el discurso del ‘asedio externo’ y presentarse como víctima de una conspiración, desviando la atención de los problemas domésticos que son, literalmente, de vida o muerte para millones de venezolanos.
«Se molestaron con Venezuela porque le regresamos a esa gente. Pido excusas por haberles regresado a Fox a México, (…) a Moscoso a Panamá, la gente estaba muy brava, (…) pido excusas, pero es que aquí hay ley, y la ley se respeta», sostuvo el jefe de Estado.
La caricatura de Hernández publicada en Jornadabc y titulada ‘El locazo del imperio’ captura a la perfección el ambiente enrarecido de esta dinámica. No necesitamos ver el dibujo para entender el concepto: la idea de un ‘imperio’ que enloquece, que actúa de forma irracional, es el combustible narrativo que alimenta a regímenes como el de Maduro. Es un recurso visual que sintetiza cómo se percibe, y se vende, este conflicto en ciertos sectores. El ‘imperio’ como un ente abstracto y malvado al que se puede achacar todos los males, desde la escasez de medicinas hasta el veto a unos expresidentes. Esta personificación del enemigo es un clásico de los manuales de propaganda, y Venezuela lo ha elevado a arte mayor. El problema es que, después de 25 años, el cuento del lobo se desgasta, especialmente cuando la hambruna y el éxodo masivo tienen causas mucho más terrenales y locales.
¿Y los de adentro? El verdadero miedo
Al final, el episodio de los ‘cachorros del imperio’ es una cortina de humo de lujo. Mientras el mundo discute si Fox y compañía tenían o no razón para subir a un avión, la atención se desvía del verdadero quid: las condiciones en las que se desarrollan unas elecciones en un país donde la oposición ha sido sistemáticamente desmantelada. El verdadero temor de Maduro no son estos expresidentes, cuyo poder real es hoy más bien testimonial. El miedo es a la mirada interna, a la ciudadanía que, a pesar de todo, podría encontrar una forma de expresar su hartazgo. Vetar a observadores extranjeros es un mensaje claro para los nacionales: aquí no hay espacio para la vigilancia, ni la ajena ni, por supuesto, la propia. La elección de insultarlos como ‘fracasados’ tampoco es casual. Busca minar su autoridad moral, presentarlos como resentidos sin legitimidad. Es una jugada para consumo local, para que ningún venezolano vea en esas figuras un espejo o una alternativa. La pregunta incómoda que queda es: si el proceso es tan limpio y soberano como pregona el oficialismo, ¿por qué tanta fobia a unos testigos más? La respuesta, como suele pasar, está en lo que no se quiere que vean.


